De como el siglo XIX duró 136 años, un ensayo de Orlando Araujo

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Orlando Araujo, economista y periodista barinés.

La economía venezolana del siglo XIX es como la del siglo XVIII, una economía agrícola de exportación, con la diferencia de que al cacao se añade el café, y quien controla el comercio ya no es la corona española sino la propia burguesía exportadora, dueña del poder y en libertad de negociar directamente con cualquier país del mundo. Como en toda América Latina el comercio fundamental es con Europa. Capitales ingleses y alemanes establecen casas de importación y exportación que monopolizan el financiamiento de cosechas y la compra de productos agrícolas de exportación y traen a su vez, los artículos manufacturados de Europa.

La literatura latinoamericana del siglo XIX fue una literatura de importación, propia de un continente cuya vida material y cuyas comunicaciones gravitaban alrededor de las grandes capitales europeas compradoras del café, del cacao y de los productos minerales de este lado del océano. Los hijos del latifundio van a disfrutar las rentas de sus haciendas en el ausentismo de París, Roma, Londres o Viena. He hablado alguna vez de que así como hay un “efecto demostración” en la economía, y el cual consiste en importar a un país subdesarrollado el confort que corresponde a los países más avanzados (importación que solo satisface a las minorías que concentran la riqueza), asimismo hay un “efecto demostración” en literatura que consiste en trasladar a Buenos Aires, Caracas o Lima, las formas literarias de latitudes de mayor cultura y pegarlas como un barniz sobre nuestra fisonomía cultural.

América Latina, desligada de España por la emancipación política, pero ligada a otros países europeos por relaciones económicas de dependencia, va a buscar en esos nuevos patrones su centro de gravitación intelectual. Como la actividad artística europea tiene su centro en París, esta ciudad se constituye en el polo de atracción de los intelectuales latinoamericanos.

Orlando Araujo, economista y periodista barinés.
Orlando Araujo, economista y periodista barinés.

El romanticismo latinoamericano fue la expresión literaria del latifundismo en pleno auge económico y político: se dedicaba al endiosamiento de los guerreros que conquistaron el poder para los dueños de las haciendas y de hatos; y a la exaltación de la vida rural. Traía a las tierras brutales de nuestra América los modelos idílicos de Saint-Pierre, de Chateaubriand y de Lamartine. En el mundo de Efraín y de María no hay explotación ni hambre en el campo, nadie incita a la rebelión de los siervos de la gleba y el hombre vive en paraísos donde sólo el amor pude fallarle.

Pero el latifundio como sistema de explotación agrícola caracterizado por el uso extensivo de la tierra, por el alto grado de concentración y los altos márgenes de ociosidad de la misma, va por el atraso tecnológico y por el ausentismo rentista, que va a entrar en crisis hacia finales del siglo, y va a conducir al estancamiento y regresión de las economías y a la necesidad de cambios de estructura. Una burguesíua comercial y financiera, apoyada en el capital inversionista proveniente de los grandes centros industriales, aspira y va conquistando el poder económico y político. Es una etapa de desarrollo urbanístico importante y el Positivismo será su ideología.

El Modernismo literario latinoamericano refleja el conflicto entre la burguesía intermediaria que asciende y la burguesía agrícola (o aristocracia rural) que decae. Es un conflicto entre ciudad y campo, entre nobleza rural y “materialismo” comercial, en cuyo fondo los escritores vinculados al mundo decadente cantan una elegía muy sonora al paraíso perdido.

Como contrapartida, el realismo literario reformista, sustentado por escritores vinculados al mundo emergente del progreso técnico y de la burguesía intermediaria, va a resolver el conflicto de la ciudad y tomando del positivismo las ideas sobre educación popular, tecnificación, desarrollo industrial y democracia representativa.

En Venezuela, Manuel Díaz Rodríguez, primero, y Teresa de la Parra, después, son dos elegíacos cantores del paraíso perdido: ambos describen y anudan sus mundos imaginarios alrededor de la hacienda hipotecada o de la herencia perdida, en manos de la usura o de administradores bribones; ambos lloran una nobleza en ruinas e imprecan una bribonería trepadora. Sólo que uno lo hace en 1902 (ídolos rotos) y la otra lo hace en 1924 (Ifigenia). Y, en el otro lado, Romero García, primero y Rómulo Gallegos, después, son dos narradores del realismo reformista que predican los cambios técnicos para pasar de la agricultura latifundista en crisis a una agricultura capitalista productiva. Solo que uno lo hace en 1890 (Peonía) y el otro lo hace en 1929 (Doña Bárbara).

¿Quiere esto decir que las escrituras de Rómulo Gallegos y de Teresa de la Parra son anacrónicas porque protagonizan, treinta años después, un conflicto característico de fines de siglo, ya presente en Romero García y Díaz Rodríguez? Sucede que el tema en Teresa de la Parra es casi bibliográfico, y en Rómulo Gallegos es vívidamente contemporáneo. Sucede que en 1930, y en general antes de la Segunda Guerra Mundial, la crisis latifundista seguía planteada entre nosotros prácticamente en los mismos términos en que lo estaba a fines del siglo XIX. Y esto, que no tiene justificación histórica ni redención política, tiene sin embargo una explicación económica. Como ya está dicho, el sistema fundamental de la economía venezolana que sobrevivió a la Guerra de Independencia y a fines del siglo XIX, cuyos síntomas se van acentuando a comienzos del siglo XX. Esa crisis tiene una expresión institucional en la desorganización política y en el caos que caracteriza dicha época. Cipriano Castro es el símbolo: al frente de sus hordas andinas, Castro es el último de los caudillos típicos del feudalismo venezolano. Castro no representa a ninguna burguesía, sus hombres son campesinos y lo siguen movidos por la misma aspiración informe que impulsó siempre al hombre del campo a enrolarse en la aventura caudillista. En él se resumen los vicios y virtudes de un tipo humano cuyo último representante es él. En este sentido, el siglo XIX concluyó a tiempo.

Juan Vicente Gómez, en cambio, va a subir y a dominar, no por lo que tiene en común con su compadre Cipriano Castro; sino, precisamente, por lo que no tiene, por lo que lo diferencia de aquel tipo. Gómez, que era agricultor y comerciante antes de hacerse soldado, es el gran intuitivo de aquella transición planteada entre el latifundismo y la burguesía comercial. Va a administrar la cosa pública con mentalidad de contador y si durante su largo periodo se acaba el caudillismo, no es, como lo asegura cierto ingenuo organicismo, porque la nación estuviera cansada y deseara la paz, sino porque dentro de la estructura económica del país un sistema en crisis forzaba soluciones diferentes. Para la burguesía interemdiaria o comercial tales soluciones no eran otra cosa que las del desarrollo capitalista en la ciudad y en el campo, a fin de aumentar una productividad estancada sin alternar el sistema, sino más bien consolidándolo. El latifundismo tendría que avanzar hacia la explotación agrícola organizada y tecnificada, así como la artesanía tendría que avanzar hacia una dimensión manufacturera. El progresismo o reformismo consistía en el predicamento de la educación técnica, el uso de la maquinaria, la modernización de la agricultura. Para ello se requería estabilidad social y política que garantizara, con igual rigor, tanto la paz de los caudillos como el sometimiento de las masas que ya arrastraban cien años de búsqueda inútil. Ese gobierno era el de Gómez, cuya concepción del estado policial se expresaba en el lema orden, paz y trabajo, condiciones en todo tiempo ideales para quienes monopolizan las riquezas.

¿Por qué, sin embargo, no se realizó el progresismo de las élites económicas hecho doctrina por las élites intelectuales que con tanta euforia celebraron el golpe de Gómez contra su compadre? ¿Por qué a finales de la década del 30 constituye, en Venezuela, una verdadera audacia hablar del ferrocarril de los llanos y de modernizar la ganadería y la agricultura en general? ¿Por qué estos aspectos, que corresponden a fases iniciales y moderadas del capitalismo y que se ofrecían a finales del XIX y comienzos del XX como una alternativa evolucionista – Positivista- para resolver la crisis de productividad del sistema, eran, sin embargo, considerados como subversivos y tan peligrosos que hicieron de Doña Bárbara, en 1929 una novela heroica?

La respuesta nos la da el acontecimiento clave del siglo XX venezolano: la agricultura que constituía la base material del sistema en crisis, ya se mostraba incapaz como factor endógeno de suministrar el ingreso necesario para financiar su propia transformación, lo cual explica la escasa movilidad del crecimiento en las dos primeras décadas. Por esta vía el país caminaba hacia la agudización de aquella crisis y hacia su estallido violento, cuando el petróleo vino a resolver el problema por arriba. Nadie, ni Gómez, contaba con el petróleo que vino, como los guisantes mágicos del cuento, a resolver por yuxtaposición, los problemas de productividad y de ingreso planteados por la agricultura precapitalista.

La clave para comprender el proceso durante la primera mitad del siglo XX está en ver con claridad y no olvidar que aquellos problemas no se resolvieron mediante la sustitución de una economía atrasada por otra avanzada, ni mediante el aporte de factores dinámicos internos, sino gracias a una adherencia capitalista externa que se superponía sobre las desajustadas aristas de una economía latifundista, artesanal y mercantil que ahora pasaba a un plano secundario, desde el punto de vista del producto, pero que se arrastraba cojeando y coexistiendo con la recién llegada. Aquella adherencia venía de afuera, procedía de un mundo más avanzado y poderoso. Los ingenieros y los gerentes petroleros traían consigo la fascinación de los buscadores de oro y muy pronto darían al país una fisonomía y hasta una psicología de campamento minero.

Para Gómez, el petróleo era un fruto de la tierra y su mentalidad telúrica lo llevó a concebir la administración de los hidrocarburos con un criterio latifundista: otorgaba a sus amigos, familiares y partidarios vastísimas concesiones de tierras y éstos las traspasaban luego a las compañías  extranjeras que exploraban y explotaban las zonas petroleras.

El petróleo comienza por resolver el problema del gobierno, cuyo presupuesto fiscal aumenta sustancialmente; y resuelve, asimismo, el problema de la burguesía intermediaria, que ahora es, casi con exclusividad, burguesía importadora de manufacturas para atender la demanda vertiginosa creada por el nuevo ingreso petrolero, esta vez concentrado en el gobierno, en los campamentos y en dos o tres grandes centros urbanos. El capitalismo interno se concentra en el comercio y en la banca, a la sombra protectora del status petrolero. Los latifundistas venden al gobierno sus fincas mediante el recurso de hipotecas sobrevaloradas (para eso Gómez les crea el Banco Agrícola) o se las venden a los nuevos ricos, porque adquirir tierras distingue. Aquella burguesía importadora va a obstaculizar la industrialización, pues para qué producir adentro lo que se puede comprar más barato y de mejor calidad en Europa y Estados Unidos, el nuevo patrón. Al gobierno tampoco interesan, al menos no le interesan vitalmente, la tecnificación agrícola ni la industrialización, porque es un gobierno rentista que gasta su renta en obras públicas y en mantener el nuevo orden, el orden petrolero.

Pero si la burguesía importadora y el gobierno que la representa han resuelto su problema a la sombra del petróleo y a costa de mantener en la agricultura y en la industria el espectro latifundista y artesanal del siglo XIXI, no lo ha resuelto en cambio el pueblo venezolano, cuya vasta mayoría vive bajo el límite de subsistencia a que la condena la improductividad agrícola en el campo, o las minúsculas producciones caseras en los pequeños centros urbanos. Sus símbolos son el conuco y la pulpería.

Habrá que esperar hasta la Segunda Guerra Mundial para que los barcos de guerra y los submarinos estremezcan las aguas estancadas de este pantano paradisíaco, donde una minoría privilegiada se empeñaba en detener el tiempo. Las dificultades de importación en época de guerra golpearona  aquel comercio de campamento minero y de tienda árabe que no diferenciaba el alimento envasado del collar barato, de la joya cara, del licor fino y de la seda japonesa. Ahora había que producir internamente a como diera lugar, había que producir alimentos y materias primas y manufacturas vitales. Había que industrializar. Es decir, había que salir del siglo XIX y caminar por el XX.

Con todo, el siglo XIX había vivido 136 años: murió el 17 de diciembre de 1935, y todavía gobernó unos años más.

Rómulo Gallegos es el novelista de la encrucijada secular que hemos descrito. Con él termina el siglo XIX y comienza el siglo XX. Ideológicamente es un positivista, y sus ideas llegan hasta la democracia representativa. Si tales son las fronteras de su mundo histórico y de su mundo político, ¿Cuáles son las de su mundo imaginario y las de aquellas escrituras que le dieron cuerpo?

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2 Comentarios

  1. Enumeras una serie de puntos de inflexión sobre la interminable relación campo-modernización que conforman lo que yo he llamado el Origen de la Mala leche. Muy buen texto pana.

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  2. Enumeras varios puntos de inflexión de la inagotable tragedia de la relación campo-modernización, o lo que he llamado El origen de la mala leche: Muy buen texto pana.

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