panfletonegro

atenea mon amour

Atenea podría disimular sus intenciones fácilmente. Ella lo hacía con toda naturalidad. Se hacía fotografiar desnuda por tipos profesionales o novatos. Como punto de partida para su soñada carrera de modelo. Pero no contaba con que siempre dejaba una singular pista sobre el hombre frío y sereno tras la muerte: un poema de Juan Gelman.

 

Se los cuento de esta forma porque yo fui parte de su vida. Al menos que ella opine lo contrario. Esta mujer me trastornó desde la primera vez que la vi. Éramos vecinos en el edificio San Jorge en el Paraíso. Yo buscaba sumarla a mi cuenta de niñas desvirgadas, pero me topé con la verdad del tamaño de una torre de Parque Central de que no era la madre Teresa.

Cuando retozábamos sobre el columpio del parque del edificio ella fruncía el ceño sobre sus rizos negros, se mojaba los labios de forma sensual y me decía “tú eres un tonto, el amor no existe”. Yo no hacía caso a esta clase de expresiones. Nunca le perdoné, eso sí, tener 18 años y no dignarse a darme sexo oral. Sus reproches estúpidos, sus quejas inocuas y el temita ese de la muerte prematura que le soplaba en el cuello me tenían sin cuidado. Pero eso, no darme lo que yo quería, era demasiado. Podríamos pasarnos el día lamiéndonos como gatos. Firmes en el propósito de quitarnos nuestra suciedad, y haciendo el amor por varias horas seguidas.

Yo desperdiciaba mis 23 años en una papelería escolar. Debía apilar libros nuevos, descartar los viejos y pulir la vitrina para implorar nuevos clientes. En esto estuve, como mucho año y medio. Atenea me llevaba el almuerzo a al mediodía, como de costumbre. Solíamos comer juntos cada día frente al reloj de la previsora, en un muro hediondo a orines. Ustedes saben cómo es el Boulevard. No nos importaba. Así éramos nosotros.

Luego regresaba a casa y volvíamos al cuarto a tratar de extraernos el alma por la piel. Un acto tras otro, volvíamos sobre un calco conocido que dejo de ser interesante por su repetición extenuante.

Yo que siempre he sido un fervoroso amante de la poesía le contagie mi enfermedad. Ella optó por experimentar con el verbo hecho carne: la actuación y el modelaje. De hecho, la animé a posar desnuda para mí. Contaba con que tendría la prestancia para verse sin tapujos frente al lente. Las primeras fotografías fueron desastrosas. Una tras otra fueron desechadas. Una nalga blanca y otra negra. El negativo perfecto decía Atenea.

Después de un cigarrillo, un vaso de vino y un buen polvo. Esta era su filosofía. Temía morir como una niña desesperada, sin embargo la muerte de los demás le importaba un bledo.

Una fuerte discusión nos llevó a golpearnos mutuamente. Me sentí fuera de sí, nunca concebí pegarle a una mujer. Ella se arrastraba sobre los vasos rotos y buscaba de asestarme un vidrio roto en el cuello. Yo le decía que era una maldita loca y que nunca la había querido sino para coger. Que era mierda de perro, que no valía nada, ni un miserable billete de 2 bolívares.

Después de ese incidente volvimos a establecernos sobre una calma chicha. Miles de horas de placer ininterrumpido, solo el perro pincher del vecino nos molestaba el sueño de vez en cuando.

Atenea decía que lo iba a picar en pedacitos y se lo iba a dar a las palomas en la plaza. Para que estas a su vez se ahogaran tratando de tragar los trozos de carne del perro.

Ese fue mi error, no percibir los pequeños gestos y expresiones. No le paraba bolas, lo ignoraba sin más. Yo no quería abandonarla, pero no me dejó opción. El semáforo estaba en rojo, pero decidí pegar la chola a fondo como el loco que era. En este punto la conocí en todo su esplendor. Con cuchillo en mano, el vestido rasgado y el lápiz de labio en toda la cara menos en los labios se presentó en mi trabajo.

Me argumentó que la estaba engañando con una ramera del edificio, una tal Rocío. Una vieja a la que ni le dirigía la palabra. Solo una vez la ayude a botar la basura. Ignoro porque la referencia con ella. A lo mejor, según me daba cuenta en el ajetreo de la rutina, por el apartamento de la vieja entraban y salían hombres a diario. Hasta se perdía la cuenta. En lo personal no tenía nada contra ella. Era su vida, no la mía.

Ese día tuve un percance gravísimo con el dueño de la papelería. Tuve que sacarla del negocio como pude. Era delgada pero fuerte, con huesos pesados cuando se arrechaba. Se serenó afuera, me dio un beso y se largó sin mediar palabra. Nunca más la volví a ver.

Luego supe que se había ido a vivir a Margarita con unas amigas del grupo de teatro. Me telefoneó y me contó todo. No obstante respiraba de forma entrecortada en la bocina y dirigió estas palabras inquietantes “a cada cochino le llega su sábado”. Unos tres meses después de aquella llamada recibí una nota de voz, en la cual me recitaba, mientras según percibí, daba largos sorbos a un vaso (seguramente de vino) muy suavemente el poema Sefiní.

 

 

 

 

 

 

 

 

Salir de la versión móvil