Mi vida, a través de los perros (LXIX)

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Con la aprobación de la constituyente se desencadenó una especie de huracán político que dio al traste con todas las instituciones, para en teoría renovarlas. Fue así como desaparecieron el Congreso, la Corte Suprema de Justicia, el Consejo Supremo Electoral,  para darle paso a instancias homólogas. El Congreso pasó a ser unicameral, desapareciendo la cámara de senadores. Por supuesto fue necesario llamar a elecciones para llenar los nuevos puestos creados, y se realizaron todas en un único acto, en el cual salió como gran ganador el gobierno de turno.

En el país se estaba instaurando un nuevo orden, cuyas consecuencias no podían conocerse pero las expectativas, las mías al menos, no eran nada halagadoras. El sector de la sociedad civil que adversaba al gobierno estaba desconcertado, sin saber cómo reaccionar ante el avasallamiento que comenzaba a desarrollarse. En el microcosmos que constituía la tienda asistí a muchas conversaciones que giraban en torno al mismo tema: ¿Qué hacer en adelante? Nadie tenía una respuesta, solamente temores. Por otra parte la clase política opositora lucía desorientada, como el boxeador que está en el ring recibiendo una paliza inclemente y no tiene una estrategia clara que le permita remontar el combate.

Por un tiempo traté de desconectarme de la situación, y me concentré en el trabajo y en Caruso. Era un animal fenomenal para ese momento: pesaría más de 60 Kgs, y cuando se paraba sobre sus patas posteriores era casi de mi tamaño. Cuando lo sacaba a pasear, provisto de su bozal y con una gruesa cadena, el paso se abría ante nosotros de manera instantánea. Desarrollé una fuerte musculatura por necesidad, ya que contenerlo a veces era una labor difícil, sobre todo cuando había otros perros en el área y él, perro joven al fin, los buscaba para corretearlos. Por fortuna nunca se me escapó, pues hubiera sido una situación bien comprometedora.

Caruso me salvó una vez de un atraco, en la tienda. Se acercaba la hora de cerrar; ya los empleados se habían marchado y me encontraba solo, arqueando las ventas del día. Entraron dos hombres jóvenes, a quienes traté de decirles que estábamos cerrando cuando uno de ellos sacó un enorme revólver y me apuntó a la cabeza, gritando:

-¡Dame lo que está en la caja o te detono de una, becerro!

Fue emitir ese grito y tener sobre sí a Caruso de manera instantánea. El perro le brincó encima, lo derribó y lo atenazó por la garganta. Sonó un disparo, y temí que lo hubiera herido, pero después constaté que había ido a parar contra uno de los estantes, perforando dos ejemplares de Cien años de soledad.  El cómplice huyó, y tuve que salir en auxilio del ladrón, que para mi fortuna había soltado el arma. No sé de qué manera logré convencer a Caruso para que dejara quieto al hombre, pero por fin lo hizo.

Por esa vez me había salvado de ser atracado, pero no podía contar con tener tanta suerte todo el tiempo, así que fue necesario establecer algunas medidas de seguridad, como recortar los horarios, mantener las puertas trancadas y enrejar todas las ventanas. Ya la zona en donde estaba ubicada la tienda había dejado de ser un vecindario apacible, y comenzaba a catalogarse como roja. A pesar de estar cerca de un gran bulevard peatonal, que había disfrutado de una prolífica vida nocturna, a cierta hora comenzaba a ser peligroso y los vecinos se retiraban a sus casas, dejando la vía libre a las criaturas de la noche, que emergían nadie sabe de donde y se instalaban en los portales a consumir piedra. No era una manera agradable de vivir; se trataba de una especie de toque de queda autoimpuesto. Nadie salía a menos que fuera estrictamente necesario. Una actividad tan normal como salir a calle a pasear, buscando el fresco nocturno, se había vuelto una acción suicida. Tal vez había mucho de paranoia en esa actitud, pero el peligro era real, y la gran cantidad de hechos delictivos que se comenzaron a dar obligaban a la prudencia extrema.

Por fortuna, para paliar la soledad y el aburrimiento, contaba con una gran biblioteca en el piso de abajo de mi habitación, y retomé el hábito de la lectura que había descuidado durante algún tiempo. Comencé a intimar con los escritores norteamericanos contemporáneos, que había descubierto hace poco, y me adentré en el pesimismo postmoderno de Foster Wallace, Palahniuk y otros tantos talentosos escritores de esa camada, grandes intérpretes del momento histórico de banalidades e incertidumbre que se estaba viviendo a nivel mundial. Así pasaba la mayoría de mis noches, sentado en una poltrona, con un libro en la mano, una copa de vino o de brandy en la mesita lateral, algún disco de rock sonando y Caruso echado a mis pies como única compañía viva. Ya me había resignado a ese estado de cosas, desistiendo de mi propósito de conseguir a alguien. Ya llegaría por sí sola, si es que le tocaba llegar. Me sentía demasiado cansado como para emprender esa búsqueda de nuevo. Aunque andaba por mis cincuenta, me sentía mucho mayor, tanto de cuerpo como de espíritu. La vida me estaba comenzando a pasar factura.

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