La Crónica de un Robot en Por el Medio de la Calle

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Este día lo conozco, casi como la palma de mi mano.
Juro que antes he estado aquí, viendo lo mismo, año a tras año, como un ritual de paso, como la promesa de lo que Chacao no es para los jóvenes.
De regreso a Por el Medio de la calle, uno se da cuenta que el tiempo no evoluciona, que todo es el día de la marmota, que la centrífuga de Borges se burla de nosotros, que la distopía de Buñuel es una realidad, que así como los “Amantes Pasajeros” de Almodóvar no logran salir de un avión a la deriva, los chicos alternativos de Caracas gozan de volar por un espacio trillado y superado, donde se debe suspender el mínimo criterio de exigencia para sentirse a gusto con la masa.
Creo que me he vuelto un alter ego criollo del protagonista de “Memento”, salvando las distancias físicas.
Guardo en mi cuerpo y en mi memoria, como un tatuaje incómodo, cada una de las propuestas replicantes que se exhiben por acá. Nada que vaya a cambiar, a renovar o subvertir el canon de la plástica nacional.
Poco a poco, mi mente se ha adaptado al establecimiento de la nada, a la implantación del deja vu, a la lectura del periódico de ayer.
Pero mi cerebro y mi cuerpo, como el de tantos clones, ya carece de respuesta, de capacidad de asombro. Sencillamente me dejo llevar y arriar por el río de gente, sintiéndome en un vagón del metro a cielo abierto.
No tengo control sobre mis movimientos, sobre mis reacciones, sobre mi destino.
Con aires de extraña familiaridad melancólica, deambulo por el circuito de la mano de dos incondicionales, que también asisten por trámite a la escenificación de un show predecible, a un reinado de la apariencia, donde los chicos fingen tener el control de la situación, mientras los policías se hacen los suizos, tal cual como en la noche de los Museos.
No vayan a creer que el monopolio de la demagogia lo explotan únicamente en el oficialismo.
El populismo estético es una estrategia de campaña, de vieja data, instrumentada por los comandos de relaciones públicas de los municipios de la capital.
Se pelean y compiten por ofrecer el mejor show, diseñando un pacto de no agresión, para sumar votos o puntos en el rating.
Así, fueron entronizándose zonas de tolerancia en la urbe, desde Tiuna el Fuerte hasta Por el Medio de la Calle.
Me explico. A la manera del Red Light de Ámsterdam, aquí la gendarmería quedó para mirar a los toros desde la barrera.
Es como en el recreo del colegio: los profesores permiten a los alumnos romper con los códigos de conducta que se dictan en clase. Entonces suceden cosas curiosas.
Los chamos se fuman el porro en la cara de los tombos que los cachean y los molestan, semanas previas y posteriores, en los alrededores de la Plaza de la Castellana.
De repente, unos se anarquizan en una esquina, pegan gritos delante de una licorería y la pagan con unos uniformados en bicicleta, echándoles una soberana pita. A su modo, se están vengando por años de represión y humillación. Sin embargo, los policías solo esperan que el asunto termine para saldar cuentas como de costumbre.
Empujado por un rebaño de zombies, acabo parado delante de algo que llaman “intervención urbana”, supuestamente inspirada en Cruz Diez.
Por varios recovecos del parque temático se me insiste en que la huella del maestro del cinetismo está presente y guía el trabajo de una serie de creativos.
Yo me quedo de una pieza: impávido, absorto, bloqueado. No alcanzo a entender si lo que se afirma es cierto o es una trampa de la curaduría para encubrir la falta de criterio.
Siempre es bueno buscarse el aval de un Cruz Diez para justificar cualquier acción, limpiarse las manos y proporcionarle un aire de legitimidad académica a la atmósfera.
Varios aprendices toman fotos con cámaras enormes, ceños fruncidos, poses de entendidos. ¿Es Cruz Diez un referente para ellos?
A mi izquierda un pana se empina, a pico de botella, un Mazinger de ron, al ritmo de un puki puki que se escucha a lo lejos. No se lo nota muy preocupado por el futuro del legado de Cruz Diez.
Mis colegas comparten expresiones de indiferencia, apatía, incomodidad y tedio.
Unas cintas amarillas demarcan una construcción inconclusa, saltamos huecos y sorteamos obstáculos de un laberinto a menudo oscuro, intimidante, decadente, ruinoso.
Detectamos altos niveles de agresividad, arrogancia y desinformación.
Decidimos subir al mercado de diseño. Venden ropa vintage, comida, bisutería.
La crisis lleva a que los expositores aprovechen la ocasión para hacer su agosto.
Hay una fiesta Pampero( por estricta invitación), una huequito de música electrónica para los consumidores de cerveza Zulia.
Nos tomamos unas birras y descansamos en una varanda, recibiendo un mar de tropiezos. Tenemos un primer instante de respiro.
A mi camarada le despierta suspicacia la invasión corporativa de logos. Naomi Klein se daría banquete en esta sucursal de la rebeldía en venta, de la contracultura como negocio.
Nos cuentan que las bandas suenan cabilla y que avancemos hasta una de las tarimas. Pasamos por dos tarimas y no tenemos suerte. Pura aglomeración, despelote, caos, sonidos procesados.
La civilización se disuelve entre las tribus de nuevos bárbaros, quienes rinden pleitesía a la instalación del desgobierno, la ilegalidad.
El escapismo corona una velada en tributo a las modas reguladas por el estado.
Lo normal es pegarse a la onda de la forma en desmedro del contenido. Ruido y pocas nueces.
Intelectuales cursis toman nota, se dan golpes de pecho y encienden una vela por la Caracas humana de los ochenta, combatiendo mito con leyenda urbana.
Yo apenas recuerdo que Sabana Grande se llenaba de noche, que ciertamente había seguridad, y que todo era más espontáneo, menos planificado y pomposo. Ocurría y punto. Ahora hay que ponerle una etiqueta y agradecerle a las personas que lo hacen posible.
Creo que es un derecho que nos robaron y que emplean como dádiva para chantajearnos.
Los vecinos andan picados con el estruendo, la contaminación, la basura, la amenaza de dañar el patrimonio.
Chillan, rugen y se desahogan por las redes sociales. Pagan los impuestos y asumen la filosofía de las doñas come cachito del Cafetal. Prometen que votarán por el cese de la iniciativa. Mis amigos me hacen cambio de luces, me sugieren que es momento de cerrar operaciones, me indican que es mejor que emprendamos la retirada. Bajamos por el estacionamiento de Plaza Altamira con la cabeza gacha. Un comentario sería redundante.
Yo como Robot espero que, algún día, este sueño de evasión nocturna, esta pesadilla de un ciclo agotado, pueda recuperar la conciencia, dejar de mirarse el ombligo con orgullo e incorporarse a la modernidad, a los retos que exige la contemporaneidad.
Vislumbrar una autocrítica y promover un diálogo colectivo para quemar etapas en beneficio del incremento de la calidad de vida, del ejercicio de la ciudadanía.
Con pañitos calientes no vamos a tender verdaderos puentes.
Por el Medio de la calle produce un efecto paradójico. Proyecta la ilusión de la sana convivencia. A la postre reafirma los problemas de la ciudad fragmentada, polarizada y en guerra con el peatón, bajo la amenaza del colapso automotor.
Ausencia de orientación, complacencia absoluta y predominio de la corrección política son el saldo de un evento que se cuece al fuego lento de los sabores despersonalizados, sintéticos.
El clímax de una identidad efímera, volátil y líquida.
Ascenso y caída de lo hipster en CCS.
Somos transitores de un engranaje de desecho.
Estancados en un fotograma de “Wall-E”, manipulado juguetes usados y estropeados.

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La Crónica de un Robot en Por el Medio de la Calle, 3.9 out of 5 based on 13 ratings

6 Comentarios

  1. debo admitir que nunka he ido a una vaina de esas de por el medio de la calle. Asi que no vine a opinar de eso. Es que ayer vi Samsara, no se si la has visto, pero seria de pinga que la veas y hagas una critica pa ver que tal. Todavia estoy golpeado por la peli. De pana que si la pueden encontrar en DVD veanla con buena calidad. Igual aqui se las dejo en youtube. http://www.youtube.com/watch?v=kQfUsX5C44Y de verdad preparense…

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  2. Así como Chacao montó el PEMDLC, el gobierno el miercoles trae nada mas y nada menos que a Cafe Tacvba. Creo que a nivel de populismo gana en esta ocasión el gobierno. Que tragicomedia vivimos.

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  3. qué ladilla este artículo, lo dejé por la mitad… y lo más cómico es que empieza diciendo que va año tras año… entendería si fuese una primera vez, pero a quién le gusta reincidir en algo que le ha sido decepcionante tantas veces… y no empiecen a rasgarse las vestiduras por su derecho a criticar, que nadie se los está impidiendo… pero el mismo temple que tienen para criticar, úsenlo para aguantar críticas, sobre todo a sus artículos que son tan ladillas, repetitivos y predecibles como por pemdlc…

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  4. al primer PEMDLC fuí con expectativas, era chama pues; no me gustó mucho, tampoco me desagradó completamente; conozco gente a la que le pareció lo máximo.

    Fuí al tercer año (al 2do no) y era bastante parecido al primero, me devolví a los 20min. La gente que me acompañó a la 1ra edición esta vez participaba en el festival, lo elogiaron. No fuí más.

    Hoy ya no vivo en el país y la misma gente de la 1ra edición sigue yendo y alabando PEMDLC [algunos jalan muchísimo para poder seguir participando].

    What can’a say?

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  6. El último párrafo del texto desde “ausencia” hasta “estropeados” pasando por la referencia a “wall-E” es un espejo de lo que se critica en el texto; afectado, sobrecargado, cursilón. Lo demás está regular pero se transluce un inadmisible sentido de superioridad en el que escribe.

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