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El retrete del diablo

Las manos negras de mugre que llevaban el manojo de llaves me desconcertó un poco, la gris intermitencia de la luz sobre el portón de hierro que me separaba de la celda #37 me paralizó en seco. No porque fuera un tipo espolvoreado en azúcar, más bien había perdido el sentido del asombro desde mi primera vez. Era la segunda llave, sí, eso pensé; propuso Willy, quien con sus 12 años a cargo de la prisión de Garrido me devolvió su complicidad con el ojo blanquecino (cubierto por una tela de cataratas que le daba un aspecto canalla y deprimente a la vez). Me encuentro en un terreno claramente suicida, si lo vemos por los lados del experimento forzado; ya que si no iba a cobrar nada por jugarme el pellejo, al menos conocería en carne propia lo que se estaba cocinando en aquel foso del infierno.

En la mañana del miércoles, un titular había hecho que soltará mi empanada de carne molida sobre el teclado del computador: “Se fugaron 100 reos de la cárcel de Garrido, aparentemente porque no tienen comida”, no tenía ni idea de que aquello despertará en mi la condescendencia, el deber de rectificar con mis ojos o soltarme a la estupidez de poner en riesgo mi vida; ¿Quién me extrañaría? ni mi contador soltaría una lagrima. Si es que tuviera sentimientos el desgraciado. Me tomé el café como quien quiere quitarse un peso de encima, limpie el teclado chorreante de salsa tártara (solté una pequeña exclamación folclórica ¡Coño e´ su madre!), y volví a contrarrestar las implicaciones que tendría que manejar para conseguir colarme dentro de aquel pestilente sitio; donde habían acaecido varios motines.

Lo que me llevo a contactar a mi primo Lugo, quien hasta la fecha tenía un puesto de primerísimo en las cuestiones de noticias carcelarias. Aparentemente este sujeto, caracterizado por un chaleco al estilo de corresponsal de guerra; obtuvo su puesto de mando en la televisora Noticas por dárselas de arrecho en un secuestro que se convirtió en épica heroica en los años 90’s. En un banco del centro de la ciudad, un lluvioso día de Agosto se desarrolló un pleito desde la cola de los pensionados. Cosa por apariencia normal. Sin embargo, la coincidencia con los criminales que sitiaron el lugar en menos de 10 minutos puso en aprietos el sostén de la cajera Fabiola, quien, valga la acotación; tenía una personalidad rebosante.

En un tris tras se obtuvo una cobertura radio televisiva de lujo, un escándalo tipo New York en una ciudad tropical como la nuestra. Y mi primo Lugo, obtuvo la mención honorifica en el día más “peligroso de la historia del país…para un periodista”. Por ende, es el indicado para darme pases de cortesía, o palanca en criollito.

Estuve como un ladrillo desde que tomé las llaves de mi auto, me dirigí hasta la entrada de la prisión de Garrido, y tuve que aparcar afuera, a escasos 15 metros del lugar. En el estacionamiento me sentí rebosante de miedo, nunca antes había concebido tal proeza, a lo mejor y, brindándome apoyo moral desde la reflexión, pensé “Soy una suerte de Orwell, pero sin tuberculosis”, exudando la adrenalina en primera persona. El ojo izquierdo me centellaba como una mosca que no se adhiere bien a la mierda de perro en el asfalto. Y mis muñecas no podían soltar el volante; que parecía estar hecho de un elemento maleable, como rociado por una especie de pegamento onírico, de ese que te puede chupar el alma si te duermes como el camarón. El sudor me chorreaba por entre los lentes oscuros, unos ray-ban del modelo aviador que me compré en un mercado de las pulgas, una feria hippie. El bolígrafo, ese instrumento que llevaba en el bolsillo de la camisa, y mi libreta de notas; además de la grabadora de bolsillo eran mi arsenal de “Comunicador”. Fuera de ello quedaba la desnuda valentía, el infantil deseo de querer vivir una gran aventura.

Los espacios que rodean la prisión pueden personificar el mejor escenario de un capítulo de película de zombies; trastos viejos desvencijados, basura por doquier, chatarra maloliente de sillas, oropeles y ropa podrida. Un montón de cachivaches que empeñados en cualquier reality gringo pueden valer una fortuna. Y en la gran entrada de la prisión, un par de soldados o vigilantes; no sé cómo explicarlo. Me esperaban con ansias, porque era el enviado especial del famoso Lugo. Ahora bien, y dadas las circunstancias dentro de la primera sala de recibo, me dispensan un café pequeño, una galleta, y un colgante para el cuello que dice “Prensa”, interesante epíteto para un trapisonda de escritor como yo. Willy, el encargado de la cárcel Garrido me comienza a hablar, y su aguardentosa voz, acompañada de esa mirada de ángel corrupto me devela una realidad ajena a la televisión:

Me condujo a una celda de máxima seguridad donde estaba sentado tras de una mesa rectangular, oscura, roída por los costados, pero pulcra para la ocasión. Un elemento del hampa común que en sus mejores momentos robo autos, confisco información privada de sus víctimas y, organizo secuestros en las zonas ricachonas de la ciudad. El tipo tenía un semblante manso, a pesar de su condición de criatura desmañada, y pensar que hasta ese momento yo admiraba la gesta del malo de la novela. Me tendió la mano, intercambiamos nuestros nombres bajo estricta formalidad, luego echando un cuento grotesco me acompañó vía expedita al lugar donde se desarrollaban las “actividades diarias”, entonces como anécdota curiosa del asunto le devolví la amistad regalándole un cigarrillo de mi cajetilla recién comprada. El carajo me exhibió un diente de oro que me sesgo porque el sol dio de lleno en su colmillo, y en el patio de la prisión el catire estaba castigando con solemnidad, como un látigo sobre un esclavo.

La prisión de Garrido estaba custodiada por los cuatro costados, sendos rifles de alto alcance reposaban sobre hombros dispuestos a matar cualquier alimaña que se dejará vencer por la abulia del encierro. En sí, esto era una puesta en escena ya que en épocas de borrón y cuenta nueva, solo dejaban la puerta abierta y, para afuera el que quisiera volver al mundo exterior. Hasta Clint Eastwood querría estar en esta prisión y mearse en la cara de todos sus guardias, pensé y me sonreí como un carajito. Tuteque como se hacía llamar mi guía turístico, pescó un saludo al extremo del patio; era Bala fría quien hacía las veces de árbitro en un juego de cartas con algunos sujetos de poca monta. Los tipos me miraron de arriba abajo, echaron una sonrisita de maricas, y pronto supe que no era de su agrado. Sin embargo, mi compañía los hizo flexibilizar su ironía. Quien en pocas palabras les dijo que siguieran con su juego, que yo era un amigo, un escritor que quería sentar las bases para liquidar sus memorias en papel.

La barrida fue excelsa, la jugada maestra condujo al Bala fría a cobrar una suma potente, y los perdedores queriendo montar camorra. Fue allí, cuando el justo espíritu que se expresa en “El hombre es  un lobo para el hombre”, estuvo encarnado en tres impactos de bala en la cabeza, un golpe bajo, y un escupitajo en el cuerpo caliente por culpa del plomo. El mal perdedor de la justa había hecho un berrinche de sobra. Mis nervios sufrieron una catarsis de navegante que vuelve a tierra luego de meses en el mar. Quise vomitar como un acto reflejo, pero Tuteque me sostuvo, me indico un lavabo y me enjuague la cara como quien vuelve en sí de una posesión demoniaca. “Tranquilo, compa. Esto apenas es un abre boca; lo que sigue te dejará como gasparin, blanco”, “Si quieres escribir sobre mí, tienes que ver a través de mis ojos”.

Recuperándome de todo aquello, y tomándome un trago de mi licorera personal agarre un segundo aire. Estuve prescrito a ansiolíticos hace no menos de un año, y al parecer, si sobrevivo a esto puede que vuelva a tirarme a chillar en la ducha como una quinceañera a la que le montan cachos. Un numeroso grupo de reos habían cercado un perímetro en círculo donde se apreciaba un evento singular. Me vino a la mente alguna vaina tipo el circo de los romanos, donde una bestia era puesta a pelear contra una manada de perros salvajes, o un tipo contra un tigre de bengala.

Este panem et circenses que se desarrollaba en el círculo central del patio de la prisión estaba inscrito dentro de las nuevas medidas de contingencia para solventar el inconveniente del hacinamiento que preocupaba al director Willy.

Una columna de alrededor de cincuenta reos, repartidos entre menores de edad, ladrones de carteras, adictos, violadores, inocentes sin proceso y, lacras de alto nivel daban palmadas, vociferaban, cantaban en coro sobre dos hombres que se debatían a muerte con chuzos de manufactura precisa. Para ser armas elaboradas dentro de la prisión, tenían una calidad respetable. No joda, si yo tuviese esos cuchillos en mi cocina, no tendría problemas para cortar el pan, pensé con envidia. La pelea estaba considerada un ritual consensuado en la comunidad presidiaria, ya que a menos bocas, mayor comida para los demás individuos. En efecto, esto se había trasfigurado, tomado un fondo siniestro que en su forma podía ser un escándalo a los derechos humanos, cuando para esta gente era burdo “entretenimiento”.

Ambos contendientes en el centro de la olla, como si esto fuera un concierto de metal. Habían repartido varias puñaladas de parte y parte, asintiendo con la cabeza a cada exclamación de apoyo de sus compañeros del público. La sangre que hacia una alfombra entre los dos hombres era una red carpet para la muerte. Con esa antesala, la parca haría acto de presencia con los honores que merece su oscuro trabajo. Con los ojos centelleantes, un charco de sangre bajo su pierna, el brazo abierto de cuajo arriba del hombro Fajardo empuñó por última vez, en aquel día, su arma, tapando el sol por un momento, despacho la vida de Toñito; un pequeño rufián que a lo sumo había robado de la cartera de su madre para comprar hierba.

El espectáculo habría dado quehacer a los guardias apostados en las torres de vigilancia, para el momento las apuestas estaban siendo vaciadas sobre los ganadores. Algunos daban 10 a 1 a Fajardo, otros le daban un crédito extra al pobre carajito que se iba de este mundo sin pena ni gloria. Con Tuteque a mi lado, sonriendo de oreja a oreja me volvió un dolor estomacal. Aunque, este se me adelantará, y señalándome que no me apartara del asunto, me dice “Ahora comienza lo bueno, mano. Están comenzando a repartir la cochina”. Entonces, indeciso en continuar participando de la salvaje naturaleza humana; la fiebre por ir despresando cada parte del cuerpo del perdedor me hizo cerrar los ojos (me sugirió Tuteque, pero no a viva voz que aquello servía para el comedor del día posterior). Estos no eran hombres, era una depravación, una vuelta al origen sin miramientos; haciendo mierda lo que por un momento estaba santificado por la biblia, que éramos diferentes a los animales porque teníamos alma. Porque los sesos, el cerebro y, el raciocinio nos separaban de los que arrastraban su vientre por la tierra. Me sentí pleno de violencia, a tal punto de soslayarme en la crueldad, como quien dice; todos tenemos nuestro momento de debilidad. De todas formas no podía, no podía hacerme el desentendido. Tuve que experimentar, interiorizar, tragarme todo aquello para extraer la medula del horror. Forjarme un escudo invisible, que hoy por hoy me deja enfrentarme a los límites del inconsciente cuando voy a comerme una hamburguesa.

De Tuteque recibí esta revelación; espero le sirva de trance hacia la quinta paila “Compa, lo que se ha hecho hoy es común, entienda que para hacer tortillas hay que romper algunos huevos; y es posible que no todos puedan comer a la mesa”. Me invitó a probar un porro artesanal “de cortesía” al cual me negué sin pensarlo. Pero, anota mi teléfono, cuando tengas un buen material me lo haces llegar. Ese libro tiene que quedar de pinga, me comentó. Solo le confié un guiño de despedida.

Luego de un breve lapso de shock emocional, me vuelvo a sentar con el director de la prisión; quien en su fuero interior sabe que no volveré a ser el mismo. No porque ahora pretenda denunciar que “El hombre es una bestia, peor que los animales”, no; sino que después de mirar al fondo del abismo como decía Nietzsche, ahora el abismo mira dentro de mí. Por ende, Willy, con su ojo muerto de pescado, sabía que yo podría escribir un libro espectacular o colgarme de la viga del cuarto al llegar a casa. Cualquiera de las dos posibilidades estaba sobre el tapete, como un político que inicia su rutina diaria; y cavila si aprobar el aumento de la gasolina o consolidar su retiro en un chalet suizo.

Recibo otro café en señal de despedida, estrecho la mano del director de la prisión Garrido; y presiento que su mano es un gancho para colgar reses. Ese surrealismo me acompaña desde entonces, cada vez que alguien me saluda. No es sencillo apartarse del halito de la muerte tan pronto a sucedido. Porque si estoy acostumbrado a perder el sentido de las cosas, ahora ellas me rozan por doquier, la mesa, el comedor, los trastes, la ropa; todo resulta espumoso, implacable, asfixiante. Cada palmo del ser se impregna de horror, desmesura, sinrazón.

Enciendo el automóvil, su rugido es el de un león hambriento que yace con el estómago lleno. Las motos en la autopista saltan una encima de otras, se cuelan como relámpagos, no puedo detenerme en un solo silbido, un semáforo o una mirada del conductor vecino que me incita a pelear por mi vida. Porque amo estar vivo, y no me dejo intimidar por la canalla social, los oficios vulgares del gobierno, y las condiciones infrahumanas del hombre que libera fuera de sí su pragmática menos elaborada.

Con la determinación del desahuciado empleo las horas de sueño reglamentario para profundizar en la historia que en algún momento me pareció un capricho de juventud; pero que ahora se gesta como literatura bajo presión.

Esta es la primavera negra de mi vida.

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