Encuentro con la victoria

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victoria de samotracia
Mijita: la ironía más grande es que mientras más quieres una cosa, más ésta se te escapa de las manos. No forces la barra. Lo que va a suceder va a suceder -remataba lapidaria.

Esas palabras las recitaba mi abuela, como un lamento, cada vez que perdía en la lotería o cuando algo no salía como ella quería. Había algo determinístico en esa cadena de afirmaciones, era casi como entregarle las riendas de su propia vida al destino. Me irritaba oírla, pero a sus años, no tenía esperanza de hacerla cambiar y se murió creyendo.

Le pedí matrimonio a mi marido tres veces. Me dijo que no, de verdad. Me quedé a su lado, porque ya era tarde y lo seguiría al final del mundo con o sin alianza de bodas.

Con una barriga de siete meses, mi loco me invitó a Paris y le dije: Yes! Me embarco, porque no conozco Paris y porque sé que la cosa va a pasar allí. Me leyó los pensamientos y me dijo que no me hiciera ilusiones. Humor danés, por su puesto.

El GPS nos guió desde Copenhague hasta la Rue Lafayette donde quedaba el hotel de mala muerte en el que nos íbamos a quedar los próximos días.

Nos pateamos la ciudad, por lo difícil que es estacionar y así fuimos visitando el palacio de la las Tullerías, el barrio latino para sentirme a lo Gabo cuando vivió en Paris, la Torre Eiffel, dónde pensé que mi loco me declararía su amor eterno, pero no pasó. El arco de triunfo, caminatas a lo largo del Sena y el museo del Louvre.

Al llegar al Louvre, mis radares estaban enfocados en la mona lisa, por eso pasé sin ver un montón de tesoros esparcidos por el edificio y en esa carrera por llegar a ella, tomamos unas escaleras laterales que conducen a un descansillo que da a la entrada de la sala francesa y luego a la italiana donde se exhibe el prodigio de Da Vinci, pero me detuve como un pase de rugby al encontrarme con la Victoria de Samotracia. Me quedé allí mirando esa maravilla de mármol. Las lágrimas sin contener me hicieron sentarme a un lado de las escaleras. Al carajo con los maestros franceses, con Da Vinci y su mona lisa. El boleto de entrada se pagó solito al verla.

En fracción de segundos, di un salto cuántico a los años de bachillerato. A las horas de historia del arte, cuando acariciaba todos esos prodigios del ingenio fotografiados en los libros y soñaba con verlos de cerca algún día. Dios mío cómo quise un boleto a Europa en esos tiempos, pero me imagino que no estaba dado que así fuera. No en aquella oportunidad, al menos.

Lloraba y mi loco no sabía cómo consolarme. No entendía que yo no buscaba palabras confortantes. Lo mío era llanto de gozo, de agradecimiento. Lloraba por no poder compartir esa vivencia con mi familia. Lloraba porque éste instante debería estar al alcance de todos y porque la apreciación de las obras de arte debería ser un derecho fundamental de la humanidad.

Le pedí a mi loco que me dejara verla y le expliqué entre hilos de mocos y sollozos que no estaba triste, que hasta esa piedra helada con alas remendadas puede esconder tanta belleza. Me dijo que mi reacción se debía a las hormonas por lo avanzado del embarazo y lo dejé creer.

Aquel encuentro con la mujer sin cabeza le robó el brillo a todo lo demás. La mona lisa es un anticlímax sencillamente porque no se puede apreciar de cerca. Está flanqueada con una pantalla de vidrio y para colmo es un cuadro tan pequeño, que entre el gentío que lo empuja a uno, los flashes y la algarabía, uno se siente estafado. A la Victoria de Samotracia, a cambio, se le reverencia en silencio y en primer plano, sin filtros.

De ninguna manera le estoy restando mérito a Da Vinci. La mona lisa quita el aliento, pero me la hacía más grande y al no poder apreciarla de cerca, lo que recuerdo es un mar de cabezas, cámaras fotográficas y fundillos de niños montados en los hombros de sus padres. Esa fue la mona lisa que yo vi. Apreciamos también la Venus de Milo y otros tesoros, sin embargo, no fue lo mismo.

Salimos de allí sacios de emociones. Nos echamos una caminata sólida hasta los puentes que atraviesan el Sena y justo en “Pont neuf”, mi loco se arrodilló y sacó una cajita de terciopelo negro, me miró a los ojos y no hizo falta palabras.

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