Sí, sí hay que separar al arte del artista

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En temas filosóficos o sociológicos, los puntos de vista se prestan (o se deberían prestar) al refute, al debate. La búsqueda de la verdad parte, como decía Platón, del asombro, de la curiosidad; y la búsqueda de esta verdad no debe descansar jamás. Al momento de hacer este artículo, y debo dejarlo claro (como si no fuera obvio ya), no pretendo tener la verdad absoluta, tampoco espero que todos piensen como yo. Simplemente escribiré una serie de opiniones y de hechos con respecto a un tema en boga: separar, o no, al arte de artista.

Partamos de la premisa algo schopenhaueriana (ese mismo filósofo tan brillante como para intuir una voluntad universal y tan estúpido como para denostar a las mujeres a razón de su complejo de inferioridad) de que el ser humano, si bien alberga (en algunos casos) sentimientos de nobleza, es un animal dañino y cruel por naturaleza. El ser humano ha causado destrucción, deforestación, dolor, miedo, muerte, guerra, peste, hambruna. Y el ser humano abarca todos los ámbitos: deportes, política, ciencias, agricultura y, en lo que nos intentaremos enfocar, arte.

No son pocos los artistas admirados y estudiados a lo largo y ancho del mundo que, al revisar sus vidas y hábitos, nos damos cuenta de que éstos eran deleznables, terribles. Picasso era un maltradador al igual que Bob Marley, al igual que Bowie, al igual al igual que Lennon, al igual que Melanie Martínez (acusada, por su mejor amiga, de violación). Lewis Carroll tenía todos los papeles para ser un pederasta al igual que Caravaggio, al igual que Simone de Beauvoir (ícono feminista quien confesó, en sus memorias, el haber corrompido, mediante la sugestión, como lo haría un Willy Mckey cualquiera, a una de sus alumnas), al igual que Chaplin, al igual que Foucault, al igual que Asia Argento, al igual que Woody Allen.

¿Pero qué sucede (o qué debería suceder) con las creaciones y pensamientos de estas celebridades, de estos pilares para tantos? Es un tópico difícil, realmente difícil y engorroso. Es irresponsable e inmoral, en primer plano, ignorar las vidas destrozadas por las acciones depredadoras de estas personas. Una experiencia sexual sin consentimiento puede ser uno de los traumas más grandes que pueda experimentar alguien. Algo similar sucede cuando se utilizan el poder y la influencia para acercar a un ser vulnerable hacia un círculo de placer para uno y de sufrimiento para el otro. Algunas voces, quizás las más radicales, sugieren que lo mejor es cortar el problema de raíz, cancelar (la solución más sencilla) el arte, los textos y las ideas erigidas tras estos nombres, pero ¿es esto algo viable y recomendable?

Particularmente, a título personal, jamás he creído (y le temo, de hecho) a la cultura de la cancelación. Siento que cancelar, que suprimir, que borrar, lo que logra es el efecto contrario a lo que pretende; esto quiere decir que mirar hacia otro lado (sobre todo en lo referente a un problema tan grande y tan dañino) lo que consigue es que el problema crezca, al igual que aquella metáfora tan perspicaz y sabia del elefante en la habitación. Por ejemplo, para hablar con los hijos de las drogas (aunque yo, sinceramente, aunque no las consumo, no soy adverso a muchas de ellas), lo mejor siempre es hacerlo de frente; lo mismo en el caso de las malas juntas o de saber protegerse (en la medida de lo posible) de lo más peligroso que existe en el planeta: el prójimo.

Pero hablemos de la obra de arte como tal. Es innegable (por esos avatares curiosos de la vida) que la mayoría de las personas que he nombrado arriba tenían un talento indiscutible. Las pinturas de Caravaggio merecen ser salvadas de cualquier fuego. Foucault formuló parte de los ataques intelectuales más grandes que se han hecho en contra de las injusticias del poder. K-12 es un disco brutal en todos los sentidos. Chaplin logró inspirar a toda una generación de cineastas que a su vez inspiraron a más cineastas.

Es curioso, es extraño. Estoy seguro de que la música de Marley o las metáforas de Alicia en el país de las Maravillas han salvado a muchas personas de la depresión, del suicidio; que han logrado que gente encuentre orientación o sentido cuando todo parecía oscuro y negro. El Guernica brindó consuelo a tantas familias rotas por las devastadoras consecuencias de la Guerra Civil Española. Pero sus creadores, mientras tanto, aprovechaban su posición para subyugar a otros, para dar donde más dolía, para dominar a costa del poder.

Siento que hay que saber separar al arte del artista. Y saber separar al arte del artista es tener el temple y la frialdad para reconocer la grandeza técnica o filosófica o pictórica o fílmica o compositiva de tales o cuales creaciones sin olvidar jamás el turbio monstruo que las hizo y que, de alguna manera, precede a ellas. Lo importante es aprender, nutrirse, saber ver a los ojos la fuente del mal que esperamos cambiar. Quizás lo más sano, a fin de cuentas, pueda ser escuchar Starman y tener la libertad para decir: “Qué bien componía el machista cabrón de Bowie, ojalá se esté pudriendo en su glamourosa tumba”.

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