Tan rápido como pueda

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tanrapido

“Los caballeros no tienen prisa”, se decía a sí mismo Matías para procurar una velocidad distinta a la que tenían todos los que también entraban a la estación del metro. Calculó el tiempo que le llevaría ir de La Rinconada a la combinación de Plaza Venezuela: “Veinticinco minutos, tal vez”, pero considerando lo imponderable en el devenir cotidiano de una ciudad como Caracas, con suerte serían unos cuarenta o cincuenta minutos. Las personas se agolpaban al borde de la raya amarilla del andén. Matías, indulgente, se propuso no angustiarse por los empujones, por el calor y por el tren que no llegaba. Al fin y al cabo, era sólo “gente cansada y desesperada por llegar a casa”.

4:55; el tren llegó después de unos asfixiantes dieciocho minutos de espera. Los pasajeros se dispusieron en una masa heterogénea que formaba una suerte de muralla de carne y sudor que no permitía salir del tren a los que arribaban. Codos en guardia, empujones e insultos de por medio, a trompicones y al mismo tiempo, salían unos y entraban otros.

Esperó a que no saliera más nadie del tren para entrar como fuese posible, porque no estaba dispuesto a esperar otros dieciocho minutos (o quizás más) por un nuevo tren. “Este caballero ya tiene prisa”.

Lleno a reventar, el tren no se movía. Llegaban más y más personas que entraban a la fuerza, tratando de ocupar hasta el último resquicio. Empezaron a impacientarse quienes iban quedando cada vez más apretados e inmovilizados. Maldecían y tocaban el botón rojo de emergencia, a pesar de la advertencia de severa sanción por uso inadecuado.

“Todos parecemos conejillos de indias en un experimento para probar nuestra paciencia y resistencia. Quizás lo somos. Transpiro. El aviso de cierre de puertas suena, pero no cierran. Suena otra vez pero siguen abiertas. El aire está cada vez más viciado, más denso. Inhalo la exhalación de los demás. Se cerraron las puertas, por fin, pero el tren sigue detenido”.

Al cabo de unos instantes que parecieron eternos, el tren comenzó a moverse. Matías resolvió pararse al costado de una mujer de unos cincuenta años, quien llevaba dos bolsas casi tan voluminosas como sus nalgas que ocupan un asiento y la mitad de otro. Le dio la impresión de que la mujer se bajaría en la próxima estación. Matías ocupó velozmente el tibio asiento recién liberado, sin poder evitar sentir un poco de pudor por las mujeres que continuaban de pie. “Me duele la rodilla”, pensó, como si fuese una justificación para quienes pudieran leer su mente. “Y además estuve toda la tarde ensayando la nueva pieza, tengo derecho a sentarme, lo merezco tanto como cualquiera, pero ojalá lleguemos rápido a Plaza Venezuela para no sentirme culpable durante tanto tiempo”. Su caballerosidad se esfumó entre la prisa y el dolor de rodilla. Le parecía inevitable que la comodidad de uno fuese la incomodidad de otro. Ya cerca de la estación La Bandera, sintió una mirada sobre él. Un hombre, un poco más joven, de pie junto al asiento de Matías, le sonrió y movió su cabeza, como esperando una respuesta a ese gesto. Matías repitió el gesto, levemente, por mera cortesía, si bien se trataba de un desconocido.

—¿Alexis? —preguntó el joven con aire simpático.

—No —respondió Matías, sonriendo.

—Entonces, eres el hermano de Alexis.

—No, no conozco a ningún Alexis.

—Pero eres igualito —afirmó ya con severidad. Su aparente simpatía se había disipado.

Matías levantó los hombros no encontrando una respuesta adecuada. El desconocido miró hacia la parte trasera del vagón, hizo señas y volvió a mirar a Matías.

—Sí, tú eres el hermano de Alexis, el que trabaja en la carnicería de José Miguel en el 23 de Enero.

—No, no sé de qué hablas.

—Sí, yo sé que eres tú. Alexis mató a mi hermano hace dos meses…

—Estás confundido —respondió Matías ya bastante nervioso pero tratando de no demostrarlo.

El joven miró otra vez hacia alguien que estaba a espaldas de Matías y que éste no podía ni quería ver.

—Yo tengo un hierro aquí —dijo el hombre, señalando sus caderas con los ojos—, cuando salgamos de aquí te voy a reventar, no me importa nada.

Sorprendido por la situación, Matías miró a los pasajeros más cercanos, quizá en busca de solidaridad, de compasión, o de algo que, entonces, sabía que estaba necesitando. Algunos observaban la escena con cierto morbo distanciado, a la expectativa de las reacciones de esos dos hombres, como si de un reality show se tratara; otros volvían su cara a otra parte, con indiferencia.

“Estoy jodido ¿Qué hago? No tengo plata para darle, no tengo nada, maldita sea”.

—No. Estás muy equivocado. Me estás confundiendo con otra persona…

—Yo sé que no —interrumpió frunciendo el ceño—. De esta no te salva nadie. Ni la lacra de Alexis…

Matías supo que el aparente convencimiento y el nítido resentimiento que dejaba brotar su repentino enemigo, eran motivos suficientes para temer por su vida.

—Mira, chamo —dijo Matías intentando parecer desafectado—, yo no tengo hermano, ni siquiera soy de Caracas.

—¿De dónde eres?

—De San Felipe…

—¿Y qué haces acá?

—Yo vine a Caracas a estudiar…

—¿Dónde vives?

—No vivo en el 23 de Enero…

—Dónde, dime dónde.

—Parque Central…

—¿Con quién?

—Con una amiga…

—¿Cómo te llamas?

—Matías.

“Me mira con suspicacia, no me cree. Está llamando al compañero ¿Y si son varios? Me caerán en cayapa. No, es una muchacha. Debe ser su novia. No debe tener más de veinte años ¿Qué se dicen al oído? La chica me mira de pies a cabeza y por el ruido del tren no puedo escuchar lo que se dicen. El tipo se toca el arma bajo su camisa. Ahora resulta que soy un criminal interpelado por un jurado de dudosa reputación ¡Qué desgracia!”

Mientras sus verdugos en potencia deliberaban, Matías recordaba que en otras ocasiones el hampa le había quitado un celular, un iPod y la billetera. Ahora, un par de desconocidos disertaban sobre quitarle nada menos que la vida. Sintió que el patetismo de su situación se exacerbaba hasta lo inefable sumando la presencia pasiva y convenientemente distraída de los espectadores.

De pronto, la chica volvió hacia la parte trasera del vagón y el joven se inclinó hacia Matías.

—Dale gracias a mi jeva, que dice que no eres el hermano de Alexis, porque si fuera por mí… —hizo un gesto mordiéndose el labio inferior y subiendo las cejas.

Matías no sabía qué responder y calculó rápidamente las probabilidades de provocar la ira de su agresor frente a una respuesta inadecuada.

“¿Qué le digo? ¿Gracias? ¿Lamento lo de tu hermano pero vete-al-carajo?”

Okay

“O.K., una respuesta ridícula e irónicamente apropiada: 0 Kills. Me extiende su mano ¿En señal de paz? ¿Fraternidad? ¿Si no le doy la mano se ofenderá? ¿Y si esto es como el beso de The Godfather? Le doy la mano. Sonríe, toca su hierro y se va con su chica, mi salvadora… Al llegar saldré corriendo. ¿Y si me siguen? No, mejor voy a caminar, sí, pero tan rápido como pueda, caminaré y me mezclaré con la muchedumbre, como siempre”.

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2 Comentarios

  1. @xluis: Sí, a cualquiera. De hecho, me basé en una experiencia personal. Gracias por leer y comentar.

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