sonríe como un diamante

Este tipo no dejaba de reírse, era como un niño drogado por el chocolate. Los doctores decían que era una enfermedad incurable, algo grave, lleno de misterio, que un curandero, a lo mejor, podría resolver entre ramas y brebajes oscuros. Con una sonrisa de oreja a oreja iba al mercado, comía, dormía y hacia el amor. Ni siquiera en compañía del triste cigarrillo era capaz de dejar de reír. Era un vicio sin salida, una puerta que se abrió y se robaron la llave. Un jardín sin fronteras en el que se daban cita la ironía, el sarcasmo, la rebelión del cínico griego que vivía en un tonel. Hermoso loco que comprendió lo difícil que era tomarse la vida en serio. Durante un breve lapso en su adolescencia, entre los catorce y dieciocho años habría experimentado una salud momentánea. Algo que lo empujo a creer ciegamente que la risa había abandonado su rostro para siempre.

Ahora comprendía frente a una realidad adversa que la mejor arma para combatir lo absurdo era reírse a mandíbula suelta. Con escepticismo en la mirada y vacío en el pecho se inscribió en un grupo de apoyo para controlar, suprimir, invisibilizar vicios dee cualquier índole. El resultado no fue el esperado, habría terminado a carcajadas frente a un tipo que confesaba su desgracia frente a todos. El tema era perdonar a su mujer por haberlo abandonado con sus dos hijos. El grupo termino de expulsar al tipo de la risa enferma. Fue execrado por los mortales que le tienen miedo a la muerte desde sus cárceles corporales, tremendo escudo.

Con un garbo de desempleado iba reprochando su maldición por doquier. Era feliz, pero no podía exhibirlo. Era un cínico, pero no podía demostrarlo. También, solía reírse de los que creen entender en que consiste la felicidad, pero en realidad son seres de plástico, corriendo tras un trozo de carne o un numero con muchos ceros que le da alivio a su simulacro de vida. Pasando de un lado a otro, llevando su feliz desdicha como tara tomó una importante determinación “Si mi risa es parte del mal del mundo, entonces yo debo desaparecer de él.” Si, estaba decidido a suicidarse, no hallaba la manera de conseguirle provecho a su enfermedad. Sin embargo, en la cola del supermercado al que solía ir tuvo una serendipia. Se dio cuenta de una forma simple, sin preocupación de lo que debía hacer con su don, al ver la risa que le había contagiado a un nene de cinco años. El cual lloraba sin remedió por un dulce que no le quiso comprar su mamá, hasta que él en la cola del supermercado, el tipo de la risa loca, que nunca se había tomado nada en serio, según sus detractores. Coloco un dedo sobre su nariz, la apretó hacia arriba como haciendo la mofa de un cerdo y le sacó la lengua al niño que lloraba sin remedio, este rompió en carcajadas. La gente suspiro alrededor, como unidos por un momentáneo agradecimiento al extraño de la sonrisa de payaso.

 

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Segundo Cuatro Dedos

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