Mi vida, a través de los perros (XLVI)

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Un día cualquiera Helga me propuso una cosa inesperada:

-Tomás, quiero que me acompañes a ver a Lucía.

Lucía había sido internada en una casa de reposo, pues su diagnóstico fue depresión severa, y necesitaba observación constante ya que existían altas posibilidades de que volviera a atentar contra su vida. El lugar quedaba algo retirado, en una zona tranquila y arbolada, lejano del bullicio citadino.

-¿Qué? ¿También tú te me estás volviendo loca? ¿Qué quieres hacer allí?

-Necesito hablar con ella para recuperar mi paz mental. Me siento culpable en cierto grado de lo que le pasó y no me gusta andar con ciertas deudas encima. Desde algún tiempo estoy sintiendo que le robé su puesto a tu lado, y si no aclaro las cosas con ella creo que no va a ser posible que sigamos lo nuestro.

Eso me inquietó: si bien era cierto que necesitaba más que nada en la vida estar con Helga, no sabía si esa reunión podría darse, en primer lugar, y de hacerse, temía que los resultados resultasen catastróficos.

-Oye, no sé si los médicos permitan eso…

-Ya hablé con Margarita, y me dice que ella puede arreglar todo.

-¿Cómo? ¡Pero si Margarita adora a Lucía!

-Tomás, nunca vas a entender nada. Eres demasiado ingenuo. Margarita sabe muy bien lo que está pasando,  y también ella cree que para allanar el camino y darle un cierre a esto es fundamental que las dos hablemos.

Una alarma se prendió en mi interior. Me volví algo paranóico al ver ese cónclave de mujeres tan significativas para mí en las diversas etapas de mi existencia. Sentí como si me estuvieran evaluando y manipulando a la vez. En todo caso no me encontraba cómodo con esa situación, pero por lo visto nada podía hacer. Traté de comprar algo de tiempo:

-Está bien, entonces. Pero me gustaría tener una conversación nosotros tres antes de ir a hablar con Lucía. Para saber a qué atenernos, más que todo. Entiendo que Margarita ha estado viéndola con regularidad y sabe con precisión cual es su estado anímico.

-Por mí no hay problema, si quieres la llamo ya para vernos en algún sitio.

Así lo hizo, y la noche siguiente nos encontrábamos los tres sentados a la mesa de un restaurancito de estilo suizo, situado en la urbanización más alejada del centro de la ciudad. Su especialidad era la fondue, y eso fue lo que pedimos. Me pareció un plato perfecto por lo que tiene de comunitario: después de todo se trataba de fraternizar y hacer causa común ante la situación espinosa que nos ocupaba. A despecho de mis temores, la cena fue bastante distendida. Margarita era una mujer razonable, y me tenía mucho afecto, por lo que quería ayudarme. Por supuesto que el tema de conversación fue Lucía. Ella nos puso al tanto sobre su evolución: había caído en manos de un excelente equipo de psiquiatras, y estaba saliendo poco a poco de su estado depresivo. Como es de imaginarse, la estaban medicando, y esa era la razón principal por la cual no la habían dado de alta. Mientras estuviera tomando sus medicinas, era una persona normal, común y corriente, capaz de entender. Estuvimos trazando la estrategia: convenimos que lo mejor sería que yo no participara en ese encuentro. Estarían las tres mujeres, a solas, y Margarita actuaría de mediadora. No me quedó más remedio que estar de acuerdo. Y debo confesar que fue un alivio, no estaba preparado para hablar con Lucía. Mis sentimientos hacia ella eran mixtos, pero nada sanos, y no sabía cómo podía reaccionar.

Nunca supe a detalle lo que ocurrió en esa reunión, que se diera unos cuantos días después de la cena. Llevé a las dos mujeres hasta el lugar, y me quedé esperando afuera. Transcurrieron dos, tres horas, durante las cuales estuve paseando a Byron, escuchando un cassette de Yes, leyendo un libro, pero en realidad con la mente puesta en lo que pudiera estar pasando allí adentro, que podía significar un vuelco en mi vida. Por suerte no fumaba, pues hubiera acabado con varias cajas durante ese tiempo.

Como todo, esa espera que parecía interminable no lo fue. Aparecieron esas dos mujeres tan primordiales para mí, con los ojos rojos e hinchados, pero con una sonrisa de alivio. No me atreví a comenzar ninguna conversación, y el paseo de vuelta estuvo inmerso en un silencio denso, interrumpido a ratos por los ladridos del perro, algo ajeno a la situación. Dejé a Margarita en su casa, allá en el viejo vecindario, y emprendí el regreso a mi casa, a nuestra casa. Helga fue la que rompió el silencio, con un escueto:

-Ya está todo aclarado, Tomás. No debemos preocuparnos más por ella. Puedes estar tranquilo, está bien y sabe que todo quedó atrás. No quiere verte por un tiempo; más adelante quizás si sería bueno que hablaran. Por lo pronto se va a quedar otro par de meses en la casa de reposo, y después volverá con su tía, en el exterior.

-¿Y tú? ¿Cómo te sientes al respecto?

-Aliviada. Y lista para lo que viene a continuación – me dijo con una gran sonrisa iluminando su cara.

-¿Ah, sí? ¿Qué será lo que viene?

-Que dejemos atrás este vergonzoso concubinato y me des tu apellido, ¡no te hagas el idiota!

Pegué un frenazo que por poco nos hace pegar la frente del parabrisas. Por fortuna no tenía a ningún carro detrás, porque el golpe hubiera sido de consideración.

-Bueno, ¿pero qué es esto? ¿Ni siquiera me permites que sea el de la iniciativa de proponerte matrimonio?

-Me lo llevas proponiendo desde que me conociste, de una u otra manera. Te estoy dando mi respuesta, más nada.

Y así fue, sin romantiquerías de anillo de compromiso en copa de champán, que me encontraba a un paso de lo que había ansiado tanto durante toda mi vida adulta. No tenía la menor idea de donde me estaba metiendo, e iba feliz y desprovisto hacia ello.

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