Sobre la discriminación laboral asociada al género

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Conozco a algunas mujeres que han trabajado en pozos petroleros, pero por cada una de ellas conozco a varias decenas de comunicadoras sociales, psicólogas, arquitectas, licenciadas en idiomas, educación infantil, etc. El supuesto problema de la igualdad de género se refiere a una tendencia estadística general, más que a casos particulares, en la diferenciación entre hombres y mujeres acerca de los tipos de trabajos que realizan y la remuneración que obtienen a cambio. Cuando en promedio las preferencias de las mujeres son significativamente mayor que la de los hombres hacia carreras menos productivas o menos riesgosas (y por lo tanto menos remuneradas), tiene todo el sentido del mundo que estadísticamente se observe una brecha en la remuneración. Por otro lado si comparamos en cambio trabajos idénticos y teniendo en cuenta la obviedad biológica de que las mujeres se embarazan y los hombres no, y que además en el marco regulatorio laboral típico se suele ofrecer por ley muchos más días de reposo y beneficios a la mujer que al hombre por esta razón, también es lógico que, en términos generales para un empleador, el contratar a una mujer conlleve asumir un riesgo adicional de menor productividad respecto a contratar a un hombre. Si a esto sumamos que es más probable que una mujer se retire en edad productiva a que lo haga un hombre para dedicarse a su familia, o que suelan escoger trabajos con mayor flexibilidad laboral para conciliar su carrera con la vida familiar, se tiene una tendencia en el mismo sentido: ofrecer un salario inferior para compensar el riesgo.

     Si esto no nos gusta, está bien, pero no se pueden desconocer las leyes económicas, ni tampoco se debería denunciar a priori una actitud machista deliberada como su causa. Sí se puede en cambio luchar contra las leyes de los parlamentos que con ánimo de discriminación positiva obliga a los empleadores a tener que discriminar negativamente. También se podría luchar contra la extendida costumbre de que en la educación familiar se suela alejar a las niñas de las carreras que tradicionalmente gustan más a los hombres, o incluso de fomentar por igual en niños y niñas la importancia de un equilibrio apropiado entre la familia y la profesión. En fin, no tiene por qué ser un tema de machismo, ni de presuntas diferencias en cuanto a las capacidades o éticas del trabajo entre hombres y mujeres, sino una respuesta espontánea de la sociedad frente a asumir los riesgos en cuanto a una diferencia de la productividad, que es inducida por patrones culturales tradicionales y por una regulación discriminatoria que suele ser puramente ideológica y que tiene los resultados contrarios que la motivaron.

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     Los temas que plantean las investigaciones sobre las diferencias en ingresos y tipos de actividad laboral entre hombres y mujeres son muy válidos. Tanto por ser muy interesantes como temas de estudio, como por el hecho de que mucha gente identifica las diferencias observadas como un problema social. Sin embargo creo que, como con muchos otros temas sociales, este es uno que tiende a politizarse por la gran sensibilidad en torno a él y los muchos votos que puede generar cualquier iniciativa que, aunque no resuelva el problema o incluso lo agrave de forma indirecta en el largo plazo, nominalmente proclamen solucionarlo.

     Mi calificación de “supuesto” problema es en un sentido muy especial, en ningún caso se motiva en intentar negar el fenómeno, sino por cuestionar su calificación como problema. Y es que en cuanto al tipo de soluciones que generalmente se plantean, casi en su totalidad: (1) no reconocen las causas que originan este fenómeno (y por tanto no las atacan); (2) no se termina de aclarar por qué este fenómeno es efectivamente un problema (en vez de más bien una condición natural que tal vez no nos guste); y, tal vez lo más grave, (3) no identifican cuáles serían las verdaderamente problemáticas consecuencias no deseadas de la adopción de muchas de las políticas con las que se pretende “resolver” el problema (muchas de ellas rayando incluso en la ingeniería social).

     En el primer aspecto, muchas veces el complejo conjunto de causas del fenómeno termina siendo caricaturizado, por políticos de izquierda y feministas mayoritariamente, como una actitud machista generalizada imperante en la sociedad. Si bien algo de esto lamentablemente existe, especialmente en ciertas culturas, no creo que hoy en día en nuestras sociedades sea una tendencia con un impacto comparable a que, por fuerza de ley, se encarezca a todos los empleadores de una jurisdicción el contratar a una mujer frente a un hombre. Si por influencias culturales (que existen) y por realidades biológicas (que también existen) es más probable que, en igualdad de todas las demás circunstancias, una mujer abandone su trabajo temporal o definitivamente para dedicarse a la vida familiar, siendo la tendencia económica que la remuneración corresponda a la productividad esperada, la consecuencia es que al ser la mujer percibida como potencialmente menos productiva, tenga una remuneración menor a la de su par masculino para compensar esto. Que un empleador decida pagar lo mismo a un hombre que a una mujer con exactamente las mismas capacidades, es porque decide asumir plenamente el riesgo de una menor productividad en el segundo caso. Esto sucede e incluso podría incentivarse a través de la presión de los consumidores (“sólo compre de empresas solidarias con la igualdad de género”), pero a nivel generalizado no parece ser una tendencia que pudiera extenderse de forma generalizada, en especial si los consumidores tienen que pagar mucho más de lo que están dispuestos para apoyar ese modelo empresarial. Si sostener arcaicos valores machistas puede ser una causa, la actual legislación laboral en la gran mayoría de los países también lo es, así como también lo son la asimetría en la selección de profesiones, el rol tradicional de hombres y mujeres en la familia y en la actividad económica, la diferencia en cuanto a tolerancia de riesgos o esfuerzo físico, etc. Reducirlo tan sólo a una actitud machista deliberada y generalizada, obviando el resto de las causas, es tan simplista e inconsistente como la teoría de la lucha de clases marxista.

     En el segundo aspecto, pareciera que se descartase desde un primer momento que, si efectivamente los hombres y mujeres somos distintos desde una perspectiva biológica hasta una de carácter más socio-cultural (que podría cuestionarse, pero siempre con cautela evitando caer en reduccionismos y evitando despreciar el conocimiento social existente en la tradición), entonces esto pudiera producir que, bajo un esquema de división del trabajo, ciertos empleos puedan ser más productivos a cargo de hombres que de mujeres y viceversa. Es decir, si evidentemente no nacimos iguales y no fuimos criados iguales, tiene sentido que no todo el mundo sirva igualmente para todo. Esto, que sin distinguir en cuanto a género, es la base de la división del trabajo en cualquier sociedad asentada en intercambios voluntarios, podría extenderse al tema de género si acaso fuera posible identificar rasgos característicos comunes entre todos los hombres por un lado y todas las mujeres por el otro en una sociedad. Y estos rasgos en alguna medida diferenciadores entre hombres y mujeres tendrían un componente biológico y otro cultural. Y dentro del componente cultural podríamos a la vez distinguir entre aquellas que cumplen una función social y aquellas que no. Las que cumplen una función social son positivas porque sostienen el actual modelo social exitoso frente a la menos exitosa alternativa en caso de no tenerlas (por ejemplo que algún progenitor preste más atención a la gestión familiar). Aquellas que podríamos calificar de negativas serían las que no permiten o bloquean la transición hacia un modelo social aún más exitoso que el actual (pareciera claro que prohibir a las mujeres ir a la universidad). Si el proceso de evolución social eliminara a estas últimas, cabría preguntarse ¿es realmente un problema que individuos distintos hagan aportes distintos a la sociedad y por tanto sean recompensados de forma distinta? Parece claramente un caso particular de la más general desigualdad (material) de la que tanto provecho saca la izquierda electoralmente. Pero que si lo analizamos desde una perspectiva científica, es decir dejando de lado juicios de valores, tampoco se sostendría como un “problema” sino como una obvia realidad, que puede no gustarnos como no nos gusta el no poder teletransportarnos. Puede que no nos guste que el x% gane mucho más que el y%, pero esto sólo significa que la sociedad valora más el aporte (y el tipo de aporte) que hace el x% frente al que hace el y%. Ante esto habría dos opciones, reducir la desigualdad haciéndonos a todos un poco más pobres, o aceptar la realidad y dejar que los más pobres sean cada vez más ricos, independientemente de cuánto más ricos se hagan los ricos. Este caso es similar.

     Al desvestir el tema de juicios de valor, y una vez desechados aquellos aspectos que utiliza la sociedad para asignar roles y trabajos pero que no cumplen una genuina función social (por ejemplo que sólo sea la mujer que limpie y cocine la casa), es posible percatarnos de que si el mercado laboral percibe diferencias inherentes entre hombres y mujeres, es sólo natural que esto se traduzca en división del trabajo y en diferencias de remuneración. Tal vez el problema esencial sea que estas diferencias percibidas hoy no se corresponden con las diferencias legítimas biológicas y culturales, sino que respondan más bien a principios que no cumplen una función social y que por lo tanto deberían ser purgados. Y esto es lógicamente un tema de valores que debería solventarse desde la educación (no desde el gobierno). Por ejemplo corregir que aún conservemos costumbres atávicas que predispongan el desarrollo de talentos y preferencias y la asunción de roles en función del sexo. Que por cierta predisposición cultural que no parece tener mucho sentido los padres compren muñecas a sus hijas y Legos a sus hijos, reduciendo las posibilidades de que descubramos que el talento y la preferencia para muchos (o tal vez todos los) roles, no tienen nada que ver con diferencias biológicas o culturales positivas de género. Pero debe entenderse que de ser esto así, lo legítimo es atacar las causas en el ámbito correcto (el privado, en la familia y en la comunidad) y permitir que se revelen en el largo plazo las posibles diferencias reales entre hombres y mujeres en el ámbito laboral y familiar; y no que dada la situación actual se obligue al desconocimiento de diferencias que de hecho existen (biológicas o las inducidas culturalmente, legítimamente o no) que tienen de hecho un impacto en el desempeño laboral de hombres y mujeres hoy en día. De llegar a darse este escenario ideal, sin distorsiones producto de la legislación y abandonando criterios que no cumplen una función social, cabría preguntarse si sería un problema que descubriésemos que hombres y mujeres se desempeñan de forma distinta en distintos roles familiares y laborales y que la sociedad así lo reconoce favoreciendo una particular división del trabajo que tome en cuenta el género como factor de influencia. ¿Consideraríamos esto un problema? ¿Le atribuiríamos la etiqueta de feminista o de machista y nos empeñaríamos en cambiarlo?

     En el tercer aspecto, las políticas de igualdad de género, así como las que supuestamente tratan de reducir la desigualdad material, tienen mucho en común en cuanto a que suenan muy bien en una campaña electoral, por la sensibilidad y poca reflexión de los votantes, pero terminan generalmente agravando el (supuesto) problema que se quiso explotar políticamente y generando verdaderas desigualdades e injusticias en su periferia. Si partimos de dos supuestos: (1) que por una realidad biológica (innegable) y por un tema cultural (en alguna medida cuestionable), resulta que se percibe generalmente a que las mujeres conllevan un mayor riesgo de ser menos productivas para un mismo trabajo; y (2) que por otra parte, hay una oferta asimétrica de hombres y mujeres para distintos trabajos, producto posiblemente también de ambas caras de la moneda (la biológica y la cultural); podemos entonces analizar las consecuencias indeseables de algunas políticas típicas que en principio suenan muy bonitas en campaña electoral. Por ejemplo, si por ley decretamos que para un mismo cargo hombres y mujeres deben recibir la misma compensación, incentivamos al empleador (que percibe como potencialmente menos productivas a las mujeres para un cargo particular) a que contrate a menos mujeres porque cree que estaría pagando lo mismo por una menor productividad, dejando así a muchas mujeres sin empleo. Si en cambio obligamos entonces a que exista un mismo número de mujeres que de hombres en una empresa (¿en el mismo cargo? ¿Y si no se necesitan números pares de personas en cada cargo? ¿Se obligaría a tener a múltiplos de dos personas por cargo?… la regulación podría ponerse tan absurda como se quiera…), al verse forzado el empleador a pagar por lo que percibe será menos productividad, entonces será menos rentable su negocio y posiblemente tendería a bajar los salarios que ofrece a todos por igual para poder mantener una ganancia. Además si el empleador percibe más o menos productivos a hombres o mujeres para un cierto cargo, y se le obliga a contratar a un mismo número de cada uno de ellos, siempre percibirá que en algunos casos paga más por algo que no obtiene, o podría llegar incluso a no poder aumentar su nómina por ser incapaz de encontrar a suficientes hombres o mujeres para un cargo, cuyo ejercicio goza de desigual preferencia según el género. Y al no poder pagar más a mujeres por trabajos en los que hay poca oferta femenina (o viceversa), no podrá corregir esta distorsión (es decir, incentivar a más mujeres u hombres a dedicarse a algo que no suele gustarles por ofrecerle mayor remuneración). Si en cambio decidimos por ley dar beneficios laborales a las mujeres para que puedan dedicarse a tener hijos y/o a criarlos, estaríamos oficialmente aumentando por decreto su costo laboral a la vez que reduciendo su productividad, el resultado sería, como en el primer caso, mayor desempleo femenino. Si en cambio igualamos por ley los beneficios laborales a hombres y mujeres que tengan hijos, es decir llegando a dar incluso baja pre y post parto, de lactancia, etc. a los hombres que serán padres, entonces el incentivo sería que se contraten menos personas casadas, en edad o con la intención de formar una familia. Este análisis puede hacerse tan extenso y exhaustivo como se quiera, no sólo a nivel laboral sino también en cuanto a la educación. Toda legislación tiene beneficios inmediatos aparentes, pero costos ocultos a largo plazo que no se analizan ni mucho menos se publicitan en una campaña electoral. Vale acotar que en muchos casos la oposición tampoco se empeñaría en resaltar los costos de estas políticas sostenidas por sus adversarios, ya que perderían votos por ser impopular o políticamente incorrecto el hacer notar estos efectos nocivos. Tenderían entonces a emularlas para intentar arrebatarle votos a la competencia de ese pedazo del electorado tan sensible como poco reflexivo sobre estos temas.

     ¿Cuál es la solución? Primero ser sensatos en cuanto a si el problema es o no un verdadero problema y si lo fuera, determinar con precisión en qué aspectos y en qué medida. ¿Vamos a darnos por satisfechos sólo cuando haya un equilibrio perfecto en cada rol, en cada empresa, a cada nivel? ¿Creemos honestamente que esto es posible? ¿O en algún punto estaremos dispuestos a decir: “hmmm cómo que sí somos distintos y esa diferencia puede expresarse en infinidad de formas”? En este paso deberíamos poder identificar actitudes genuinamente machistas, que no cumplen una función social, y corregirlas mediante presión social (educación y rechazo de actitudes nocivas), pero no con una “policía de la igualdad”.

     En segundo lugar deberíamos deshacernos de toda regulación discriminatoria, positiva o negativa, que incentive o desincentive contratar de acuerdo al género. Y dejar que la libertad y la competencia hagan el resto. Ningún empleador podrá competir manteniendo posturas absurdas de discriminación extraeconómicas de cualquier tipo. Eventualmente cambiará de opinión o será sustituido por otros que no lo hagan (y que por no hacerlo serán más exitosos) y la sociedad aprenderá y enseñará qué tipo de discriminaciones son un sinsentido. Además la presión de los consumidores podría tener también un impacto importante. En el camino descubriremos si en algunos roles los hombres y mujeres somos efectivamente distintos y cuál debe ser la remuneración (pecuniaria en el ámbito laboral o de reconocimiento social en el ámbito familiar) para cada caso. Y tendremos que vivir con ello, como yo mismo vivo con el hecho de que es improbable que me convierta en modelo, cantante de rock o babysitter o que en alguna de estas profesiones pueda hacerme rico. Es decir, descubrir si la preferencia de estudiar ciertas carreras o de contratar para cierto cargo a un género en específico, no era una discriminación en su connotación negativa, sino el aprovechamiento de ventajas competitivas asociadas al género, a la vez que desechar aquellas distinciones que sí probaron ser discriminaciones en un sentido negativo e insostenible por no asegurar el éxito del modelo social que espontáneamente se generalice.

     Tercero, vamos a analizar con sensatez los valores con los que educamos a nuestros hijos. Los valores tradicionales tienen un gigantesco cúmulo de conocimiento social que seguramente incluye, sin darnos cuenta, las soluciones a buena parte de estas cuestiones y por esto tienen un incalculable valor (superior a cualquier alternativa racionalista diseñada explícitamente por algún grupo de sabios, o en su defecto por políticos con intereses), pero eso no significa que no puedan actualizarse a través de la experimentación con nuevos modelos en novedosas circunstancias sociales. Pero esto debe hacerse espontáneamente dentro de la sociedad, no forzado desde el gobierno. Porque entonces no sería experimentación social tendiente a seleccionar naturalmente las mejores tradiciones en cada momento sobre aquellas que probaron ser menos apropiadas. Sino que sería una imposición artificial desde el poder político que no nos permitiría descubrir cuáles son las mejores tradiciones porque se nos prohíbe desde un primer momento experimentar con ellas. Hacer ingeniería social (imponer a la fuerza un diseño racional de sociedad) pasa por creer que se tiene tanta razón en cuanto a lo que se quiere imponer, que es legítimo usar la violencia para hacerlo. La experimentación social en libertad en cambio pasa por abandonar esta arrogancia, aceptar que ningún planificador tiene todas las respuestas ni los grados de certeza como para imponerlas con violencia desde el gobierno, y dejar a la gente que experimentemos, nos equivoquemos y que demos por nuestra propia cuenta con las respuestas correctas en el largo plazo. En el camino se cometerán injusticias, por supuesto, pero por el mero hecho de no cometerlas sistemáticamente a través de la fuerza desde el poder político con regulaciones que sólo tienen un buen resultado electoral o que son producto de la arrogancia intelectual de un planificador, siempre serán menos costosas en términos humanos y habrá muchas más alternativas para evadirlas y corregirlas.

Luis Luque

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