Poetas Salvajes.

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33

Los ruidos de los pasos lo despiertan. Abre los ojos y enseguida una luz tenue le hiere las pupilas. ¿Dónde se encuentra? El golpe de los zapatos en el suelo y una conversación animada, lejos, en el fondo, lo traen, como si estuviera dormido, del sueño a la realidad. Como enajenado de sí mismo, se observa tirado en una camilla, acolchonada, arropado dentro de una prístina sábana blanca. Intenta moverse. Un dolor que sube por la columna le pega cómo un martillazo en el cráneo, intenta hablar pero su voz se rompe en un balbuceo incomprensible. Intenta recordar algo pero su mente está en blanco. Aterrado se pregunta, ‘¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Qué es todo esto que está pasando?’

En silencio, inmóvil y muerto de miedo, agudiza el oído. Allí siguen las voces, animadas, conversando, oye esta vez el tono ronco y lastimoso de un hombre que se queja sobre el gobierno. Una voz suave, dulce, de mujer parece seguirlo.

Intenta moverse nuevamente, hablar, gritar. Nada. Ningún músculo reacciona. ¿Está herido de gravedad? Reflexiona. No le parece; es el terror repentino, creciente, de no saber ni su nombre ni su pasado. Un ardor le quema la boca, seca, y logra articular una súplica, que se oye como un aullido.

– Agua… por favor.

Una mujer retira la malla que lo encierra en su minúscula habitación, donde están un monitor midiéndole el ritmo cardíaco, una bolsa de suero pendiendo de un tubo metálico, y una silla plástica. Lo oye suplicar nuevamente por el vital líquido. La mujer, trigueña y de formas gruesas, corre rápidamente a buscarle un vaso al paciente. Entra precedida por un médico alto, con anteojos de pasta en su rostro. El joven médico escudriña el monitor y luego se acerca a la bolsa de suero, observa al paciente incorporarse un poco en la camilla mientras la mujer le acerca el vaso de agua a los labios.

– ¿Cómo se siente usted? Ha dormido bastante. –le pregunta el médico, sonriendo cortésmente.
El paciente hace una mueca de dolor mientras vuelve a acostarse. ‘Bien’, dice secamente aunque sin ser cortante.

– Han pasado aproximadamente doce horas desde que lo encontraron hasta ahora que abre los ojos, muchacho. ¿Se encuentra absolutamente seguro de que se siente bien? – Rectifica el médico, y carraspea mientras sigue hablando.

– Algunos en la sala de emergencia pensaron que ya no iba a volver a despertar. Carlos y Trujillo hicieron una apuesta.

No entiende. Oye, pero no entiende. Escucha cada una de las palabras del joven médico como siguiendo cada sílaba, centrándose en una idea fija en su pensamiento. ‘¿Doce horas?’ Piensa.

– Señor. –dice de repente.- ¿Dónde estoy? ¿Qué día es hoy?
El joven médico cruza miradas con la enfermera y voltea a dónde está el paciente acostado. ‘¿Cómo? ¿Ha perdido la memoria?’ Se dice a sí mismo.

– Eh… Estás en el hospital del pueblo. ¿Estás bien? ¿Recuerdas que te sucedió?

– No, no recuerdo nada. –contesta, entre confuso y aterrado.

La enfermera y el joven médico se vuelven a mirar.

– Iré a avisarle al Doctor Gonzalo. –dice el médico a su compañera y se retira, entre maravillado y pensativo.

El doctor Gonzalo es un hombre pequeño, con un pelo gris por sus sienes y una calva brillante, anteojos de metal y unos pequeñitos ojos verdes, inquisidores, que miran siempre con compasión y curiosidad. Cuándo Alejandro, el interno que lleva algunos meses en el hospital, entra a su oficina a hablarle del joven que ingreso hace doce horas y que aún no había despertado, le da la noticia, le contesta simplemente. ‘Ya voy’, y se levanta de la silla metálica, de colchones negros, para dirigirse a verlo. Aunque está sorprendido, no siente tanto entusiasmo cómo el joven médico; ya ha atendido otras veces este tipo de pacientes. Olvidos momentáneos, repentinos, de dónde están, de cómo llegaron, de quiénes son. Piensa; ‘Seguramente fue una borrachera’. Seguramente.

El doctor Gonzalo entra a la habitación, cerrada por cortinas de color verde claro, y saluda a la enfermera que está sentada en la silla de plástico, esperándolo.

– ¿Cómo está? –intenta recordar su nombre, pero se da cuenta que lo ha olvidado, así que agrega sutilmente. –  Señorita.

– Buenos días, doctor Gonzalo. –responde ella amablemente.- El paciente sólo ha tomado agua y no parece tener apetito, le pregunté si quería algo de comer y me respondió que no.

‘Muy bien’ Piensa. ‘¿Qué alimentos podríamos darle? Con las cosas cómo están yendo, me sorprende que le hayan dado agua’.

– Está bien, Ramona. –ahora recuerda su nombre, y se felicita por ello.- Quédate cerca, tal vez el paciente necesite algo más.

La mujer de gruesas formas asiente con la cabeza y el doctor Gonzalo dirige su mirada ahora al paciente, a quién no había visto todavía. ‘Es joven’, piensa. ‘Debe tener la edad que tenía mi hijo’. En silencio, lo interroga con su mirada. Su cara ovalada, morena, de ojos avellanas, con apenas unos pelillos creciendo por el área del mentón y el labio superior, parece no tener ningún rasguño, ningún traumatismo severo.

– Hola, hijo, soy el doctor Gonzalo. –e hizo una pausa esperando a ver la reacción que tenía éste, cómo le extendió la mano confuso, extrañado, sin decir palabra, prosiguió.

– Veo que no sabes cómo llegaste hasta aquí, ¿hay algo más que no puedas recordar? ¿Sabes cuál es tu nombre, el de algún familiar, tus padres?

El misterioso muchacho negó con la cabeza.

– No sé nada, Doctor.

– Ya veo. –agregó este, pensativo. Se volteó hacia el joven médico, que estaba en la habitación, y le pregunto acerca de las pertenencias del paciente.- ¿Alguna identificación en su cartera? ‘No hay cartera, doctor, cuándo lo trajeron estaba fuera de la carretera, en un barranco, al parecer el automóvil en el que iba tuvo un accidente’. ¿Había más sobrevivientes? ‘Los de la ambulancia sólo lo vieron a él’.

– Vaya. –dijo el doctor en voz alta, para sí mismo. Era un caso singular, sin dudas, ningún otro pasajero, inconsciente en el medio de la nada, la mente en blanco. Pensó en un golpe contra el encéfalo, un movimiento brusco capaz de generar un shock en el lóbulo pre-frontal, pero. ¿Qué sucedía con su memoria a largo plazo? ¿Por qué no podía recordar su nombre, sus padres, algún familiar, quién era? ‘Unos rayos X podrían resolver rápidamente el problema, comprobar si el hipocampo se ha lesionado.’–.

Amargamente, recordó el estado del hospital. Observó nuevamente las sábanas limpias en las que estaba arropado el muchacho y se dijo a sí mismo que era un milagro. Seguramente Ramona u otra diligente enfermera la había cambiado ese mismo día, ya no habían tantas en ese estado, y las que habían eran muy pocas, el joven muchacho tuvo suerte, sin dudas. Intentó recordar cuándo había sucedido el último apagón. Hace algunos días. Se dañaron varios equipos del laboratorio, algunas computadoras, neveras donde guardar los frascos de pruebas, el televisor de la sala. El panel de Rayos X ya llevaba meses descompuesto, en el almacén, llenándose de polvo y telarañas. El doctor Gonzalo recordó el aparato y esta vez sus recuerdos lo trasladaron al aire acondicionado de su oficina, que compartía con un doctor más joven que él en el turno de la noche. Entrar a la sala de emergencias y sentir el frío del gran aparato refrescarlo, le secaba las gotas de sudor de su frente, que no limpiaban las aspas del pequeño ventilador en donde trabajaba, atendiendo a pacientes con todo tipo de dolencias y problemas menores hasta la tarde, sentado en la calurosa habitación con la gran máquina pegada a la pared, cómo muerta, sin exhalar una sola palabra. La sensación del frío en su cuerpo lo hacía sentir bien, olvidarse por un instante del maldito calor abrasador de este pueblo.

En ese momento, repicó el teléfono celular del joven médico, con su tonito divertido, imitando algún ritmo de moda con sus graciosos pitidos. Era un teléfono de baja gama, que sólo servía para mandar mensajes de texto y llamar a otros contactos, nada lujoso. El último teléfono de Alejandro, ese sí una máquina, se lo habían robado allí mismo, en la sala, en un descuido, en sus primeros días de práctica.

– Aquí entra mucho ladrón. –le dijo en tono de reproche el doctor Gonzalo.- Ponte pilas, ¿cómo vas a dejar un teléfono así en una de las sillas, cargándose? La próxima vez no seas tan descuidado.

Aquello le dolió, pero lo entendió. Le faltaba un año para graduarse y esta experiencia le serviría en sus notas finales. Desde que trabajaba en el hospital, 12 horas diarias, de Lunes a Sábado, se había acostumbrado a ver muchachos jóvenes entrar con heridas de disparos, cuchillos, algunos de ellos azorados, muertos de terror, temiendo porque su enemigo se mostrara en el hospital y lo rematara de un plomazo. Había escuchado que más de una vez paso, en esa misma sala de emergencia. Entraban y no disparaban un tiro, sino una ráfaga. Bien muertos y desfigurados, para que no los velaran. Sacó el teléfono del bolsillo y observo el número reluciendo en la pantalla. El doctor Gonzalo no dejó de observar al muchacho misterioso tumbado en la cama mientras Alejandro, el joven médico, contestaba.

‘Hola, Rosana, no puedo hablar, más tarde te llamo, ¿sí? Besos’. En ese momento el paciente estiro ambos brazos y sus dos ojos parecían desorbitarse, casi salírsele de sus cuencas. ‘¿Qué pasa, qué pasa? ¿Qué quieres?’ le preguntaba inquieto el doctor Gonzalo.

II

Bueno, ¿va a venir Rosana o no va a venir? –interrogo, fastidiado, en la oscuridad, Carlitos.

– No sé, no responde los mensajes. –contestó Alfonzo.

– Bueno, al carajo. ¿Hoy hay fiesta en la plaza, no? Allí podemos encontrarla, seguro que estará con sus amigas. –oyó decir el muchacho a Mario, allí en el fondo, en la parte trasera del auto, junto a Alfonzo.–. Él estaba conduciendo un pequeño Chevrolet Corsa, dos puertas, automático, color plateado. Oía a sus amigos discutir sobre mujeres mientras se afanaba buscando en el teléfono una música que oír en el reproductor, al que estaba conectado. Era un alivio, pensaba. Habían salido durante días oyendo el mismo CD ya rayado, mil veces repetido y cantado a todo pulmón por todos ellos, mientras se iban de alguna fiesta ya bastante borrachos. Ahora, con ese cable que había conseguido, podía conectar el teléfono al reproductor y oír cualquier música de su celular. Selecciono un rap, le gustaba bastante ese género.

– Mecha, ¿qué hacemos? –le preguntaba Alfonzo. Así lo conocían sus amigos, le habían puesto así por ese peinado raro que llevaba en la cabeza y por lo explosivo de su temperamento. Mientras organizaba sus ideas en silencio, Carlitos le pasó un pequeño vaso de plástico con un poco de ron dentro. Tomó el vaso y se lo llevo a los labios, tragó el brebaje ardiente, sabor a madera, y se sintió disparado del asiento.–

– Tengo una idea. –se le ocurrió en ese mismo instante, mientras se escuchaba de fondo Maquito de Neutro Shorty y oía la voz de Carlitos cantar, emocionado, cada una de las primeras estrofas.– Allí tengo una lata de spray, ¿qué les parece si vamos a escribir un poco de poesía en los muros?

Los tres amigos se miraron extrañados y luego rieron. A Mecha siempre se le ocurrían este tipo de ideas, era una especie de rebelde sin causa, que no le gustaba respetar las normas, que hacía todo a su manera. Carlitos dijo que le parecía una excelente idea y Mario le replicó. ‘Es buena, si intentamos matarnos’. Alfonzo callaba ojeando su teléfono de vez en cuando. ¿Por qué no le contestaba Rosana? Estaba con Mecha, en su carro, era la oportunidad indicada para que se encontraran. Le fastidió la idea su amigo. ‘Está loco’, pensó. ‘Pero es el único que puede llevarme a casa’. No sabía su verdadero nombre, se habían conocido hace poco, presentados por Mario y Carlitos en la Universidad. La primera noche salieron de fiesta y regresó muy tarde a su casa, Mecha solía comprar los cigarros y todos ponían algunos bolívares para comprar la botella. Alfonzo se decía que era dos o tres años mayor que él, pero un poco más estúpido e insensato. Carlitos no compartía la opinión de su amigo, para él Mecha era extraordinario, le gustaba el rap cómo a él, podía beber sin emborracharse o vomitar, y sentía que podía hablarle de los demás con confianza, lo que no sentía con más nadie, excepto su vecino Ronny. Mecha oía a Carlitos hablar de las maneras raras de Mario en silencio, sentados en un banco de la universidad, de las maneras raras del profesor de castellano, de su timidez con algunas muchachas, de sus problemas, de las drogas, de una pelea con Mario de pequeño, de cómo éste era gordo en su infancia, de esto y de lo otro. Mario era de mejor familia que todos, su vida en un futuro iba a ser acomodada, pensaba Mecha ensimismado mientras oía a Carlitos, tal vez no era necesario que estudiara contaduría, como ambos, pero la Universidad para todos ellos era un relajo. Iban a clases a fumar cigarros, beber café, ver a las chicas en los pasillos de clase, bromear, y, a veces, estudiaban. En realidad no era tan agresivo cómo se rumoreaba, tampoco hosco o repelente, era callado en clases, misterioso, a veces sonreía, y siempre buscaba caerles bien a sus nuevos amigos. Escuchaba a Carlitos incrédulo hablar mal de sus amigos de la infancia y luego lo veía saludar a Mario con naturaleza, sin prestarle demasiada atención a todo eso o al comportamiento singular de su amigo, se decía a sí mismo. ‘Es un poco raro, pero no sé a qué se refiere Carlitos’. Fumaba marihuana con frecuencia para ver películas, escuchar música o consumir pornografía. No era demasiado popular. Los tres muchachos siempre le texteaban para salir. Intentaba guardar algo de dinero haciendo carreritas esporádicas como taxi para luego comprar algo de alcohol, una caja de cigarros e ir a un club nocturno a pasar el rato. Así era la vida en la costa.

Llevaban estacionados un rato en el muelle, contemplando a lo lejos las olas negras de la bahía, que se levantaban y morían en la orilla de la playa.

– ¿Qué dices, Fonsi? –le preguntó a Alfonzo.

– No lo sé. La policía anda loca en la calle, ¿te imaginas que nos agarren?

– No sucederá nada. –dijo Carlitos con tranquilidad, observando a Mecha.– Mecha es el tipo, sabe hacer su trabajo, hace un placazo rápido y luego nos piramos, ¿cierto? –sentenció satisfecho de aquella adulación, sin dejar de mirar a los ojos al conductor.–

– ¿Y qué sucede con las mujeres? –interrumpió Mario.

– Tranquilo, casanova. –respondió Carlitos burlón.– Alfonzo va a seguir mandándole mensajes a Rosana a ver si nos llegamos más tarde a su casa o nos encontramos en la plaza.

Un rostro conocido por Carlitos pasó cerca y éste bajo el vidrio, entusiasmado, y empezó a llamarlo.

– ¡Ronny, Ronny! –decía en voz alta y cuándo este se acercó a la ventana le lleno el pequeño vaso de plástico y le ofreció un trago.- Háblame mano, que andas haciendo por aquí.

– Qué hay, menor. –dijo Ronny tomando el vaso y dando un trago rápido, estiro su cuello dentro del vehículo y observó a Alfonzo y Mario en la parte trasera, que lo saludaban con la cabeza.– Ando en la pista, tú sabes. ¿Qué piensan hacer ustedes?

Mecha los observaba  indiferente mientras conversaban. En el fondo, en la calle, se habían detenido un grupo que acompañaba a Ronny, éste sólo charlaba con el co-piloto.

– Estamos planeando ir a hacer un graffitazo por la calle, ¿te animas? –dijo Carlitos.

– ¿Un graffiti? –sonrió Ronny observándolo.– ¿A dónde?

– Todavía no lo sé. –los interrumpió Mecha sin ninguna emoción, inexpresivo.– ¿Te animas o qué? – otra vez, esto lo dijo con total indiferencia, cómo si no le importara, sorprendiera o desagradara su presencia allí.-

– ¿Y qué hay con mis panas? –se volteó mirando al grupo con el que venía, que lo observaban expectantes.–

– Esto es un corsa, mano, no una camioneta. –respondió él.–

– Llégate, Ronny. –le dijo Carlitos.–

Ronny se encogió de hombros y esperó que Carlitos bajara del auto y reclinara el asiento. Sus amigos que estaban en la calle empezaron a recriminarle que los dejará y él solamente contesto. ‘Se jodieron, ando activo’.

El doctor Gonzalo asintió, escuchando al paciente. Pensó ‘Ahora por lo menos sabemos que es universitario’. ‘¿Ése era su apodo? ¿Mecha? ¿Qué sucedió con sus amigos?’
El paciente estaba en la cama, temblando, inexpresivo, confundido. ‘Por lo menos no es algo tan grave cómo pensaba, su memoria a corto plazo está regresando’ se dijo aliviado el Doctor. ‘Sólo unas cuantas horas y podrá recuperar todos sus recuerdos, ahora tan sólo está intentando volver a recordar lo que le pasó la noche anterior, luego sabrá quién es, o cómo se llama, y podremos llamar a un familiar’. Es casi mediodía y en el hospital está haciendo un calor agobiante, algunos médicos sudan bajo sus batas blancas y les brilla el rostro, lleno de gotitas de sudor por la frente, mentón y el cuello.

– ¿Qué año es este? –pregunta de pronto el paciente.

– Hoy es, exactamente. –empezó a decir el joven Alejandro, que acompañaba en la habitación al doctor y a la enfermera.– 15 de Enero del 2.015.

– ¿Te trae eso algo a la memoria? –pregunto el doctor Gonzalo.–

El paciente negó con la cabeza. Bueno, ya sabía que no era un estudiante excepcional, eso de salir de noche a rayar las paredes de la ciudad. ¿Qué clase de buen estudiante, buen hijo, hace algo tan estúpido? Pensó en su hija Antonella, la mayor, ya graduada y trabajando en el exterior, también medicina, y en su hijo Alberto que había estudiado en la capital. ¡Qué susto tan grande no le había hecho pasar su hijo favorito! Era el varón, y se sentía más inclinado a entenderlo mejor que a la hermosa Antonella, por supuesto, quién a pesar de todo su esfuerzo por agradarle no conseguía obtener toda su atención. Alberto iba por el quinto semestre de Comunicación Social y era un dirigente estudiantil bastante popular de su plancha, opositora al gobierno, cuando, en Febrero del año pasado, estallaron las protestas el día de la Juventud, sufrió como nunca al pasar días sin saber de su muchacho. Su esposa, Mónica, intentaba tranquilizarlo diciéndole que seguramente se le había descargado el celular o probablemente lo había dejado en el apartamento, preocupada también por lo que podría estar ocurriendo con su hijo, pero tratando de transmitirle al doctor su calma y sosiego. Era una buena mujer, Mónica. Hermosa, hermosísima, cómo esa miss del mismo nombre, al que unos malditos criminales le arrebataron su juventud para robarla, junto a su esposo, en una vía entre Valencia y Puerto Cabello. Recordó la imagen de la mujer en las pasarelas y lo impactante del suceso cuando él y su esposa se enteraron del asesinato en plena calle, de noche, mientras su hijita estaba en la parte de atrás del automóvil. Un escalofrío subió por su espina hasta impactarle en las sienes, detrás de las orejas. ‘Todavía me da migraña pensar todo lo ocurrido el año pasado’, pensó al sentir el dolor agudizarse.

– ¿Y las protestas que sucedieron en el 2014, recuerdas algo de eso? –preguntó el joven médico y luego observo al doctor Gonzalo, cómo leyéndole la mente en aquella expresión inefable que su rostro había tomado.–

– ¿Pro…testas? –silabeo el paciente, extrañado.

– Las marchas estudiantiles que convocaron los partidos de la oposición. –siguió el joven médico. Las recordaba muy bien, había seguido todo el conflicto por televisión y luego Internet, cuando cerraron la señal por cable.– ‘La Salida’, ¿no te suena de ningún lado?

Los ojos del paciente brillaron.

III

Agitó la lata de spray frente al mural blanco y empezó a escribir en la pared un rayón de líneas negras, temblorosas y difusas. Los postes de luz alumbraban lívidamente en la carretera y no se veía un alma, a excepción de Carlitos en una esquina junto a Ronny, Mario al lado de Mecha y Alfonzo dentro del corsa, observándolos.

Pudo leer, cuándo aquél termino de escribir en la pared. ‘Art. 350. Maduro Dictador.’. Entraron al pequeño automóvil y arrancaron.

– Qué decepción, me esperaba algo más de ti, Mecha, sinceramente. –respondió Alfonzo con sarcasmo.– ¿Dónde está tu fuego revolucionario? Dijiste que ibas a escribir algo de poesía, ahí yo sólo veo unos números que no entiendo, y algo que ya todos sabemos.

– Si, Mecha, ¿qué es eso de artículo 350? –lo interrogo Carlitos, incrédulo, con la mirada.–

– Es nuestro derecho a rebelarnos. –oyó decir a la voz de Mario, antes de poder responder.–

– Rebelarnos. –empezó a decir Carlitos con sorna.– Está bien, Gloria Trevi, empieza por soltarte el cabello.

Ronny soltó una carcajada sonora y Alfonzo y Mecha se rieron entre dientes.

– Eres un imbécil, Carlos. Además de loca no sabes nada. –respondió Mario irritado.

– Woow, ¿vas a dejar que te hablen así, menor? –le dijo Ronny a Carlitos, con un gesto exagerado y gracioso sosteniéndose de los dos asientos delanteros, en el medio de la parte trasera.

– Bien, pues la próxima escribes algo tú, ¿qué te parece, Fonsi? –volteó a verle y se encontró con su rostro sonriendo, sentado del lado derecho.–

– No hay problema.

El carro se detuvo cerca de la Fiscalía municipal. Al otro lado de la calle una escuela, y un pequeño estacionamiento justo al frente. En la segunda esquina, al lado del edificio poco custodiado, había una pequeña vivienda abandonada, de estructura colonial, con sus paredes y ventanas rotas.

– Allí es el lugar. –señaló levemente alzando sus labios y con un gesto de la cabeza la pared roída por el tiempo.–

– Estamos en pleno centro, ¿estás loco? –dijo Mario en voz baja, cómo si temiera que lo escucharán, Carlitos y Ronny miraban expectantes a Alfonzo, que se mantenía tranquilo viendo el sitio que le señalaba Mecha.–

– ¿Lo harás? –le preguntó Carlitos al mismo tiempo que Mecha se giraba y le entregaba la lata de spray.–

La tomó y Carlitos lo ayudo a bajarse del automóvil.

– Quédate afuera. –le ordeno Mecha mientras veía a Alfonzo alejarse, luego le advirtió.– Si pasa algo, espera que vuelva Fonsi y láncese de una dentro del carro.

Alfonzo caminó hasta el mural agitando la lata, miró hacia todos lados con indecisión y luego clavó sus ojos en Mecha, que lo observaba desde el auto. Inexpresivo, sin mostrar dureza, pudo ver marcársele una media sonrisa. Presiono el botón de la lata y esta empezó a escupir unas palabras negras, chorreantes, húmedas, que el silencio muerto de la noche hacía sonar cómo un saxo en la palidez de las estrellas y postes de luces que alumbraban las calles y laberintos del pequeño pueblo. Cuándo terminó no se detuvo a leer lo que había escrito. Con una caligrafía firme, aunque no hermosa, Mecha leyó “Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida.” ‘Neruda’, pensó. Arqueó una ceja y sonrió internamente, nunca le había dicho a sus nuevos amigos que a él también le gustaba la poesía.

Mientras Alfonzo se dirigía en silencio, satisfecho y sonriente con su trabajo, observando a Carlitos admirado por lo que había escrito, la lata se le resbaló de las manos.

– Vamos, vamos, apúrate. –le grito Mario sacando su cabeza por la ventana, con la cara pegada muy cerca de la de Mecha.–

Una patrulla giraba en la esquina unas cuadras abajo y se dirigía a dónde estaban los muchachos. Al agacharse y tomar la lata que había rodado a la alcantarilla, Alfonzo les vio y salió corriendo al corsa que estaba estacionado con las luces encendidas. Todos oyeron el sonido de las sirenas. Mecha salió disparado, pisando el acelerador cómo nunca antes lo había presionado.

¡Mierdaaa, mierdaaa, mierdaaa! –empezó a gritar Mario.

Carlitos y Alfonzo entraron en el preciso instante que el corsa iniciaba la huida. El primero acomodó el asiento mientras este último se acomodaba entre Ronny y Mario, observando la patrulla que empezaba a perseguirles. El centro del municipio era de calles pequeñas, muy angostas, de una sola vía. Mecha pensó que tenía que conducir hasta la avenida principal de la ciudad, una gran recta que pasa por la bahía, para acelerar a fondo y perderles de vista, estaba seguro de que su vehículo era más rápido. Antes debía tratar de burlarse de ellos, desorientarlos, marearlos para ir perdiendo la distancia, doblar por el parque y entrar a un callejón que se adentraba en una zona residencial que él conocía. Allí las calles y esquinas que serpenteaban por todas partes formaban un criptograma, indescifrable hasta para él mismo. ‘Es peligroso’ logró pensar mientras aceleraba. ‘Si me equivoco en algunas de las calles, entraré en un callejón sin salida’.

El patrullero los perseguía manteniendo la distancia, sólo en algunos cruces lograban dejarle atrás pero pronto los alcanzaba. Trató de mantener su mente en blanco mientras sus amigos les repetían en cada cruce, recta y callejuela por la que entraban, sus temores, entusiasmos, preocupaciones. ‘Los perdimos, los perdimos’ o ‘Nos vienen tocando, nos van a alcanzar, nos jodimos, nos jodimos, Mecha’ o ‘Vamos, vamos, vamos tú puedes, cruza aquí, no, no, no, cruza allá, allá’. En un momento todo quedó en silencio y él ya no oía nada, estaba cómo sordo, tan concentrado en huir de la patrulla y la atención puesta en la carretera que no se dio cuenta de cuando empezó la tormenta, no sabía cuánto tiempo había pasado desde que los perseguían y empezó a pensar que no iban a escapar de esta. Cuando desembocaron en la vía perimetral, echó la vista por el retrovisor y no logró divisar al patrullero. Aceleró lo más que pudo hasta sentir que los perdía de vista. Pudo oír el sonido de las olas golpeando las rocas en el acantilado, cosa que lo sorprendió y lo hizo consciente del silencio que se había cernido dentro del auto, espectral, tenso, oscuro.

– ¿Los perdimos? –pregunto Carlitos, cómo temeroso a abrir la boca.–

– Así parece. –sonrió Ronny, muerto de miedo.–

– ¡Mis hermanos, ustedes son mis hermanos! –empezó a gritar Mario feliz, mientras abrazaba y besaba a Alfonzo y a Ronny.–

Se oyeron unas risas de fondo, Carlitos fue el primero, de nuevo, en hablar.

– Verga, Mecha. Estás loco, men. –soltó riendo.

– No sabía que eras un poeta. –volteó su rostro hacía el de Alfonzo sin darle interés a lo que había dicho Carlitos.

– Y yo no sabía que eras un piloto de carreras, Schumacher.

– ¡Cuidado! –oyó la voz quebrada de Mario y giro la cabeza. Era una curva violenta que se precipitaba hacía un barranco. Giró bruscamente el volante intentando evitar caer al despeñadero, las ruedas del corsa se deslizaron y salieron de la carretera a la tierra. El carro se elevó por los aires y empezó a dar vueltas. Luego de rodar varios metros, cayó de pie, colina abajo, cerca de un lago. Milagrosamente, porque a algo así hay que llamarlo de esa forma, ninguno salió herido de gravedad. El golpe contra el volante dejó a Mecha inconsciente, Mario se había incrustado unos cuantos vidrios en la cara y Carlitos se rasguño los brazos.

– Mecha, ¿estás bien? –gimoteó Alfonzo.– ¿Mecha? ¡Mecha!

Carlitos abrió la puerta de co-piloto y se bajó, esperando que los otros lo siguieran. A lo lejos empezaron a oírse unas sirenas. Llovía sin parar. Alfonzo con ayuda de Ronny lograron sacar a Mecha y arrastrarlo unos metros lejos del accidente.

– Viene la policía. –dijo éste cuando lo dejaron en el suelo, observando a Alfonzo.

– ¿Qué hacemos? –dijo Carlitos mientras se acercaba corriendo, en medio del aguacero. Ronny le estaba sacando la billetera a Mecha y también quitándole su reloj.–

– ¿Qué haces, por qué haces eso? –pregunto Alfonzo.

– Tenemos que irnos, vámonos, vámonos. –Ronny tomó del brazo a Carlitos y empezó a alejarse corriendo.–

Mario los veía unos metros alejado, sin decir nada. Las sirenas se oían cada vez más cerca. Él y Alfonzo se observaron entre la oscuridad, y empezaron a correr en la misma dirección.

– Que suerte han tenido estos hijos de perra. –gruñó el oficial Velásquez a su compañero.– Los perdimos por que la lluvia nos hizo que no viéramos nada.

El otro, que conducía, no le respondía, iba serio mirando hacia los lados, manejando rápido y sosteniendo muy firmemente el volante. En su uniforme se leía ‘G. Moreno’.

– ¡Mira allí! –le señalo su compañero a la izquierda. Colina abajo, cerca de un lago, unos metros antes de pasar por el gran acantilado; un corsa plateado parecido al que estaban persiguiendo.

– Mira nada más, los hijos de perra. –sonrió el oficial Moreno.–

Ahora sólo había una llovizna, el patrullero dio la vuelta en U y aparcó a un lado de la carretera. Los dos oficiales bajaron del auto y se precipitaron colina abajo a ver lo que había ocurrido.

– No hay nadie, pero el auto quedo hecho mierda. –dijo Velásquez, escupiendo al suelo.– ¿Cómo coño lograron escapar?

El oficial Moreno paseaba sus ojos pequeñitos dentro del auto. Una luz brillante alumbro debajo del asiento y vio la pantalla de un teléfono celular con un cable pegado. Desconecto el cable y pensó: ‘Un Samsung, valió la pena seguir a estos desgraciados’. Se incorporó e instintivamente miro hacia todos lados, cómo un sabueso que olfatea la presa. Agudizó los ojos y vio el extraño bulto en la oscuridad. El cielo estaba encapotado y no había ni luna ni estrellas en el firmamento. Se acercaron hacía el cuerpo y vieron al muchacho desconocido allí tirado, inconsciente.

– ¿Estará muerto? –dijo Velásquez a su compañero, mientras interrogaba el cuerpo de cerca, cabeza a cabeza.– Parece respirar. –luego le dio una cuantas patadas por las costillas, sin demasiada fuerza, cómo cuando le pegas a un bolso para limpiarlo.-

– Pues si no lo está, ahora lo va a estar. –el oficial Moreno sacó su pistola de la funda y la cargo, quitándole el seguro, luego le apunto directamente a la cara al desconocido.-

Velásquez sonrió en la oscuridad y sus dientes amarillos le alumbraron perversamente el hocico.

– ¿Y después cómo explicas lo sucedido? –preguntó, con curiosidad y divertido, a su compañero.–

– ¿Hay que explicarlo? Malandros que matan malandros, y ya está.

– No creo que un malandro conduzca un corsa cómo este. –torció Velásquez.– Seguro es un hijo de mami y papi.

– Nadie lo va a extrañar. –decía Moreno con el dedo en el gatillo.–

– Bueno, haz lo que quieras, pero en el informe escribes que no me baje de la patrulla. –soltó Velásquez fastidiado y empezó a subir la colina.–

El oficial Moreno observaba ese rostro aparentemente sin edad en la oscuridad y sonrió al imaginarlo con una bala en los sesos. Estaba mareado, hace poco acababa de fumarse un tabaco de marihuana con su compañero y tomarse unos tragos, cuando se encontraron a estos malditos rayando una pared del centro. Un tiro, payaso, un solo tiro acabaría con tu vida en este momento. Con los ojos inyectados de sangre, el oficial Moreno le puso el seguro a su arma y la volvió a enfundar.

IV

– Vaya. –silbó Alejandro, el médico joven.– ¿O sea que la policía te está persiguiendo?

– No lo sé. –dijo el paciente, entre confuso y extrañado.– Después del accidente no recuerdo nada. ¿Mis amigos no los encontraron, no saben dónde están?

– No, nadie sabe nada de tus amigos. –dijo el doctor Gonzalo.–

– Seguramente están bien, no te preocupes. –dijo la enfermera Ramona, que había estado todas estas horas oyendo al misterioso muchacho recordar su pasado.– Probablemente fueron a buscar algo de ayuda y cuando regresaron ya la ambulancia te había traído al hospital.

El doctor Gonzalo miró su reloj de pulsera, ya solo falta una hora para que se termine su turno. ‘Permiso’, les dice a los presentes y se retira a su oficina, lo acompaña el joven Alejandro.

– ¿No le parece increíble, doctor? –le pregunta este al entrar y cerrar la puerta de la sala.–

– ¿Qué? – responde ensimismado en sus pensamientos, revisando sus archivos.–

– Que una persona pueda olvidar su pasado, así tan de repente. –decía maravillado y pensativo Alejandro.–

– Es común cuando se sufre un traumatismo cerebral, un gran impacto que causa temporalmente una pérdida de memoria en el sujeto. También hay personas que sufren shocks emocionales muy fuertes, entonces la mente es capaz de borrar todo rastro de eso, cómo les sucedió a muchos soldados en la segunda guerra mundial. –respondió el Doctor sin ningún tipo de asombro o chulería.–

– ¿Fascinante, no es así? –dijo el joven Alejandro con sus ojos brillantes.

El doctor Gonzalo se encogió de hombros, en sus años de práctica había visto cosas tan impresionantes, a veces de lo más grotescas y horripilantes, que un caso de pérdida de memoria temporal no le impresionaba.

– Lo fascinante es que supieran quién era Neruda.

– Ah. Ja,ja,ja. Resultaron ser unos ‘poetas salvajes’ los muchachos, ¿no es así?. –sonrió Alejandro.–

– Es curioso que las protestas estudiantiles le hayan estimulado a recordar ese momento, ¿qué te impulso a hacerle esa pregunta? –interrogó a su pupilo con sus brillantes ojos verdes, compasivos y curiosos.–

– Pues la verdad no lo sé señor, pensé que como era universitario, el recuerdo de algo… -se detuvo en seco, cómo inseguro de lo que iba a decir a continuación, y silabeo lentamente.- Cómo las protestas le impulsarían a lograr recordar algo.

Se le cruzó de repente por la cabeza la historia que había oído en los pasillos acerca del accidente del hijo del doctor Gonzalo y notó que éste parecía saber lo que estaba pensando.

– Muy bien, buen trabajo, Alejandro, es todo. Quédate con el paciente y averigua un poco más. Tal vez dentro de poco vengan algún familiar a buscarlo.

El joven médico salió de la oficina de su jefe en dirección a la sala de emergencia y se quedó pensando en el poema que habían escrito los muchachos. ‘Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida’ ‘¿Podrá ser cierto?’ Sonrió.

FIN.

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