Adios Macuro, Adios

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n628396619_2083761_1260Llegar a Macuro siempre era una travesía. Una vez que se pasan los ranchitos sin agua que venden empanadas en El Palito, se esquiva a los siempre mal estacionados adoradores del colesterol y la hepatitis, se enfila hacia Puerto Cabello y se cruza donde se ve la tolva gigante de una cementera a la orilla del mar. Allí terminan juntas, tanto la vía asfaltada como la vía reconocida por todos; pues luego de cruzar un umbral de manglares, a continuación se abre un inmenso peladero de chivos que se pierde de vista en el horizonte, salpicado de grandes salinas inundadas, canales naturales de drenaje y matorrales que cambian de un día para otro. Son unos 5 kilómetros sin una única ruta para cruzarlos; se trata de avanzar evitando los obstáculos y tanteando el terreno, a veces firme, a veces no. No hay que dejarse engañar por las apariencias secas y nunca se es demasiado cauto con los pequeños charcos. Hay científicos que aseguran que las arenas movedizas no existen, pero apuesto a que es porque nunca han venido hasta aquí. Si Puerto Cabello fuese Las Vegas, este es el lugar donde los mafiosos vendrían a deshacerse de los cadáveres.

Esa vez era un día de semana, uno de los permitidos por mi absurdo horario universitario, así que junto a mi compañero José Antonio esperábamos encontrar un paraíso con buenas olas y sin el gentío que solía venir a surfear los fines de semana. Andábamos en su carro, un Dodge Coronet del año de la pera que alguna vez fue vinotinto, con un volante chiquitico y unos rines demasiado anchos para mi gusto. En fin, un pedazo de carro tan niche y feo como fiel y potente. Aceleraba tan bien como frenaba de mal. El típico muscle car de los ’70 al que de cariño llamábamos “Thunderbird” o “General Lee”, dependiendo de si la vía era asfaltada y lisa o de tierra y accidentada. Lo mejor de todo es que era tan espacioso que podíamos llevar las tablas dentro como unos pasajeros mas.

Llegamos a la playa muy temprano sin mayores contratiempos, efectivamente había buen oleaje y solo un par de surfistas que de hecho conocíamos. De no ser así, hubiésemos emprendido el regreso de inmediato, pues Macuro es una playa sin ningún encanto. No es mas que una loma de arena rodeada de matorrales bajos, y entre estos, un basurero descomunal dejado por los mismos surfistas que usan franelitas de Greenpeace y solo fuman hierbas naturales. Tal vez lo único digno de foto es un barco de mediano calado, encallado a pocos metros de la orilla que es golpeado incesantemente por la espuma y el salitre, casi borrando de su popa el nombre que ahora comparte con este lugar. Un gran bloque de coral muerto corta la arena en la orilla y se proyecta por debajo del mar internándose unos 100 metros, lo que crea un fondo firme que se levanta abruptamente contra la marejada para formar así unas olas fuertes, entubadas y de labio delgado por las que vale la pena tanta odisea.

El oleaje estaba bueno ese día, pero tal vez lo mas memorable de la sesión fue la ausencia de la muchedumbre típica de los fines de semana, por lo que en el agua comenzamos a pensar en las tantas anécdotas de robos que habíamos escuchado de ese lugar tan solitario y remoto. Siempre se trataba de un primo de un amigo del hijo de un vecino de un compañero de clases, pero por si las moscas, decidimos irnos antes del mediodía para no exponernos tanto. A media mañana ya estábamos cansados, habíamos agarrado el equivalente a cuatro fines de semana de olas, y a decir verdad, ninguno de los dos estaba en forma física como para seguir. Por otro lado, el par de surfistas con quienes compartimos la playa, ya estaban recogiendo sus peroles y se disponían a partir. No lo pensamos mucho y empezamos a remar hacia la orilla para descansar, secarnos y dar el día por terminado.

Salimos unos 15 minutos mas tarde, dejando atrás la playa vacía y un oleaje que ya empezaba a estropearse con la creciente brisa de la mañana. A medio camino por el descampado, vimos al otro carro estacionado de frente mientras sus ocupantes se bajaban y nos hacían señas desesperadas. Como los conocíamos, nos acercamos a ellos pensando que se habían accidentado y necesitaban ayuda. Nada de eso, nos dijeron que se habían regresado desde el umbral de manglares, el único punto de acceso que conociamos a la salina, porque alguien había colocado una barricada con tablas y cauchos. Coño! así mismito es como nos habían contado que robaban a la gente!: Los encañonaban en ese estrecho pasillo, les quitaban las carteras, las tablas, los shorts y después los dejaban desnudos en la playa mientras se iban en el carro que, con suerte, era abandonado junto a la planta de cemento. Sin suerte, era desvalijado y quemado.

Estuvimos un rato analizando nuestras posibilidades, por así decirlo, porque mas bien la conversación giraba en torno a la fantasía de tener un tanque blindado y una bazooka. Lo que si pudimos concluir es que debíamos encontrar el lugar mas abierto y descampado posible para que nadie pudiese acercarse a emboscarnos sin ser visto desde lejos. Así lo hicimos, ubicamos un pasillo de arena firme entre dos grandes salinas inundadas y nos montamos en los techos de cada carro para vigilar mejor toda el área circundante. También tratábamos de ver entre los matorrales algún camino alterno, pues todos habíamos escuchado el mito de una trilla que desembocaba directamente en la pista de aterrizaje del aeropuerto militar que queda junto a la autopista. Pasó algo mas de una hora, empezábamos a desesperarnos por el calor y a bajar la guardia, prestando mas atención en buscar esta salida mítica hacia el aeropuerto que a vigilar propiamente. De pronto, una seguidilla de golpes secos a lo lejos, como un martilleo, nos hizo voltear. Al otro lado de la salina, diría que a unos 300 metros, un par siluetas delgadas y vaporosas como espejismos se apresuraban a bordear la laguna. En ese instante se detuvieron e hicieron una maniobra como si nos señalaran, y seguidamente vimos como se levantaba el agua en pequeñas explosiones a unos cuantos metros frente a nosotros. Casi de inmediato aprendimos a distinguir claramente entre un martilleo y una detonación de arma de fuego. Nos estaban disparando a mansalva y por unos segundos, fui mujer. Mas bien, mujercita. Dejémoslo en jeva. Jevita, pues.

Nos refugiamos en los carros y emprendimos la huida hacia otro lado de la salina. En plena carrera, de carro a carro, nos hacíamos señas y gritábamos indicaciones sobre que dirección tomar. Era el rally Paris-Dakar en la versión de los autos locos y cagaos. Nos detuvimos en otro claro del terreno y analizamos otra vez nuestras posibilidades. Superado el tema de los tanques blindados y las bazookas, añadiendo esta vez algo de granadas fragmentarias y potros de tortura, decidimos que la mejor opción era atravesar la barricada, llevándonos por delante cualquier cosa, viva o muerta o zombie, que se nos atravesara. Contábamos con que solo se tratase de ese par de malditos que nos dispararon en la salina, así que si nos apurábamos llegaríamos primero que ellos al punto de acceso y saldríamos bien librados de todo esto. “Chola y volante” fue la frase acuñada para la operación de escape. No se habló mas del asunto y corrimos.

Nunca nos pusimos de acuerdo acerca de quien iba a pasar de primero y derrumbar las barricadas, pero se decidió unilateralmente en la vía al irse quedando rezagado el otro carro. “Que tipos tan cobardes” gritaba yo como una soprano, mientras me contorsionaba y acurrucaba en el piso del carro. A última hora se me ocurrió que hubiese sido buena idea meterme en la maleta, pero ya íbamos embalados hacia la primera hilera de cauchos. Desde mi escondite podía ver a José Antonio agazapado en la butaca, apenas viendo la vía por sobre el tablero. Por el ruido del motor y los rebotes del carro deduzco que íbamos a unos 100 Km/h. Sentí el golpe de los cauchos, tablas que se partían y algo que sonó como un pipote metálico; y tras lo que pareció una eternidad de sacudones y golpes, sentí cuando comenzamos a hacer tracción sobre la vía asfaltada. Nos sentimos grandes y valientes. Habíamos vencido a Alien, acribillado a Depredador y enterrado a Terminator. La vida era bella otra vez.

En una licorería de la vía nos paramos a celebrar la hazaña junto con los inútiles del otro carro. “General Lee/Thunderbird” no mostraba daños evidentes, y si los tuvo, se disimulaban muy bien entre tantos otros acontecimientos de latonería. Brindamos con cerveza mientras que a todo volumen y en estereo recreamos los pormenores de la operación. Ya no hablamos de tanques, bazookas, granadas ni torturas. Nuestros superpoderes eran la inteligencia y la valentía, infinitamente superiores a cualquier hampón armado. Hablábamos eufóricamente y repetíamos incesantemente la misma historia, cada vez con mayor lujo de detalles, y si algún desconocido volteaba y sin querer prestaba algo de atención, era forzado a ser parte del público de este ciclo de cine continuado. Cuando ya habíamos perfeccionado el cuento, un señor que recién se incorporaba a la audiencia nos interrumpió casi al inicio. Con voz pausada, como quien habla desde la propia experiencia, nos contó que el modus operandi de esa banda de ladrones consiste en poner una barricada en los manglares para que nadie pueda pasar por allí y luego se esconden en el camino alterno, “el que todo el mundo conoce, ese que va desde la salina al aeropuerto”, donde emboscan a sus victimas cuando menos se lo esperan. En ese momento dejamos de sentirnos tan inteligentes y valientes, y mas bien empezamos a tragar grueso y agradecer a la diosa Fortuna, Imperatrix Mundi.

Mas nunca volví a Macuro, y eventualmente todos sus visitantes pasaron un mal rato a manos del hampa que se hizo con el control absoluto de esa playa. En este momento no se de nadie que se atreva a ir hasta allá. Supongo que ya la herrumbre devoró lo que quedaba del barco y ni siquiera deben haber olas surfeables; así como el árbol que cae en medio del bosque y si no hay alguien para escucharlo, no hace ruido. Una vez me invitaron unos amigos a ir en lancha desde Puerto Cabello, me aseguran que así es muy seguro pues se anclan lejos de la orilla y nunca pisan la arena. Rechacé la invitación sin dudarlo, pues me consta que esos ladrones no tienen ningún escrúpulo pero si bastante puntería.

Lo único que me alegra, es que ya el basurero debe haberse consumido…. o mudado a Cuyagua. Surfista no es gente.

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Adios Macuro, Adios, 4.0 out of 5 based on 4 ratings

4 Comentarios

  1. esta repetido dos veces.

    excelente explicacion de la situacion actual, por los lados de morrocoy la cosa tambien esta peligrosa,si vas en dias de semana y te quedas en alguna playa ,es decir que te deja un peñero, tienes altas posibilidades que un grupo armado venido en peñero terobe el celular ,la cava y la cerveza porque eso es lo unico que uno trae a la playa, impunidad total, claro ROBAR NO ES MALO dijo un rey tropical

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