Mercurio, IV

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La rabia de Luisa era fruto de una mezcla desoladora de fracaso y tristeza. A la vez que lamentaba profundamente la muerte de Rafael, lo más cercano a un amante que tendría durante los siguientes días, también se sentía frustrada ante la negativa del rescate de la mujer. Alfredo le había inyectado uno de los calmantes que le daban a Julieta en su comida para que no molestara, el último de hecho, a Luisa para que se durmiera y dejara de pensar en la muerte de Rafael. Luego de que las dos mujeres que respiraban en el galpón se hubieran dormido, Ramón y Alfredo se sentaron en la mesa a hablar de lo que había sucedido y de lo que harían entonces. La parte que le correspondía a cada uno se había multiplicado, evidentemente, pero el rescate de Julieta, con el que contaban para hacer del robo un evento en extremo lucrativo, había sido borrado de las cuentas. La idea original era secuestrar a una de las mujeres de los millonarios que estarían reunidos en el funeral, no a una de sus secretarias.

Eventualmente despertaría Julieta de nuevo al día siguiente. Escucharía a Ramón y a Alfredo hablando, sin haber dormido ni un minuto durante todo el ínterin de la sangre y los somníferos. Alfredo hablaba por teléfono con alguien (seguramente era el jefe) pero Ramón sí vio a Julieta despertando, así que se acercó rápidamente a ella y la abrumó en conversación para que no pudiera escuchar lo que le decía Alfredo a su interlocutor (trataba de convencerlo para que pagara por la mujer: «no le daremos a la vieja si no paga por su empleada», cosa que sí escuchó Julieta y no pudo evitar pensar que lo más seguro era que le descontara el rescate de su sueldo durante todo lo que le quedaba de vida). En ese momento Julieta se puso a pensar en las motivaciones de los ladrones. Verdaderamente el robo en sí mismo no era un acto inusual, todo lo contrario; lo extraño era robar en un funeral al cadáver, era difícil imaginar mayor cobardía: aprovecharse de los dolientes, inútiles para la defensa personal y debilitados por el dolor emocional, no ya de la muerte, sino de la irrupción de criminales a la despedida definitiva de un ser amado. ¿Qué tan desesperado se tiene que estar para llegar a ese límite? Julieta se quejaba de su trabajo, ¿pero ellos no se quejarían también del suyo? Sería posible, entonces, justificar la irritabilidad de Luisa… e incluso perdonarla.

Esta fue la primera vez que, luego de comer vorazmente, Julieta no sintió ganas de dormir casi inmediatamente, sino todo lo contrario, se sintió viva y repleta de energía. Alfredo había ido a revisar si Luisa seguía dormida, aunque pronto Ramón y Julieta escucharon gritos e insultos dentro de la habitación. Alfredo salió molesto, y a la vez atemorizado, seguido por Luisa, todavía tambaleante. Aparentemente, el sedante no proporcionaba el efecto del olvido que hubiera sido ideal, así que la mujer todavía recordaba perfectamente la muerte de Rafael, y también recordaba a su verdugo. Si hubiera estado armada y en control total de su cuerpo, habría matado allí mismo a Alfredo.

Ramón dejó de hablar con Julieta para evitar la sangre de los compañeros que le quedaban, aunque en el fondo sabía que, para salir vivo de ese galpón, Luisa tendría que morir, eventualmente. Para detener el griterío, Ramón le informó a Luisa sobre la rotunda negativa del hijo de la vieja para pagar el rescate de su secretaria, cayendo en el error de sustituir unos gritos por otros. Entre tanto alboroto, Julieta pudo distinguir el hecho de que Luisa no tenía ni idea de que habían secuestrado a una secretaria, y empezó a decir que, si le cortaban alguna parte distintiva de su cuerpo y se la enviaban, el remordimiento pagaría por él, a lo cual Ramón se opuso enérgicamente.

Finalmente, decidieron que volverían a llamar al jefe; esta vez lo haría Luisa (por razones evidentes: su carácter), y ella anunciaría la tácita amenaza de la mutilación de Julieta, esperando que el sentimiento resultante fuera, precisamente, el de remordimiento. Así lo hicieron, ante la expectativa vital del rehén, que comenzó a llorar copiosamente cuando la cara y exasperación de Luisa le transmitieron el repetido «no» de su jefe. Ramón trató de tranquilizarla, lo que terminó siendo más difícil ya que no tenía más drogas que hicieran el trabajo por él.

El día continuó con extraña tranquilidad: Ramón serenando a Julieta, Alfredo volviendo a contar las prendas y a calcular su valor, y Luisa golpeando las paredes y gritando frustrada y desesperada. Habían decidido mover a Julieta dentro de la habitación para que se calmara (cortesía de Ramón), donde sería vigilada por Alfredo. Esa noche, Luisa decidió quedarse como guardia en vigilia para que, así, pudiera pensar en algún escape del hueco en el que se habían metido, mientras Ramón dormía en un rincón del galpón. Cuando ya todos se rindieron al sueño, Luisa presenció el momento ideal para su venganza. Entró en el cuarto sucio en donde dormían Julieta y Alfredo, y procedió a amarrar cuidadosamente a Alfredo a la silla en donde estaba, para luego amordazarlos a él y a la secretaria, y cerró la puerta para que los gritos no llegaran a Ramón.

Comenzó su tortura echándole un balde de hielo en la cara a Alfredo, despertándolo inmediatamente. Su estremecimiento también lo compartió Julieta, a quien Luisa mandó a callar con una simple señal con la boca. La ladrona tomó dos de los hielos del suelo y los atravesó con un alambre, a cuyos extremos anudó una delgada pero fuerte cuerda que amarró en la cabeza de Alfredo, de tal manera que el par de hielos cubrían punzantemente sus ojos, literalmente cegándole de dolor. Julieta no podía sino cerrar los ojos, pero, de vez en cuando, veía con horror la sonrisa de placer de Luisa, arrancándole la ropa a Alfredo, cortándole dedo por dedo de cada mano… de cada pie, y colocándoselos jocosamente en los lugares más repulsivos: dentro de las orejas, otros sostenidos por la mordaza cerca de la boca, uno profundo en el ombligo cual puñal… y otros en el ano, momento en que Julieta empezó a marearse, no del asco, sino del esfuerzo de los gritos que chocaban con su mordaza. Antes de desmayarse, ella llegó a ver cómo la sangre de los dedos amputados se mezclaba con el agua derretida de los hielos, dejándole observar a Alfredo el placer en los ojos de Luisa cuando cercenaba ahora, parte por parte, cada hueso de cada mano y de cada pie, para meterlos quién podría imaginarse en dónde después.

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