Solsticio-Muerte al Amanecer: a la zaga de El Proyecto de la Bruja de Blair

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Comienza mal, muy mal, pero termina bien, muy bien. O quizás es buena de principio a fin, aunque al principio confunde, al lucir como otra tonta película de adolescentes, a lo “High School Musical”, acosados en el campo durante una pequeña temporada de asueto.

Por mera curiosidad y sin esperanza alguna, nos asomamos a verla un jueves por la noche, para empaparnos y enterarnos de primera mano del último destino de la accidente carrera de uno de los creadores de “El Proyecto de la Bruja de Blair”, Daniel Myrick, cuya maldición wellesiana de una ópera prima exitosa le persigue desde el estreno de su famosa obra maestra rodada en video.

A partir de entonces, su trayectoria avanza a golpe de trompicones y fracasos silenciosos, entre secuelas de baja estofa y largometrajes fallidos, quemados en el mercado del directo al home theater. No en balde, “Solsticio” ni siquiera fue distribuida en salas en territorio americano, a pesar de ser su mejor trabajo en años.

Por fortuna, en Venezuela podemos disfrutarla ahora en el circuito multiplex. Aun así y en honor a la verdad, el formato panorámico le queda bastante grande a la dimensión televisiva de “Solsticio”. De cualquier modo, la cinta deja entrever la progresiva recuperación del realizador, después de perder el rumbo ante las demandas y las ofertas banales cocinadas por los estudios.

Por encima, el film narra la historia de una jovencita traumatizada por la misteriosa muerte de su hermana gemela, quien se suicida en extrañas e inexplicables circunstancias.

Acto seguido, la protagonista emprende un viaje terapéutico, con un grupo de amigos, para sanar sus heridas, superar el duelo y vencer el sentimiento de culpa.  Hasta allí todo transcurre de forma normal, natural y predecible dentro de los cánones habituales del género.

Por ratos, la sumatoria de clichés y estereotipos llegan a confundir al espectador avispado, incapaz de discernir si se trata de un reciclaje ingenuo, de una parodia al estilo de los Hermanos Wayans o de la nueva entrega de “Scream”.

El mérito de la pieza radica, precisamente, en moverse por los terrenos de la ambigüedad y el distanciamiento, concebido para abrigar dobles lecturas y satisfacer a públicos disímiles. Es decir, para consentir las retinas de los fans de “ISA TK” y “Crepúsculo”, mientras despierta las neuronas del cinéfilo curtido en mil batallas.

Pronto y a paso de tortuga, iremos descubriendo el autentico sentido y trasfondo del largo: deconstruir la imagen de lujo y confort de unos chicos acomodados de la clase alta, en un subtexto de abiertas y discutibles filiaciones marxistas, donde el discreto encanto de la burguesía se confronta con la placidez de la vida natural en las afueras de la ciudad. El clásico choque de la civilización frente la barbarie, a la inversa de “La Matanza de Texas”.

En dos platos y a diferencia del prejuicio fundacional del pánico setentoso, aquí la gente del pueblo lejos de ocupar el rol del agresor, asume el papel de la víctima. En paralelo, los chicos lindos de buena familia representarán y encarnarán el foco de tensión y desestabilización de la puesta en escena.

En consecuencia, las categorías binarias tienden a mantenerse en el guión, más allá de la transferencia y de la transformación del esquema planteado en el pasado, cuando el salvajismo era proyectado hacia los márgenes de la sociedad. En cambio, “Solsticio” endosa la fuente de terror y deshumanización a la generación de relevo, surgida al calor del materialismo histérico propio del conservadurismo en boga.

Para culminar y cerrar con broche de oro, la secuencia de la conclusión nos permite entender el conflicto pesadillesco de la protagonista(siempre al asedio de un fantasma)  y el por qué del suicidio de su hermana, cuando la verdad salga a flote por medio de un flash back, donde la vemos atropellando a una niña en complicidad con su novio. Ambos la entierran para no perjudicar su futuro, y ambos sufren las consecuencias de su egocentrismo, y de su sintomático individualismo desenfrenado.

De ahí la posibilidad de comparar a “Solsticio” con “La Mujer sin Cabeza” de Lucrecia Martel, salvando las distancias, porque en las dos se estudian y se evalúan las traumáticas consecuencias de un arrollamiento homicida, ocultado y bloqueado por sus autores intelectuales.

La obvia moraleja llama a reconciliarnos con nuestra humildad y con nuestro lado menos ambicioso.

Por desgracia, el anunciado happy ending clausura la sesión de manera demagógica y complaciente.

Con todo, la huella de “El Proyecto de la Bruja de Blair” persiste y se amplia en el siglo XXI, trayéndonos de vuelta a uno de lo más interesantes exponentes del neofantástico yanqui. Un sociólogo pop en pleno dominio de sus facultades y en plena vigencia.

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