El ataque de los clones

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El ataque de los clones

Muchos cirujanos me han comentado lo difícil que les resulta convencer a una mujer de que algún procedimiento no las va a favorecer. Tragedia análoga enfrentan los peluqueros, los maquilladores y todo aquel que trabaje en un medio donde la mujer pueda ser transformada.

Dicen los expertos que las mujeres van a sus consultorios –o peluquerías- y luego de mostrar una foto de alguna celebridad, lanzan la frase tajante: Que quede así.

Olvidando si la anatomía personal facilita o no la armonía con el requerimiento de la dama, resulta complejo negarse a satisfacer la solicitud sin correr el riesgo de perder a la cliente. Y todos sabemos que siempre existirán los inescrupulosos a quienes poco o nada importa dejar a una mujer con la cara de Michael Jackson.

Personalmente he visto grupos de mujeres que parecen clones. El peinado es el mismo, quizá lo que varía es el tipo de cabello y eso hace que se vean algunas diferencias sutiles. La nariz es bastante parecida, los senos de tamaño similar, vestidas como si estuvieran posando para un catálogo. ¡Clones!

El problema radica en que constantemente se reciben mensajes visuales de lo que se considera bueno, bonito, exitoso, deseable, y muchas mujeres creen que si no se parecen a esos modelos –mejor dicho, a esas modelos- las probabilidades de éxito se reducirán significativamente.

Pero no sólo se clonan las características externas. El comportamiento, la actitud, las acciones de unas son inmediatamente copiadas por otras más.

Las personalidades públicas, las de la farándula, actrices, cantantes, modelos, etc., tienen ciertas libertades (si es que ello puede considerarse libertad) que las mujeres comunes, las civiles, las que no cuentan con un manager que las asesore a cada paso, deberían abstenerse de ejercer.

No creo ser la única persona sobre el planeta a quien le cause repulsión ver la sobreexposición de desnudos amateurs a los que se está acostumbrando el usuario común de las redes sociales.

(…) No, lo que buscan no es sexo, es sólo llamar la atención, sentirse importantes. Se toman fotos desnudas y las suben a facebook para decir que tienen un montón de seguidores. ¿Y quién no va a seguir a una culicagada bien buena, medio desnuda?
Hombre. Colombiano. Bailarín. 27 años

Farandiperras

Cada día es más frecuente –y más vulgar- el contenido pseudopornográfico proveniente de mujeres comunes que se toman fotos a sí mismas, con escasa o ausente ropa, en posiciones insinuantes o abiertamente sexuales.

Algunas tratan de hacer algo que ellas mismas consideran artístico. Aunque de arte no tiene nada, es válido reconocerles y aplaudirles que no muestren las trompas de Falopio en las fotos.

Cadera quebrada hacia un lado, mano en la cintura, cabeza inclinada hacia el mismo lado de la cadera, sonrisa de billete de quince; la otra mano no se ve, porque sostiene el teléfono o la cámara que está capturando la imagen. Click. Facebook, Instagram, Twitter…

La ropa varía dramáticamente. Puede ser un jeans de corte muy bajo o una falda muy corta, ombligo al aire, senos semidescubiertos; puede ser sólo con la ropa íntima, ropa de gimnasio, cualquier pedazo de tela que permita destacar su cuerpo como principal atributo.

Hay otras que capturan una imagen de su rostro en primer plano, apareciendo, así como muy casual, los senos. También está la variante acostada: primer plano del rostro, segundo plano los glúteos. Las hay explícitas, mostrándose claramente desnudas, con un primer plano de los senos, las nalgas o la vagina.

Sea cualquiera de las variaciones de autofotos, todas tienen algo en común, se muestran a sí mismas como un pedazo de carne exhibido en un ambiente de depredadores. Se cosifican, se anulan como personas para otorgar una imagen netamente sexual.

Personalmente me sorprende que, siendo el reggaeton un estilo “musical” caracterizado por sus letras de alto contenido sexual y hasta misógino, existan “canciones” con mensajes de rechazo a estas prácticas de sobreexposición sexual, especialmente de adolescentes, casi niñas.

Incluso, en América Latina se ha popularizado un término que resume el comportamiento de las mujeres que se exhiben de más: Farandiperras. El rango de edades es tan amplio que bien podría decirse que el fenómeno se presenta entre los once y cuarenta y tantos años, o hasta que la mujer crea estar lo suficientemente buena para exhibir sus nalgas, sus senos o su abdomen al público de las redes sociales.

No obstante, parece que la mayor concentración se da entre los trece y veintitrés años, es decir, en las edades de estudio de bachillerato y la universidad, donde las chicas suelen ser más susceptibles e influenciables por el círculo social. Aunado a ello, no se puede dejar de mencionar que la falta de supervisión de los padres o del adulto responsable a cargo de las menores, facilita la promoción de este comportamiento. Y si a ello le sumamos la carencia de autoridad que los padres tienen sobre los hijos en nuestra muy moderna y avanzada sociedad… sí, es absolutamente comprensible que estos fenómenos broten a la luz pública.

Pero para mí lo interesante es el por qué, el motivo subyacente, el leitmotiv… ¿Buscan sexo? ¿Es una estrategia torpe para conseguir novio? ¿Será que aspiran a ser “descubiertas” por algún agente de la farándula que las lance a la fama? ¿Querrán ser la Next Top Model de calendario de taller mecánico?

Parece que nada de eso explica el fenómeno. Aparentemente, las mujeres que exhiben sus fotos cargadas de sexualidad en las redes sociales lo único que buscan es llamar la atención. Acumular la mayor cantidad posible de “me gusta” en cada foto, acumular comentarios de hombres que regularmente son lascivos y hasta vulgares… eso es todo. La mayoría no ejercen el sexo como profesión, ni son modelos, seguramente ni siquiera aspiran serlo; son mujeres comunes y corrientes que exponen fotos de sus cuerpos en las redes, al igual que otros lo hacen con el plato de comida que están a punto de ingerir.

Sí papi/no me jodas. Conductas extremas de la mujer. 2015
Adrioana Pedroza Ardila.

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