LA VENTA DE EVARISTO PAICO QUISPE

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Tullinta es una pequeña comunidad alto andina, con chozas agrietadas que parecen haber resistido suficientes terremotos, chozas dispersas en la llana puna gradualmente alisadas y onduladas, dentro de las elevaciones de la cordillera, y zona abrupta de tierras de secano, adonde las cumbres de engrandecidos cerros ya codician atrapar las nubes cargadas de lluvias y vientos alisios que empujan desde la selva. Entonces la agricultura para esta comunidad se convirtió en una actividad demasiado vulnerable para la subsistencia, con un paisaje solitario de esparcidos arbustos doblegados, pero no rendidos, que se parecen a los tercos paisanos de esta zona; y dentro de este panorama, las gramíneas como el ichu son una bendición, ya que se les aprovecha como forraje- para los escasos auquénidos hambrientos que subsisten- y además como combustible.
Alguna vez los cerros amarillentos o marrones que acorralan a Tullinta existieron envueltos de hielo y crearon pequeñas lagunas con truchas, bagres, ranas y algas; pero eso ya desapareció por el cambio climático. Pero de todos los cerros de esta comunidad, el que se localiza más contiguo, y es mágico, es el cerro de Condorsamana (donde reposa el cóndor), y allí persistentemente dormitan estas aves, las más grandes voladoras del mundo, que pueden remontarse por todos los cielos de la américa del sur.
El que continuamente llega hasta el cerro Condorsamana es el pequeño Evaristo Paico Quispe, apacentando su puñadito de auquénidos. Él y su fiel perrita llamada Lucero llegan hasta aquí y, aprecian como los cóndores se arrojan al vacío y luego el viento los atrapa, los eleva a estas magníficas aves hacia lo alto ingresando al cielo andino para ocultarse allí.
El pequeño Evaristo Paico Quispe, al parejo con los demás niños de la comunidad, aparte de asistir con su trabajo, es un niño afanoso que aspira instruirse en todo lo tocante a su comunidad, el concientizarse con su realidad: “con su pasado y su presente” y aunque sólo va a intervalos al colegio, que se localiza a horas de allí, captó el cariño de su profesor Eustaquio Mendo, al que, cuando tiene tiempo, le escucha a solas en el atardecer, las explicas de este profesor.
Una tarde de abatimiento el profesor decía:
– Sabes Evaristo, la Mama Pacha (mamá tierra) ya no pretende producir, parece que les lleva la contraria a los comuneros, ella se ha tornado en una fregada, una sediciosa sabe dios por que causa. Si las semillas que con esfuerzo tus tatas las adquieren y no se cansan de sembrar, ella les restituye en minúscula producción; eternamente esto se repite, como una pequeña limosna repone. Asimismo, las estaciones se han convertido rebeldes, impensadas, definitivamente extremas en cualquier época del año o en cualquier tiempo. Sí Evaristo, o las profusas lluvias que ahogue y pudra las semillas reventándolas o la nada de nada de lluvias, ni un nublado que resista al sol, que como un infierno recalienta las semillas disecándolas, deshaciéndolas en polvo y juntándolas con la tierra misma. Esto es desde que conservo memoria, desde niño cuando me lo confesaron, hasta que lo vi. Así ha sido la condenación, que va desde el inicio de todas las generaciones pasadas hasta hoy.
La familia de Evaristo Paico Quispe, lo conforma su tata Atanasio Paico, conocido como “Nache”, su mama doña Agustina Quispe y tres hermanitos menores, los demás hermanos perecieron pequeños de neumonía. Evaristo es el mayor con ocho años de edad. Vive en una choza de techo tejido de ichu y paredes apretadas y empotradas de tierra amarilla y piedras. Las pertenencias con las que cuenta la familia son parejas a la de los demás comuneros. Ellos tienen una perrita pelona llamada “Lucero” y unos auquénidos maltratados por la mala existencia de aquí, y que Evaristo los acarrea a pastar en horas conocidas a los ichus.
– Profesor, todas las gentes del mundo existen así como nosotros. En la choza ya merendamos una vez por día, en el único cuenco que mi mama pone en medio del poncho tirado sobre el suelo. Hoy profesor, no he comido nada, para que mi mama también logre meter su mano en el cuenco. Ella está tan flaquita que me da turbación el verla tan frágil, como la espiga del ichu prestita a ser arrancada por el viento. Hoy he colmado mi pancita con el agua transparente de la quebrada y se sentía rica esta agüita, ella me refrescó mis tripitas que cantidad me ardían. Sabe profesor, hoy también escribí mi nombre completo con la punta de una espinita, en el tronco del maguey de penca azul, primero puse la “E” y luego las demás letras en el orden que usted me enseñó. Abrigué un gran orgullo ver mi nombre completo metido en el tronco del maguey. “Bonito es mi nombre y apellidos completos, y ese soy yo”, pensé.
El profesor Eustaquio miró la naturalidad de este niño y cómo los niños toman la existencia con esperanza. “Se acomodan a todo, pero hasta cuando” se preguntó. Sus ojos desearon cargarse de lágrimas y en un acto conmovido, llevó la mirada dilatada al cielo en súplica.
– Sabes Evaristo, el agua de tu pancita ya se habrá evaporado por tus ardéncias, aquí en mi mantel, tengo papa y oca preparada, hoy son tuyas.
Evaristo miró a su profesor con agradecimiento y pensó que los mayores son buenos atendiendo a los niños. Todos buenos como su taita y este profesor. No así la naturaleza y sus elementos, no así la Mama Pacha que se desquitaba con ellos, sin haberle hecho nada.
– Sabes Evaristo, aquí en esta zona, antiguamente, te hablo de numerosos siglos atrás, esto era un paraíso, todo era armonía entre el hombre, el cielo y la tierra, todo admirable en esta planicie; todos los hombres unidos cantando, araban con su “chaquitaqlla” y en “minkas” trabajaban las tierras, ingiriendo chicha de maíz que sus mujeres les alcanzaban. Y si por ejemplo sembraban una papa, ésta se reproducía en aumentos asombrosos en las entrañas de la Mama Pacha. Había suficiente armonía y abundancia en esta planicie, y en todos los andes, la grandeza así era de enorme. Aquí nuestros antepasados se maravillaban mirando la planicie llena de auquénidos: de llamas, alpacas, vicuñas, guanacos; todo por miles. Sabes Evaristo aquí antes hubo un paraíso. Poseíamos otra religión más simple, pero nuestra, el sol “Inti” nuestro dios, esposo de la luna “Mama Quilla” y, las estrellas “Quyllur” eran las hijas de esta relación, distribuidas por todo el universo de la noche. Y sus dos hijos semidioses aquí en la tierra del tata sol y la luna eran el inca y la colla, ambos esposos y hermanos en un incesto sagrado no corrupto. El inca nos regía con prudencia y amor, era sensible a nuestras necesidades, y nos valoraba como sus hijos. En esa época ni los niños ni los ancianos morían de neumonía ni padecimientos estomacales, diarreicos. Los antiguos conocían los secretos de todas las plantas curativas y sus usos. Este país Perú, se llamaba Tahuantinsuyo y era nuestro. Todo se suministraba así con paz, armonía entre todos, alegría, bondad y, comentan que ya vivíamos la colmada felicidad. La Mama Pacha y los elementos climáticos nos proporcionaban también la mano, y se plasmaba el arco iris que con sus matices se creó la bandera nuestra del tahuantinsuyo. Hasta que arribaron los invasores hispánicos y nos conquistaron, nos invadieron con maldad y ambición, como una indolencia incalculable y mortal. Nos trasfirieron otra religión y nos hicieron probar la manzana prohibida que merendaron Adán y Eva, y de repente todos nosotros ya estábamos llenos de maldad, de perversidad, de confusión en nuestra sociedad, en nuestra cultura y dentro de nosotros como personas. Y de veracidad ya poseíamos esa malevolencia que nos trajeron ellos a perpetuidad, esa malicia que se llama “pecado”. Si bien nosotros no percibíamos bien que era un pecado, ya residía definido de cualquier modo en nuestro corazón. Lo paradójico es que conquistadores así: ambiciosos, brutales, suicidas y rellenos de tentaciones malditas, demonios perfectos, por no decir el diablo mismo, transportaron bajo su brazo la Biblia y la religión de un Dios admirable; que expresaba todo lo contrario a lo que hicieron ellos con nosotros. Precisamente malditos permanecemos por esa corrupción que primitivamente no poseíamos. Hoy seguimos confundidos en lo corto de creer en la Mama Pacha y en el Dios indiscutible de ellos. Perpetuamente nos quedamos en la duda, enredados en todo lo que hacemos. Así apáticos con mezclas de dos fes, o con fe despedazada o con doble fe, así qué van a producir estas planicies, únicamente soportando en aguardo del fin de nuestros cuerpos y de este mundo andino.
Cuando el profesor concluyó su explicación, Evaristo resultó impresionado por lo que escuchó, advirtió que la tarde ya se marchaba de estas tierras, agradeció a su profesor por la merienda, e inquieto ahuyentó sus vicuñas corriendo detrás de ellas con rumbo a su choza, su perrita Lucero corría a la zaga ladrando a ratos al viento gélido que los envolvía.
Por la noche, cuando Evaristo dormitaba sobre sus mantas, de nuevo se sacudió bruscamente en la madrugada, así se había pasado toda la semana. Era el graznido lastimero del ave malagüero, llamado “tuku”, graznido o chillido, o anuncio de que lo maléfico surgía de nuevo en su choza, hacia su familia. Tras un año, retornaba esta ave. Para esa época acudió para cargar a su abuelito de este mundo de los vivos. Patentemente recordó como en aquella oscuridad sin luna, el graznido hería cruzando las paredes y la puerta para introducirse en su choza: “Tuku, tuku, tuku”, algo así era el graznido que atendió en el silencio sus oídos. Y recordó cómo en aquella amanecida alcanzó arrastrándose por el suelo hacia su abuelito, su taita mayor – que gemía por sus dolencias que cargaba en el cuerpo- se envolvió enérgico a él, a su árbol viejo, como acostumbraba llamarlo. Y el anciano jalaba y tiraba el insuficiente aire que existía en la choza, era su agonía. “Ese maléfico cuco no te va a hacer perjuicio”, así le expresó Evaristo al anciano aquella noche. Y para cuando trataba de abrazarlo con más impulso para transferir algo de su calor, descubrió que el avejentado cuerpo disipaba prontamente el calor de los humanos, inclusive cuando unió su oreja al aspero pecho ocupado por frágiles costillas, aprecio el jadeante retumbar del corazón del anciano, atendió los tres últimos latidos que clarito dijeron: tuku, tuku, tu… el malagüero graznido de la muerte residía en el interior del ya gélido cadáver. Y luego la maléfica ave surcaba lejano, cargando en su graznido el alma de otro comunero de Tullinta.
Al siguiente día, con claro pavor en su nerviosita voz, detallaba a su profesor lo que estaba ocurriendo por la madrugada, que el ave malagüero surgía otra vez a descomponer su familia. El profesor le expresó que aquella ave no era directamente portadora de comunicar la muerte, sino que podría ser que alguien se apartaría de su choza, alguna ausencia inesperada, un viaje prolongado a otra región o a otras tierras del país; “El tuku se ofrece para varias cosas”.
Ya sosegado, el profesor le relató que en tiempos del Tahuantinsuyo, cuando el longevo inca iba a partir a la otra dimensión o posada de su tata el sol, se manifestaba el ave sagrada de los incas como un vaticinio, era un ave portentosamente encantadora de admirable plumaje, de siete coloraciones como el arco iris, que simbolizaba la bandera del Tahuantinsuyo, y que expertos cazadores la aprehendían, para adquirir esas magníficas plumas con las que se forjaba la nueva “Mascapaicha” (corona), con la que regiría el nuevo inca. El ave sagrada se llamaba “Corequenque”. Ya más tardíamente, emergió para nosotros los indios andinos el “Tuku”, pero eso existió posteriormente en el tiempo del virreinato, cuando los españoles instituyeron la mita minera o trabajo forzado en las minas, donde imponían a nuestra gente efectuar trabajos violentados, esta cruel faena en el cual dicen los cronistas que de cada cien indios que eran trasladados a la mita minera, solo retornaban diez, y al cabo de unos meses frecuentemente sucumbían estos por lo que tanto habían deteriorado su salud, por las permanencias interminables en los socavones de las minas. En esa época la mina más afamada del virreinato existía en Potosí, en un monte llamado Sunraj Orko (cerro magnifico o la boca del infierno), a una elevación como de Tullinta, lindante al cielo, y fue la más brutal para nosotros. Al final, de los doce millones de habitantes que hubimos en el Tahuantinsuyo, quedamos raleados solo miles. Con la independencia del Perú nos dejaron en paz.
Evaristo atendía esa sorprendente e inexplicable historia de crueldad de ambición de asesinar personas por un metal, que de nada sirve, para llevarse tantas vidas; se dijo: “fueron tiempos feos, como la pesadilla que no sé porque, a veces me da. Yo poseo sueños horribles como usted cuenta. No será que los indios que murieron en las minas se introducen en mis sueños, o es que en mi sangre yo acarreo el recuerdo de esos sufrimientos, pero profesor eso ya pasó ¿Verdad?”
El profesor cogiendo la fría mano de Evaristo sentenció:
– La explotación sigue hasta hoy a ocultadas de la ley. Así dicen “a escondidas” utilizan a niños y a niñas, ambos son manipulados, a las niñas se les exigen a ser prostitutas y, a los niños a trabajar en los lavaderos de los deltas de los ríos para extraer oro, emponzoñando el organismo de estos pequeños con mercurio y cianuro que son tóxicos mortales. Lo insólito es que esta región maldita de explotación de niños se llama “Madre de Dios si no fuera por este nombre peor serían las cosas, en este país”.
De nuevo por la madrugada escuchó el graznido del tuku. Esta vez concibió el serio miedo que nos traslada al horror. El graznido ya no se hallaba en el interior del silencio de la choza, sino que lo concibió en su pecho, y tanteando con ambas manos sujetó su pecho para tasar su latido, apreció en el tacto de sus manos el “tuku, tuku, tuku”; Evaristo Paico Quispe era el escogido. Se quedó atónito y peor fue cuando atendió la fría voz sin melodía, en quechua, de su tata, que dispuso a su mama: “el destino ha hablado”. Prontamente percibió el sollozo quedito de su mama que no clamaba, ya que mordiscaba las mantas.
Al amanecer su mama escondía su mirada en el suelo como enterrándola. Su tata miró fijamente a Evaristo con esa ojeada fría de piedra sin emociones, le reveló la decisión tomada por ellos. A Evaristo se le grabó la confusión del instante y de las tantas palabras que su tata expresó: “ya no hay más dinero para cumplir con otra siembra, aunque sea un último cultivo, ya no hay más que hacer”. Era tremendamente severo para Evaristo ser consciente de la nociva noticia. El entorno cambiaba drásticamente de su cotidiana realidad y de su ser. Evaristo pataleo con impotencia quería sacudirse todo lo malo. Arrodillado envolvió con sus brazos las extremidades de su tata, las de su mama, que únicamente le humedecía el pelo con sus lágrimas.
Evaristo ya sentenciado y condenado casi inconsciente miraba ansiando grabar todo con su mirada, todas las partes internas de su choza, guardar en su olfato el humo del ichu que calentaba alguna hierba en los cantaros de barro. Miraba y deseaba palpar su verdad, impresiones terribles con la yema de sus dedos. Como que de repente todo se le había tornado raro y desconocido en esa amanecida extraña de su vida. Miró como sus dos hermanitos complacientes todavía dormían, y alcanzando la parte más sombría de la choza, a modo de perderse en esa esquina oscura, se hundió de rodillas y empezó a gemir calladamente lleno de suspiros, todo se había trasformado en tiempos idos; jamás su vida giraría en torno a ellos. Ya algo acomodado a su sentencia, elevó su cara y sus lágrimas se perdieron en la lengua de su perrita, reparó la carita afligida de su Lucero que lo comprendía, y él le dijo: “Lucerito me han vendido y hoy partiré lejanamente de esta choza y de esta familia y de Tullinta. El tuku sigue palpitando en mi corazón y me arrastra a otro destino”.
Cuando partió con su tata con secreto rumbo, Evaristo Paico Quispe suplicó a su tata para despedirse de su profesor, y asimismo señalar que sus pesadillas ya empezaban a hacerse realidad, a lo que su tata con voz directa y fuerte le dijo: “si no te despides; la superstición dice que algún día asomarás”. Su tata lo jalaba con fuerza, como se tira a un auquénido terco en el avanzar, en cada jalón que le proporcionaban, Evaristo concebía que le desgarraban sus raíces de esta puna. Su mama chilló con todas sus nervios su nombre, esa voz retumbó en todos los cerros del alrededor y alcanzaron como ecos plañideros en los oídos y corazón de Evaristo, él giró para ver esa postrera imagen de su mama. Ella permanecía inclinada en el suelo, desbaratada, golpeaba con dureza la tierra, sus lágrimas caían al polvo, se plasmaron en barro. “Así hubieran llovido los cielos para no vender a Evaristo”. Mientras se retiraban tata e hijo, en la lejanía, la choza se hundía más en la planicie. Y el cerro “Condorsamana” se encumbraba más y más, como un titán y los cóndores se arrojaban a volar.
Llegando al lugar de reunión, los esperaba el parásito social: “El Enganchador”, puntual era este señor, poseía la apariencia de un empresario que le sonreía la fortuna, era obeso de cara caritativa inspiraba confianza. Al instante llegaron a un acuerdo. Este de reojo evaluó al pequeño, y colmó las manos del comunero con diversos billetes de alto valor. El comunero vio una riqueza en esto y vaticinó que con ello le alcanzaría para algunos cultivos. Y para terminar de quitar la desconfianza del comunero, el enganchador le aseguró: “lo cuidaré bastante bien, tal buen tata, como lo ha sido usted”.
El tata expresó en quechua a Evaristo: “sabes hijo, no es de humanos hacer lo que te estoy haciendo, deseo que entiendas que es por la miseria. Pero yo poseo fe en ti, que en un plazo volverás a nosotros. Recuerdas cuando eras más criatura, y se complicó tu salud hasta cerca de morir. Y no poseíamos las hierbas apropiados para aliviarte. Con tu perrita Lucero hice el trueque para conseguir aquellas pajas necesarias para reponerte, te sanaste. Luego estando tu sano apareció la tristeza en tu corazón por la ausencia de tu perrita. Recuerdas que en una amanecida insospechada te sacudió el ladrido de ella. Siendo Lucero un animal halló la vuelta. Tu hijo si te lo planteas encontrarás el camino a nosotros. Se terco hijo, se porfiado en volver, en querer venir a nosotros, la porfía todo lo puede”.
El pequeño Evaristo Paico Quispe, ya con diferente carácter, con fuerza en lo que indicaba, le solicitó una promesa a su tata: “sólo quiero que me digas, que por más que se desgaste este dinero en malas cosechas, nunca venderás a ninguno de mis hermanitos”. Su tata descendiendo por primera vez la vista manifestó: “te prometo eso hijo, esto te prometo: ya no entregaré a otro más, si la Mama Pacha no me repone en las cosechas… todos los que quedamos como familia nos destruiremos”.
Prontamente apreció las manos duras como de pedrusco gélido de su tata en sus espaldas, que lo cedían, a las manos obesas y calientes de su desconocido dueño. Concibió la sumisa transferencia genética de los indios que trabajaron en la mita minera del virreinato. Una vez que el comunero se apartó. El enganchador dijo: “tu tata cree que carga una riqueza en sus manos. Sabes cholito, nada cuestas… en fin, serranos mulos que no saben cómo camina este mundo”.
Conforme el camión iba descendiendo por los andes, Evaristo reparaba que su cielo andino, que su aire límpido, que el gélido paisaje de su comunidad Tullinta, se separaba de él. Se retiraba dando paso a otras geografías, incluso el sol tenía otra luz y calor. Un horrible viaje, repleto de oscuridades y dudas. Si bien su pasado estaba muy presente con intensidad e insistencia, el miedo lo quebraba. Ya intuía en qué concluirá esto: tal vez los momentos del pasado se alargarían perenemente o tal vez se liquidaría cuanto antes… detrás del adiós ¿qué queda? se preguntó.
En el mismo trayecto, el enganchador le manifestó que a partir de hoy adquiriría otro nombre: “este será tu verdadero nombre, te llamarás Francisco Araujo Guevara, y aquí en mis manos están tus nuevos nombres, esta es tu nueva partida de nacimiento, y desconocerás los nombres y apellidos falsos con que te asentó tu tata”.
Cuanto peso tenía en su percepción estas palabras. Y su nombre, por el que se le había llamado en toda su breve vida, en Tullinta ¿en qué quedaba? En los más profundo de Evaristo, en su conciencia: “ya no era él”. Su actual falso nombre o quizás ya el verdadero, poseería otra combinación de letras prácticamente inciertas, que le asignarían otra personalidad y supuso que cambiarían sus facciones en otra cara. Especuló que al garabatear su nombre en los troncos del maguey, de alguna manera desgastó su nombre y apellidos que le pusieron sus tatas.
Ya no se consideraba genuino, ni auténtico, sin identidad, se sentía una maza de sentimientos imprecisos. Se pellizcaba la piel de sus brazos, se lastimaba con las uñas, no concebía dolor, se apreció ausente dentro de su cuerpo. Quizás su nombre siempre fue artificial, como el nombre que recientemente le asentaron. O él era el más artificial de todos: “una mercancía”.
Ya sucedido el tiempo, en un delta aurífero donde era explotado hasta no más, en la selva de Madre de Dios. Descubrió que el infierno se da en la vida del desamparado, cuando no hay quien proteja, puesto que cada ser lleva en si un destino incierto cuando no haya alguien que proteja. Determinó que su existencia no podía continuar siendo gris. Se desanimó a ser porfiado como su perrita Lucero. Se desalentó a vivir está forma de vida, o mejor decir: “a vivir”. Sintió la inquietud de seguir su propio camino, de terminar con este mal destino. Otra vida, otro mundo; “diferente a los andes de Tullinta pegadito al cielo, y a la explotación inhumana en esta selva salvaje”.
Estando en la bocatoma del delta, reconoció que su cuerpo infantil estaba intensamente malogrado, y que ya no daría para más. Vio el agua aurífera cargada de sustancias tóxicas, tragó todo lo que pudo. Lo sacaron convulsionando a la orilla para que agonizara tal como un perro sin dueño.
De repente Evaristo Paico Quispe reparó que en la hondura oscura donde ahora se hallaba, una luminosidad igual al tata sol, lo absorbía y se dejó llevar. Para advertir que se encontraba en la cumbre del cerro Condorsamana. Miró como los cóndores se lanzaban a volar y él igualmente saltó al vacío. Sintió las gélidas manos duras de su tata que ahora si lo sujetaban. Luego esas manos se suavizaron como algodón, y por fin las sintió humanas. Descubrió que podía volar, pero no era un cóndor, sino que se había convertido en parte del viento de su comunidad. Desde esa altitud consiguió ver toda la extensión de la planicie de Tullinta. Y reparó en su choza, atendió el alegre ladrido de una perrita vieja que lo reconocía: era Lucero que gozosa meneaba la cola. Penetró en la choza, y como una armoniosa brisa rodeo a su canosa mama, esta dijo: “eres tu Evaristo” y ella con nervios cogió sus entrañas. En seguida se deslizó al terreno estéril adonde se hallaba su tata, Evaristo lo abrigó, su tata sintió su presencia, calló de rodillas sollozando, machacaba unas hierbas venenosas. Misteriosamente, unas nubes benevolentes cargadas de agua empezaron a caer en lluvia sobre Tullinta, formando un hermoso arco iris semejante a la bandera del antiguo Tahuantinsuyo.

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