Mercurio, III

Despertó cuando le quitaron la bolsa negra de la cabeza. La intensa luz del sol de mediodía que había inundado todo el galpón borró de su memoria cualquier recuerdo del sueño que había tenido en esas nuevas horas de desmayo. Se encontró de frente justamente con la misma cara que la había ocultado debajo de la misma bolsa, la de Ramón, lo que le dio a entender que no estaba teniendo una pesadilla (el dolor de la luz era equivalente a un pellizco).

Ramón le dijo que se tranquilizara —pues Julieta se había alterado al verle la cara a uno de sus captores— y que tratara de comer un poco porque había pasado todo el día inconsciente. Un día más encerrada en ese galpón, y sin saber nada del mundo exterior. Notó que el cuerpo de Alberto ya no estaba, pero sí persistía la mancha de sangre y sesos del ladrón en el suelo húmedo. La mesa en donde el día anterior estuvieran los ladrones reunidos estaba ahora vacía a excepción de Rafael, quien estaba sentado fumando un cigarro y viéndola a ella fijamente. La urna seguía en el mismo lugar, intacta, como esperando ser rescatada.

Sin darse cuenta, Ramón le había puesto una cuchara cargada de sopa frente a su boca, pero Julieta, desconfiando de quienes tanto daño eran capaces de hacer, golpeó con su cabeza la mano del criminal, lanzando el contenido de la cuchara sobre el charco de sangre cerca de ella. Menuda sopa. Ramón se levantó y la cacheteó con fuerza, para luego vaciar el plato sobre su cabeza y alejarse. Entre los grumos de la sopa Julieta llegó a ver a Rafael riéndose de la situación. Volvió a caer dormida, esta vez por la debilidad de su cuerpo y la inusual humillación. Probablemente haya soñado con el olor del caldo.

Para cuando volvió a despertar ya no la atacaba la luz inminente del sol sino todo lo contrario: la presencia nostálgica de la noche escondía el charco de sangre en donde las venas eran indiferentes de los fideos. Todo estaba en silencio a excepción de un rítmico sonido que provenía del fondo del galpón, pero Julieta no llegó a relacionarlo con algo conocido. Aparentemente estaba sola también, pero pronto se dio cuenta de que Ramón era ahora quien estaba sentado en la mesa lejana junto al sarcófago, sobre la que brillaba una tenue lámpara que iluminaba un montón de joyas, probablemente las que había recogido el difunto Reinaldo en la funeraria. De vez en cuando, Ramón anotaba algo en una libreta y, estando tan concentrado, no se percató de que Julieta había despertado. Notando que el sonido rítmico continuaba, Julieta preguntó al aire qué era eso, con todas las fuerzas que su garganta pudo recoger; Ramón escuchó la pregunta de Julieta y repartió su mirada entre ella y una sucia puerta metálica, mientras que el monótono ruido comenzó a adornarse de gemidos femeninos y jadeos masculinos.

—Creo que no hace falta que te lo explique—dijo Ramón con una sonrisa. Y, en verdad, no hacía ninguna falta: Julieta entendió que el sonido de la cama se asemejaba al de un par de tacones bajando por una escalera—. Tendrás hambre, me imagino, van dos días que no comes nada. ¡Alfredo!

El aludido entró lentamente en el radio de luz de la lámpara y habló por un momento con Ramón, aunque era bastante obvio que la melodía sexual perturbaba a Alfredo. Eventualmente ésta se detuvo y la puerta se abrió, de allí salieron Luisa y Rafael, él con paso más lento. Luisa, lejos de parecer satisfecha, comenzó a reclamarle a Alfredo sobre una cierta llamada que tuvo que hacer.

—Dijeron que sólo les importaba la vieja, que no iban a pagar el rescate de nadie—explicaba él. Julieta entendió perfectamente que habían llamado a su jefe con los términos del rescate, pero que a él no le importaba nada más que el cuerpo inerte de su madre. «Que se pudra la secretaria», habría pensado. Aun débil por el ayuno, Julieta comprendió la ironía de que un hombre se preocupara más por una vieja muerta que por una mujer joven y llena de vida, situación que, en realidad, ocurría todos los días oculta bajo el subterfugio del respeto hacia los antepasados.

Rafael se acercó entonces a Julieta con otro plato de sopa, y esta vez ella sí la tomó. Su orgullo se había muerto de hambre. Mientras ella comía, Luisa peleaba con Alfredo y luego con Ramón, quien se metió para defender al otro ladrón. Luego de darle de comer a Julieta, Rafael se acercó a la mesa y manoseó su pistola, dejando callados a Alfredo y a Ramón. Éste último entendió lo que significaba aquello mejor que el otro, así que se alejó para hacerle compañía a su rehén. Rápidamente, Alfredo sacó también su revólver y lo apuntó, no al joven, sino a su amante, quien de inmediato se aferró cuidadosamente al brazo de Rafael; ahora el cañón le apuntaba a él y, con mucha suerte, si disparaba, podría matarlos a los dos. No pudo saborear suficiente la posible situación porque Rafael trató de moverse y así matarlo a él primero, pero el abrazo de terror de Luisa no lo dejó sacar su arma oportunamente, dándole tiempo a Alfredo (mucho menos apto para los disparos) a ponerse alerta. Rafael empujó con violencia a la mujer, lanzándola al suelo, pero no llegó a sacar su pistola ya que Alfredo le había disparado un poco más abajo del cuello, varias veces.

Viendo caer a Rafael al suelo, Luisa pegó un grito y trató de tomar su arma para matar a Alfredo. Ramón se adelantó al momento y corrió hacia la escena, pateando la pistola y agarrando a Luisa con fuerza, para luego meterla en el cuarto sucio y cerrar la puerta con violencia. Alfredo dejó caer la pistola aún humeante y se acercó como un sonámbulo a Julieta con el propósito de calmarla y dormirla, aunque no tenía por qué hacerlo: ya ella estaba calmada y serena, pronta a dormirse. Para Julieta, la muerte ya era algo normal, cosa de todos los días.

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