Libertad es hablar con la boca llena

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Se estimo mucho el pelambre grisáceo al descubrirse en los brazos de la muerte, una mañana sin rumbo dado, el típico empleado de ayer fue a parar en la jubilación eterna (al fin vacaciones con todo pago). Abandonarse en plena faena exhaustiva del vivir, el puño sangrando de rabia, batallas sin destino, corazones rotos en botellas heridas de alcohol, el único perro fiel que nunca te deja sin un trago de miseria edulcorada.

El día en que me abandono el propósito.

Esperaba la carroza del frio deterioro cuando pudo sustraer de sus recuerdos, no poco menos que un niño con ojos armados en el infinito. Es la cobija que me deja los pies por fuera. La disponible armonía de ayer, que se evaporo con los salarios mezquinos. No amontones los enigmas para última hora le decía su escombro de corazón (o lo que quedaba de él).

La llaga que nunca se limpio por dentro infecto el exterior con toda su gracia, la película liberadora nunca filmada en condiciones de juventud vino a amargarle los días sin agenda, como sonidos balbuceando pacifismo. La extorsionada juventud le vino a pasar factura, de tanto ilusionarla con espadas de libertad y humildes cartas existencialistas con pie de página etiquetando la injusticia. Los vocablos del contexto liberador le estrecharon el cuello con sus garras de fiera enjaulada. Pero estaba comiendo y la plancha le venía lacerando el gusto por el alimento desabrido.

Fue a parar de bruces en un insulto prometedor y rimbombante, sin tener idea como manejar los comentarios insípidos de sus compatriotas de la edad. Asómense criminales de la ética, con la comida saliéndole a mansalva entre la falsa dentadura afilada. No tengo la culpa de nacer y ser una gaza más de la enfermedad, es el sistema está podrido por naturaleza.

Yo soy libre y nadie me dice cómo debo comer en la mesa.

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