El papel del escritor hoy: La marca vs la obra*

En una conversación documentada en Nadie acabará con los libros, Jean Claude Carrière le decía a Umberto Eco que “la tecnología no es en absoluto una ventaja sino una exigencia”. Sobre esta premisa, en torno a la literatura, de la mano de la inmediatez prometida por las redes sociales, debía surgir la exigencia del mejoramiento del lenguaje; la democratización de las herramientas; la fidelidad de las informaciones y la retroalimentación como valor clave ante la carencia de fronteras.

En cuanto a la literatura y el papel del escritor, estas exigencias quedan en entredicho cuando la promiscuidad del caos deja de exigir y pasa a simplificar alejando al hombre y al escritor de compromisos sociales básicos: ya no se escribe, se bloguea; no se habla, se envían mensajes de texto, transformando así la era de las comunicaciones en no más que un puñado de gente dormida pseudo comunicándose con otro puñado de gente dormida en un protolenguaje que se asemeja más a la prehistoria que a la era de la globalización.

El fenómeno de las neo lenguas existe mucho antes que Internet: lo que antier fue jamón, ayer fue lata y hoy es tusa. No obstante, las jergas digitalizadas pueden ser aún más agresivas. KSA; TQM; WTF e incluso la palabra hashtag, constituyen neo lenguas. Basta ver un mensaje de blackberry para recordar La naranja mecánica  y la neo lengua creada por Anthony Burgess.

La escritura golpeada

Cuando Jean Paul Sartre escribió Qué es la literatura, planteó tres preguntas básicas: qué se escribe; por qué y para quién.

La primera interrogante abre, en la actualidad, un universo igual de extenso que el del ciberespacio. ¿Qué tanto se escribe sobre la página en blanco el bosquejo de una primera obra; o qué tanto se ametrallan tweets o cambios de status en Facebook? ¿Es esa la obra cuyos lectores se remiten a amigos o seguidores 2.0?

Legar estos instrumentos como un fenómeno o una revolución puede resultar tonto. Todo necesita verse con espíritu crítico, pero, si lo que se quiere es pasarla bien, basta con entrar en todos los blogs del mundo y leer los comentarios repletos de cariñitos al ego del autor, renunciando así a la posibilidad de la crítica; o ejercerla como anónimo para no ir al paredón de los detractores.

He ahí una paradoja: hay libertad, sí, pero el tiempo del blog puede ser aún más intolerante porque sólo se aceptan los aplausos. Esta intrínseca capacidad de censura –e incluso autocensura- limita al ambicioso joven escritor, no solo de ejercer la crítica, sino de recibirla a futuro.

Quizás sea esa una de las razones por las que la joven narrativa venezolana no es del todo joven, sino que, ya curtida del los manes de la crítica, sabe nadar entre las aguas de la impecable identidad digital para que su nueva obra sea, a priori, considerada como buena.

El uno por diez 

En un intercambio de ideas políticas con un amigo que piensa distinto a mí, coincidimos en lo cuestionable de aquel método del uno por diez. El debate tomó otro rumbo cuando me preguntó “¿Es que no te has dado cuenta que lo mismo pasa aquí con la literatura en la red? Sígueme y te sigo. Más nada.”. Luego pensé en una enorme hemeroteca futurista que rescata los tristes aforismos y juicios sobre tanta cosa que desconocíamos, como si la cantidad de seguidores determinara la calidad de nuestra verdadera obra o si ese uno por diez no fue más que un lobby para ser medianamente reconocido por un ratico.

La conjura de los opinadores

¿Por qué se escribe y para quién? Dado este el panorama, cabe volver a Sartre cuando dijo que “cada palabra repercute y cada silencio también”. Para el filósofo francés, el escritor se debía a su tiempo y nada más. Postura desacreditada hasta la saciedad pero que, no obstante, vale rescatar cuando de silencios se trata.

Durante mi estadía en Buenos Aires, en las aulas de la maestría en literatura, participé en un conversatorio sobre exilio generacional en Latinoamérica y, entre colombianos, mexicanos, guatemaltecos y yo, único venezolano, y además, único periodista, surgió la pregunta: ¿Puede el periodista ser escritor o el escritor ser periodista? Sí y no, respectivamente fue la conclusión. Horas después en un bar en San Telmo, el colombiano me habló de Soho, El malpensante y otras publicaciones que escapan de mi memoria. Yo por mi lado, desglosé en el laptop portales y timelines de mis compatriotas a lo que el buen colombiano Óscar respondió en una risa curda: “no, hermano, ustedes lo que tienen son una manada de opinadores de rigor”. Cada palabra repercute y cada silencio también.  

Responder por qué y para quién se escribe puede resultar irresponsable u opinador. Será el tiempo el que calibre la calidad del escritor y su obra, o si, amparado en la próximamente vetusta inmediatez de sus tiempos, no fue más que un one hit wonder.

*Texto leído en el Festival de Lectura Chacao el 2 de mayo de 2013

Armando Coll, Rubén Machaen y Alicia Gernández

Armando Coll, Rubén Machaen y Alicia Gernández

         

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remachaen

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Periodista y docente venezolano/mexicano. Cursó estudios de maestría en Lenguas Extranjeras y Literaturas Comparadas en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Trabajó en diversos periódicos en Venezuela y fue coordinador editorial de la revista Exceso. Ha colaborado en medios internacionales como el diario El Espectador (Colombia); NewsWeek (Venezuela) ViceVersa (Estados Unidos) y SinEmbargo (México). Fue docente de la cátedra de Géneros periodísticos en la Universidad Monteávila en Venezuela e Innovación y estructura periodística en la Universidad Anáhuac Cancún. Reside en Ciudad de México donde está al frente del área de comunicación y redes de Kybernus, Asociación Civil, dedicada a captar y potenciar liderazgos en todo el país.

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