Viviana Restrepo. Encanto

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Veneno es lo que degusto en su saliva.

Ese veneno que se me antoja una vez mas,
discurriéndose en su boca circular.
Se entumece mi cuerpo y apenas siento sus dedos como sanguijuelas
hundiéndose, absorbiéndome hasta los huesos.
Las luces tenues de tonos promiscuos nacen y mueren repentinamente
en los bordes descascarados de su ventana de cristal.
En una noche cualquiera como esta; psicodélica, de vehículos sin destino que conducen mis delirios taciturnos a través de un camino cimentado en sonrisas narcóticas, con el vapor de la exasperación hirviendo en las miradas cansadas de madrugada nostálgica. Con las centellas iracundas del alba desgarrando mi espalda anestesiada aún por el salvajismo de sus labios henchidos, huyo del deseo instantáneo de remembranza al sentirme fuera de tu “abrigo”.
Huyo y rehúyo del anhelo fogoso que se dispara,
desbaratando mi organismo
al reconstruir tus gemidos desmedidos
salpicados por mi locura de éxtasis nocturna.
Pienso y dejo de pensar, la transparencia espesa de mi conciencia
hace de la racionalidad una visión difusa
que se debate entre la muerte y la duda;
mientras mi instinto animal va in crescendo y aborrece la idea de dejarla partir.

Herido por así decirlo, tocado por el afilado marfil que rasguño mí mundo irreal;
por cada mordisco de humanidad que desprendía grandes tajos de mi sensibilidad en desuso.
Rodé por el albañal de dioses ignorados
aprendices marginados del cetro dorado,
apéndices de una sociedad que cree valerse sola
cuando se atraganta en su artificialidad.
Caí, naufrague y vencí, me uní a la tímida danza del fuego de medianoche.
Hice lo que consintieron mis magullados rasgos,
como una ramita temblorosa en la tormenta de la hojarasca.
Conducido por los aspectos externos que le dan forma a mi infierno ya asentado en las bases de mi memoria exacerbada. Jugué el juego que nunca quise jugar para amansar la tempestad
que amenazaba con encontrarte.
En vano trate de olvidarte, mis heridas tibias extrañan tu filo volátil.
Vuelvo a tu invariable puerta entreabierta como si de tus piernas se tratasen,
ya que le temes a la soledad que cura tus desmanes.
Hoy yo estoy aquí, convencido de poder maltratarte.
Ayer estuvo un violador que se arrodillo exhausto
y coloco su cabeza entre tus muslos golpeados
acariciando con sus lágrimas las cicatrices perpetuas
que su padre profirió hasta la muerte a tu único recuerdo de belleza inmaculada,
un ángel con las alas violentadas.
Mañana estará la ausencia de mí ser, tu hogar se contagiara con el perfume de mi miedo al ser incapaz de levantarme por completo el velo.
Un cuervo moribundo rondara tu puerta,
entrara y poseerá tu cama sin recibir condena
arrebatándote de un tajo las penas.
Comerá de tus ojos incendiarios y dividirá la hermosura de tu cuerpo como ultimo deseo.

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