Una Guerra ya olvidada

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“Que algo constituya una particularidad, una diferencia o una aberración lo decide nuestro sacrosanto sentido del gusto, el cual es inextricable” Prefacio a la dilucidación de los Djinn

Ante todo, hijo, quiero que te quede claro que sigo creyendo en los dogmas esenciales del Budismo Rojo, por tanto no descartes mis palabras de entrada por considerarme un loco, de hecho, has lo que te venga en gana, considérame un orate, una bestia de carga, y renuncia a mi, pero al menos escúchame hasta el final. Te contaré estas cosas porque creo que estás equivocado, y estar equivocado es una situación ridícula que conviene evitar siempre que se pueda. Yo ya estoy muy viejo para rodeos, falsedades y misterios, cada minuto es uno menos para demostrar nuestra valía. Uno se vuelve inevitablemente más sensato cuando la hora en que La Inteligencia te diga sin palabras “¿y para eso te dí la vida?” y te observe con desaprobación y que esa desaprobación sea el infierno se acerca dando saltitos y silbando la muy hija de puta.

Aclaremos algunos puntos sobre religión y luego te diré lo que sé sobre la Guerra Verdadera, o alguno de esos flamantes nombres con los cuales se conoce eso que ocurrió hace un par de décadas. Como sabes, siempre he tenido el desagradable defecto de amar el pasado, o no sé si decir “amar” es muy fuerte, tengo una infatuación con el pasado, en fin, he dedicado buena parte de mi vida a estudiar lo poco que sabemos de la abismal historia de nosotros los Homo SSSⁿ.

De los hechos sucedidos antes de la quema de los buques sabemos muy poco y muy mal, pero deducimos que antes de llegar a este planeta y aislarnos de las demás tribus ya había pasado demasiado tiempo desde el nacimiento de los viejos mitos que dieron origen a nuestra religión y sostengo, como muchos otros, que hay partes de la verdad un poco corrompidas, ¿de que otro modo podría ser además? esa es la naturaleza de la historia, está perdida y nosotros en gran medida la vamos inventando. Sí, aunque te cause indignación, muchos aspectos de la doctrina que hemos heredado han sido manipulados con el tiempo y por el tiempo.

Es verdadero, en mi opinión, el fundamento del Budismo Rojo: prevalecer en este mundo y en el otro. Me parece sumamente loable y sensato; si existen varias vidas, y varias dimensiones de la vida, en todas hay que vencer: vencer y prevalecer es lo primero. Pero discúlpame si veo con sospecha la leyenda según la cual Sri Dharta, El Bardo de los Abismos, comandó una ridículamente grande coalición de ejércitos para aplastar a los sistemas apóstatas y establecer la supremacía del Budismo Rojo. Una empresa tan vasta tuvo que realizarse luego de innumerables guerras y, si bien es conocida la longevidad del patriarca, no pudo haber sido labor de una, sino de muchas de generaciones.

Como lo ves, la mayoría de las leyendas de nuestra tradición huelen un poquitito a mierda y se caen por su propio peso. Teniendo esto en cuenta, recuerda los argumentos que esgrimían los sectarios, los autodenominados budistas verdaderos, que aunque escúchame bien: yo los rechazo, me parecen falacias que sin embargo tienen algún punto razonable.

La causa del conflicto está bien documentada, has escuchado muchísimo sobre el asunto en la academia. Obviando la jerigonza legal-religiosa, las pasiones y los énfasis, podemos decir que la guerra se inició puesto que los sectarios, aparte de exigir una serie de cambios en materia de régimen alimenticio, formas de esgrima y métrica, creían en la santidad de la llamada estatua de San Alberto. Una figura muy curiosa que representa a una especie de humano monstruoso que fue conservada como trofeo de guerra por nuestros fieles. No negamos la absurda antigüedad de la estatua, la cual la convierte en un tesoro invaluable, y grotesco, pero declararla santa era una desviación inadmisible. Según la tradición, vinimos a este planeta desde un sistema remoto intentando estar en paz con nuestras creencias, y decidimos cortar todo contacto para permanecer puros en nuestro camino, para seguir la vía de la verdad sin ser contaminados por tantas desviaciones de la forma, mental y corpórea, ese es el núcleo de nuestra civilización. Una divergencia como esa no podía ser perdonada, así que Los Arcontes establecieron los tabú obligatorios y comenzó la guerra.

El primer tabú, como ya lo sabes: no se podían usar armas de proyectiles. La palabra divina, expresada específicamente en el Grimorio de las Montañas Invertidas o Sepher Erótico/Tanático, dice: Toma una vida sólo si tienes el coraje de hacerlo con tus manos. Más adelante, específicamente en el libro de los Santos del Alfanje, confirma: Sólo los locos pueden lanzar piedras sin vergüenza alguna.

Aunque algunos Arcontes interpretan la ley literalmente “matar sólo con las manos”, generalmente se admite el uso de armas blancas dentro de la norma. Artefactos cortantes y punzantes que han proliferado en forma e ingenio más allá de lo concebible. Segundo tabú: no tomar prisioneros, la palabra dice El pecado contra la libertad es mayor que el pecado contra la vida, esta vida no es nada, la libertad lo es todo. Estas palabras han justificado, como bien lo sabes, innúmeras rebeliones, pero también han asegurado la muerte de los rebeldes. Tercer tabú, el más ortodoxo: nada de armas bioquímicas ni modificaciones genéticas directas, lo cual casi no es necesario mencionarlo ya que es un tabú general de nuestra sociedad desde la quema de los buques, hace incontables generaciones.

Bien, durante décadas se extendió una guerra tediosa y mecánica, los métodos de matanza limitados, la población en armas, numerosa, los motivos tercos e inamovibles, dieron lugar a una interminable y cíclica serie de laboriosas batallas mano a mano, orgías de mutilación y locura que sin embargo no otorgaban la victoria a ninguno de los dos bandos. La situación siguió igual durante demasiado tiempo, la guerra se volvió el único tipo de vida que la gente recordaba: ya no se trazaron estrategias para la victoria, ni se hablaba siquiera de las diferencias religiosas, simplemente se estaba en todo momento armado por si se presentaba la ocasión de matar o morir. Cuando la situación se convirtió en un ritornello absoluto, un grupo de personas de posición privilegiada, llevados por el aburrimiento de la eterna guerra, idearon una forma para salir de la rutina. Así, después de una exhaustiva comprobación de la conformidad de la nueva idea con la palabra por parte de abogados sacros y exégetas, se inició en secreto la investigación de la armadura Kitinosa. Era algo rayano en la blasfemia ya que implicaba cierto grado de manipulación genética, aunque no directa, es decir no modificaba directamente el cuerpo humano así que técnicamente no violaba el tabú existente.

Varios tipos de coleópteros, insectos que según se cree trajimos por error desde más allá de las estrellas, fueron recopilados y pasados por tratamientos especiales. La gente común no sospechaba que ese insignificante ser escondía el milagro de la invulnerabilidad, claro está por un precio demasiado elevado para la mayoría. El prohibitivo costo de producción de las armaduras kitinosas limitó su uso a millonarios excéntricos y miembros de la nobleza de ambos bandos.

La armadura era impermeable a cualquier tipo de hoja, gruesa o fina, resistía toneladas de presión desde cualquier punto de su estructura, además resistía y repelía el efecto de temperaturas extremas. Matar a un hombre con armadura era terriblemente difícil. Entre los primeros desesperados intentos existen muchas anécdotas, por ejemplo, para liquidar a una de las primeras “cucarachas”, el apelativo que rápidamente se hizo popular entre la gente, hubo que amarrarlo al fondo de un precipicio y entre más de cincuenta hombres arrojarle un risco que después de una generosa caída libre aplastó sólo a medias la armadura y fue necesaria otra peña para terminar el trabajo. Esto, como cabe suponer, requirió el esfuerzo de demasiados soldados y tiempo, luego de lo cual, yo estuve allí, un genio dijo “lo hubiéramos lanzado al rio para que se ahogara”. Lo cual intentaron en otras ocasiones sin éxito ya que la armadura flota de una manera casi sobrenatural. Por tanto, fieles a los principios de economía dictados por la palabra de los Budas y tomando en cuenta que, aparte de su gran resistencia, los soldados con armadura no esgrimían un poder destructivo especial, y eran unos pocos nada más, los generales de ambos lados pronto dieron la orden de ignorarlos.

Nació de este modo, inadvertidamente, una repugnante práctica. Los nobles y millonarios pronto se entregaron a la adrenalina de la muerte. Imagina que a tu alrededor se despliega una matanza con cientos de personas armadas con cuchillos, espadas, hachas, crablecos, estrellas matutinas, morrones y otras cosas que no tienen nombre. Todos tajan y destajan por igual, chillidos de cerdo, crujido de huesos, se respira orine, sangre y bilis. Los gritos de los apuñalados ponen tu piel de gallina, pero tú cortas, hundes metal, revientas a mansalva y no te pasa nada. Nadie huye porque es la cosa más vergonzosa del mundo huir ¿cierto? Uno que otro enemigo, más por frustración que por otra cosa, trata de meter una hoja en tu armadura, una hoja de titanio sintético que se hundiría en una placa de hierro como en un cubo de manteca, y esta rebota sin siquiera hacer ruido. Era en esos momentos cuando los “cucarachas”, estos millonarios y gentilhombres, gritaban poseídos de euforia y comenzaban a mutilar redobladamente sintiendo orgasmos tanáticos, después quedaban dormidos entre los cadáveres agotados de tanto placer y despertaban horas más tarde con la vaga insatisfacción del vicio, buscando como locos otra batalla cercana y algo que comer por supuesto.

Bien, esta conducta, aunque desagradable y antiestética, no atentaba contra ningún aspecto de nuestra religión, ofendía, sí, la sensibilidad de algunos mandatarios eclesiásticos quienes buscaron incesantemente y en vano la manera de censurarla. Siguió así el curso de la guerra. Los cucarachas no inclinaban la balanza. Estaban en ambos lados por igual, ofendiendo y desmoralizando, eso sí, a muchos quienes verdaderamente eran valientes. No es precisa la fecha, pero se sabe que eran de nuestro bando el grupo de religiosos que decidió darle un pequeño estirón a las reglas en aras de terminar de una vez por todas el ya grotesco conflicto. Con espadas ningún bando se impondría, eso estaba claro, también era claro que no se usaría ningún tipo de proyectil o misil. Había no obstante una opción casi olvidada, un vestigio del pasado: los infames “cerillos” nombre popular de la armas nucleares tácticas portables, suficientemente pequeñas y ligeras para que las transportara un hombre, de dos a cinco kilotones de potencia. Con incentivar la reunión de un ejercito grande y colar a un espía entre sus filas se podían mermar doscientos mil soldados en un abrir y cerrar de ojos y además dejar ciegos a otros tantos.

Y así se hizo, en poco tiempo se dieron grandes golpes y como era de esperar la situación se salió de las manos. Los del otro bando usaron también cerillos y se convirtió la guerra en una masacre a gran escala, los cucarachas comenzaron a peligrar también, aunque algunos fueron hallados con la armadura a medio calcinar pero vivos. Los cerillos explotaban por doquier y sin ningún aviso, en cualquier lugar, en cualquier momento, nadie estaba a salvo, hijo mío, sólo los cucarachas tenían una oportunidad de sobrevivir. Fue entonces cuando hice lo que a ti, por alguna razón absurda, te parece mal.

En esos tiempos murieron todos y cada uno de mis amigos, murieron tus abuelos, murió casi la totalidad de la población del planeta. Yo fui uno de los desarrolladores de la armadura kitinosa, es verdad, utilicé mis conocimientos, y la modificación genética, cometí un pecado mortal según las escrituras, pero no me siento mal por ello. La incorporación genética de la kitina a nuestros cuerpos fue lo que literalmente aseguró la supervivencia de la raza, por eso nunca han podido juzgarme, porque el pecado que cometí choca contra el fundamento del Budismo Rojo: la prevalencia.

Tú eres parte de la primera generación de humanos con esa modificación, para ti esta es la “normalidad” no comprendo porqué has decidido rechazar tu naturaleza de ese modo, aislándote de los demás, decidido a estar allí meditando bajo ese árbol ¿hasta escapar de esta realidad? Acepta esta realidad por completo, abandona la cobardía, la piel de kitina es sólo un cambio menor. Piensa en esa horrorosa escultura de San Alberto ¿Qué tipo de manipulación genética fue necesaria para dar vida a una criatura como esa? un ser simiesco con sólo dos ojos por delante de la diminuta cabeza y ninguno atrás, esas nalgas gordas, esos pies tan frágiles. Cuan dementes eran los sectarios, ¡creían que era santo!, creían aún más: que los humanos originales eran así. Qué bueno que los jodimos a todos.


ⁿ: Sobre la inclusión de la tercera “S” en el nombre “Homo SSS” existen numerosas referencias en el códice XXII de “La muy maleable ley inquebrantable” de Nicanor Bloomberino NF.

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