La clase de dibujo.

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Otra vez comienza la rutina. Miro la hora en mi reloj de mesa y marcan las 6 menos 5 minutos, así que rápidamente tomo mi morral lleno de pinceles y con varias machas de pintura adornando la tela. Al salir a la cocina mi mamá ya estaba preparando el desayuno ya que mi obstinado padre no puede salir de su cuarto si no está el desayuno servido para él. Tomo un pan que ella tenía preparado para mí antes de salir. No le pido que lo haga, pero ella prefiere que coma en casa para ahorrar un poco de dinero, ya que la situación de Venezuela no está para que gaste 250bs diarios en un mísero desayuno de dos pasteles fríos y un nestea aguado.

Me despido y tomo mi camino hasta la avenida para tomar el bus que me dejaría en la universidad. Como es de esperarse, a esa hora de la mañana todos salen y el bus venía desbordando de gente. En otras circunstancias hubiera esperado el siguiente, pero este pasaría aproximadamente media hora después, si tenía suerte, y no tenía tiempo de esperar, además de que el calor de Maracaibo me desintegraría si seguía esperando una media hora más. Me tomaba 45 minutos llegar a la universidad desde mi casa y si mis cálculos no me fallan, llegaría 5 minutos tarde tomando este bus. No quedaba de otra, haría de bandera hoy otra vez. Odiaba hacerlo ya que una vez casi me caigo mientras el bus iba andando y si no es por un señor que me tomó de inmediato del brazo, descolocandolo un poco, aunque eso es irrelevante por lo que casi me pasa, pude haber sido otra mierda más, estrellada en la carretera y siendo pisada por los carros que pasaban diariamente por allí.

En ese instante amé a ese señor que me impulsó dentro del vehículo y como pudo me adentró en ese mar de gente para mantenerme segura. Lo que no esperaba es que gracias a su gesto de bondad se aprovecharía de la pobre victima y recostaría todo su paquete en mis prominentes nalgas, con un movimiento continuo. Traté de alejarme pero era imposible, no podía moverme hacia adelante, hacia atrás obviamente no lo haría, y hacia los lados tampoco se me tenía permitido moverme. Me resigné, ya que en estas situaciones creo que no vale quejarse, es esto o que me roben, y creo que no se cual puede ser peor. En mi mente solo pensaba que lo que sea valía la pena, valía todo esto, ir a la universidad a rodearme de mierdas como los que veo a diario, valía la pena solo por una cosa, y por eso iba. A los 2 minutos escuché como en voz baja el hombre emitía un sonido extraño que podía interpretar como que acababa de tener un orgasmo, y aunque fue desagradable al comienzo, me relajé al saber que el movimiento había acabado.

Al fin pude llegar a clases y me senté en una de las últimas mesas del salón, que eran las únicas disponibles. Mesas descompuestas, con tornillos mal colocados, con un vaivén que te distraía de la clase hasta que te encontrabas a ti misma mesiendote y haciendo un ruido molesto que solo a ti no te perturbaba, pero a los demás sí. Estudiar en una universidad pública en Venezuela era eso, encontrar todo descompuesto, desde mesas y pupitres, hasta baños hechos mierda casi para explotar. Mientras la profesora al frente del salón hablaba y caminaba de lado a lado, yo sacaba un marcador fino y dibujaba caricaturas en la mesa rallada gracias a cientos de cutters que habían pasado por aquí antes que yo. Rogaba por que terminara la clase y empezara mi cátedra favorita. Dibujo artístico.

Corrí al ala contraria del edificio para llegar de primera al salón y encontrarme con un viejo casi dormido en el escritorio. Mi cara de cansancio y un poquito de emoción se borró de inmediato al ver al profesor de historia en vez del profesor de dibujo. Pensé que tal vez se había quedado dormido y se había olvidado de salir del salón luego de su clase, pero luego este abrió los ojos y le dio la bienvenida al grupo que entraba poco a poco, avisando que el profesor Martínez no estaría ese día presente por problemas personales, y sí, yo sabía que clase de problemas eran esos. Me senté en la última mesa del salón nuevamente, ya que no me interesaba lo que este viejo fuera a decir, total ya la materia la tengo pasada, igual que las demás, aunque parezca que no presto atención.

Salí corriendo nuevamente del salón, solo para largarme de ese lugar, que lo único que hacía era agregar un poco más de miseria a mi desgraciada vida. Caminé detrás de los bloques más solitarios de la facultad, fijándome de que nadie pudiera verme, y entré por una vieja puerta de madera a unas oficinas que al parecer ya nadie usaba por años, o por lo menos nadie ha venido a usarlas las veces que veníamos a nuestro encuentro. Entré al cubículo de siempre y cerré la puerta, como si alguien pudiera llegar a molestarme. Me senté en una silla de madera que se encontraba recostada en la pared y recogí mis piernas poniendo las rodillas a la altura de mi cara, cerrando mis ojos para fantasear un poco.

La primera vez fue aquí, como todas las que le siguieron. Yo corría lejos de todos, ya que en mi primer año fui la única que presentó su maqueta sola y aún así logré tener la mejor nota del salón. Fue con él, con el profesor Martínez, quien alagó mi trabajo muy por encima del de los demás, y aunque no era lo que quería, creé esa ola de miradas de desprecio en los demás hacia mí. Al salir recibí una llamada de casa, y un papá muy histérico se escuchaba al otro lado de la linea. Gritaba “elige ya, con quien te quedas, me voy de esta mierda y tienes que elegir a donde vas, pero hazlo ya” y en el fondo mi mamá lloraba y le pedía que dejara a “la niña” tranquila, que no causara más problemas. Mis papás nunca tuvieron esa hermosa relación de parejas que yo veía en otros papás, pero no pensé que se separarían.

Lloré una hora en el baño, y como cereza del hermoso pastel, al salir una chica del salón que obviamente tenía mierda en la cabeza metió su pie por donde caminaba, y la maqueta quedó estampada en el piso, pieza por pieza, todas debajo de mi cuerpo, que volvió trizas todo. Yo miré a mi alrededor antes de levantarme y vi la mirada de todos y como trataban de contener la risa, aunque algunos no hicieron el esfuerzo de contenerla, solo explotaron en carcajadas. A lo lejos visualicé al profesor que observaba todo con desprecio hacia la chica que me hizo tropezar. Me levanté y tratando de contener las nuevas lágrimas que aparecieron en mis ojos salí corriendo hasta donde no encontré a nadie que pudiera observarme.

Llegué hasta unas oficinas abandonadas y me encerré allí a llorar. A menos de dos minutos la puerta se abrió rechinando estruendosamente y vi a mi profesor observarme en una esquina tirada en el piso llorando como una niña tonta, y era de esperarse, apenas tenía 16 años, unos imbéciles no maduraron en el colegio y trajeron su mierda a la universidad y me la echaron encima, mis padres estaban separándose, y sé que no estaban orgullosos de su hija, la “artista”, y cualquiera que se quedara conmigo se quedaría con la carga; se que ninguno querría elegirme, simplemente lo se. Me sequé las lágrimas y le di la espalda al profesor lo más que pude.

-Vayase
-Tranquila, lo vi todo, todos ellos son unos imbéciles
-Y yo formo parte de esos imbéciles, solo que no de la misma manera
-Para nada, tú no entras en esa categoría
-Bueno, ya trató de animarme, vio que no dio resultado, ya puede irse
-No me iré si tú no te vas conmigo

Esa mañana terminé contándole todos mis problemas a un profesor de aproximadamente 32 años, atractivo, debo decir, que en ningún momento dio señales de aburrimiento, y yo, llorando en su regazo como una niña tonta. Y al levantar la vista para decirle que estaba mejor, que ya podíamos salir de allí, su boca invadió la mía de una manera casi furiosa, dejándome sin aliento al instante. Me asusté, pero no me negué. No lo esperaba, jamás lo hubiera visto venir, pero no podía alejarme, no podía rechazarlo, no porque me viera en la obligación de corresponderle, sino porque algo dentro de mí no me dejaba. Era una niña tonta, toda mi vida había sido una retraída, y debía admitir que era mi primer beso, así que no sabía que hacer. Él lo hacía todo, jalaba mis labios con los suyos, metía su lengua en mi boca y jugueteaba con la mía, y yo solo estaba allí, tratando de igualar sus movimientos.

Como por cinco minutos no nos separamos, hasta que él lo decidió y tomé todo el aliento que me hacía falta. Él se rió de mi falta de aire y un poco torpemente se disculpó. Se sentó en una silla vieja y empezó a decir cosas que ni una tonta como yo creería; que nunca había pasado algo como eso, que él no suele abordar a sus alumnas de esa manera, y un sin fin de cosas más. No decía nada, pero creo que mi expresión de incredulidad lo decía todo. Él se quedó en silencio como pensando un momento y luego me atrajo hasta él otra vez y sus labios cubrieron los míos nuevamente. Esta vez sus manos estaban en mi cintura y subieron por mi espalda por debajo de la camiseta que llevaba ese día, sobando mi piel desnuda, que se erizaba a su toque. Me sentó en sus piernas y pude sentir como algo crecía dentro de sus pantalones.

Su respiración era cada vez más acelerada y sus labios más salvajes contra los míos. Me levantó de sus piernas y me sentó en el empolvado escritorio detrás de mí, recostando mi espalda en este, mientras que mis piernas un poco abiertas colgaban sobre el piso. Él, como todo un caballero, claro que sí, me preguntó si quería hacerlo, y mi mirada simplemente bajó de sus ojos a su pantalón, que parecía que en cualquier momento explotaría, de tanta presión que se ejercía desde dentro. No dije nada y el siguió con lo que hacía. Quien diría que mi primer beso y mi primera vez serían el mismo día, con un profesor mucho mayor que yo, un desconocido para mí, que me devolvió la emoción por algo que aún ni sabía que era.

Solo se que aquí estaba, sentada sola, esperando a un hombre que no llegaría, que estaría tratando de contentar a su esposa por algo que quien sabe habrá o no habrá hecho, y yo tenía que vivir con eso, mendigando un amor que no era mío, para luego volver a mi realidad, que no era más que unos padres que no se querían, pero no se dejaban, una carrera que amaba, pero no me llenaba por completo, y un hombre que tenía dueña, y no era yo.

 

Wilmary Betancourt.

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