Hawaiira: Un viaje a la playa

Vamos, vamos a la playa, vamos a gozar.

 

La playa ocupa un sitio común en el discurso de muchos caraqueños. Una querencia frecuente quizás le vendría mejor, un anhelo que revela con claridad, como muchos caraqueños vivimos el Caribe a modo frustrado: insertos en el valle de la ciudad soñamos y evocamos constantemente el regreso a la mar. Las presentes líneas pretenden invitar a una breve reflexión acerca de las implicaciones en la realización de tal deseo. Pensar la playa es pensar también la ciudad, por lo cual esta breve invitación es asimismo, en un sentido más amplio, a pensar la mentalidad citadina y su traslado a un escenario muy particular.

 

Una primera forma de mirar la playa involucra una postura regresiva. El deseo no sólo implica el regreso material a la mar, involucra también un regreso a una forma humana primitiva, una manera de accionar en el mundo que implica maneras de presentarse y de interacción con el otro en un marco de recursos muy peculiares. Mientras que la ciudad se erige como el espacio fundamental para la constitución del ser alguien a través de la realización de la profesión, la playa manifiesta indudablemente el espacio para estar. La reducción de los recursos mediante los cuales se constituye el ser alguien en la ciudad es una de las propiedades fundamentales de la playa; la profesión y la electricidad, los dos grandes constructores de la mentalidad citadina actual, pierden su hegemonía frente a la mar, por lo cual el hacer en la playa se desplaza al control de acciones primitivas tales como pescar, cocinar al aire libre o, en el caso de nuestra costa, bailar los tambores.

 

El paisaje playero además nos regresa a formas de presentación del sí mismo mínimas. La ropa, accesorio dominante dentro de la cultura citadina, se ve en la playa reducida drásticamente, lo cual incide directamente en la construcción del otro desde esta imagen particular. En la playa la transmisión de información desde la imagen corporal es indudablemente muchísimo más directa como auténtica. La constitución de la personalidad que opera como prejuicio en la ciudad ve reducida sus categorías constituyentes, impidiendo de tal manera ajustar la imagen presente a un posible hacer trascendental.

 

En la playa, análogo a la ciudad, la observación es dominante. No obstante, lo observado y como se observa revela ciertas cualidades propias del escenario, cualidades en las que vale la pena detenerse ya que expresan, desde una postura un poco más general, lo particular y lo llamativo de la playa. En primera instancia, se puede comprender la playa como una forma de observación del infinito. Todas las sillas y toldos apuntan a la gran pantalla de los dos azules, la conjunción cielo y mar. La playa es, en este sentido, un teatro o cine al cual el caraqueño baja a observar en la infinitud, su propia finitud. La observación de la gran pantalla siempre deja la sensación de cómo la ciudad nos cierra mientras que la playa en su infinitud nos abre.

 

Un segundo punto se puede encontrar en como la playa es de alguna forma el prototipo de la observación voyeur característica de la web 2.0 y la vida en las redes sociales actuales. La playa es, por su propia naturaleza calurosa, el edén de los cuerpos húmedos. Quien observa lo hace detrás de los lentes oscuros, protegiéndose del sol y protegiéndose también del escarnio público. Quién se muestra además, no se muestra sin más, detrás de tal exhibición ocurre una preparación que involucra además de cuestiones materiales, necesarios marcos mentales peculiares. Es común la queja de algunos hombres de cómo una mujer puede mostrarse en la playa con tal facilidad y en la ciudad la misma presentación es altamente problemática. La diferencia no radica en la cantidad específica de ropa, refiere al cuerpo preparado para ser visto. La comodidad y aceptación del cuerpo desnudo es indudablemente un problema de vieja data. En el caso de la ciudad, donde la desnudez ocurre como suerte de acto íntimo, puede resolverse apagando la luz, acción imposible en la playa donde el sol es el auténtico chaperón de toda la diversión.

 

Por último, es preciso visitar una paradoja que se suscita en la situación playa: Como fue mencionado anteriormente el caraqueño vive el Caribe a modo frustrado, anhela y consume su deseo primitivo en el regreso a la mar, le toca, por su propio estar en la América, una suerte de desdoblamiento forzoso que se percibe con total claridad en como muchos llevan la ciudad a la playa. Llevar la ciudad aquí alude a, frente a la imposibilidad de constituirse a sí mismo en la ausencia de los recursos propios del escenario, vivir  la playa como una discoteca al aire libre, una apropiación del espacio a través del sonido móvil. La paradoja ocurre entre la necesidad y angustia por determinar el sí mismo en todos los escenarios posibles y en el querer dejarse estar: Se baja a la playa a descansar, pero se sube más cansado de lo que se bajó, la angustia por la determinación para algunos no logra lavarse en la infinitud del agua salada.

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Erly J. Ruiz

Que no me lleve la locura ni la razón, que me lleve una morena.

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