Mi vida, a través de los perros (X)

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Los días posteriores al accidente fueron de intensa reflexión. Sané rápidamente de cuerpo, mas no de espíritu: había llegado muy lejos, y el estar con vida a pesar de ello me pareció un regalo inesperado e inmerecido. Lo primero que hice fue buscar a Claudia; cuando me dieron de alta supe que ella había salido un par de días antes, pero no me dejó dicho nada. Como loco pregunté por ella en todos los sitios habituales, pero no había dejado rastro. Por último fui a su casa, en donde sabía la recepción que me esperaba, pues el cuento del accidente, deformado, aliñado y aumentado, ya había corrido por la pequeña ciudad, y sabía que los familiares de Claudia no me tenían la menor estima después de el hecho (aunque antes, para ser sinceros, tampoco me tenían mucho cariño).

Haciendo acopio de todas mis escasas fuerzas morales, me atreví a tocar el timbre de la casita en donde habitaba mi novia. Pasaron unos 3 angustiosos minutos, en los cuales sudé a chorros a pesar del clima gélido omnipresente en el lugar. Cuando por fin se dignaron a abrir la puerta, apareció la tía, una matrona inmensa, entrada en carnes y en años, quien se limitó a darme una carta y a decirme «Ahora vete, y que sea para siempre».

Me quedé como una estatua, con la carta en la mano, sin saber qué hacer. No pude proferir una sola palabra, tanto porque no me dieron oportunidad como por no ser capaz de hacerlo, tal era mi vergüenza y dolor. Hamlet, a mi lado, parecía comprender lo que sucedía, y me haló por la pernera del pantalón como instándome a irnos de ese lugar. Lo obedecí, como un autómata, y nos fuimos caminando, poco a poco ya que para ese momento debía apoyarme de un bastón para poder caminar, hacia una placita semidesierta por la hora. Busqué un banquito a la sombra de un enorme ciprés, para sumergirme en la lectura de esa carta, último eslabón de la cadena que me ataba a Claudia. No pude evitar el llanto, que corrió desbocado y jubiloso de mis ojos. Lloré como no había llorado desde niño, a leer lo que transcribo a continuación:

«Tomás:

Por favor, por ti y por mí, no me busques más. Te amé profundamente, con pasión, con locura. Lo sabes demasiado bien. Pero me di cuenta de que no eres hombre para mí, ni yo mujer para tí. Necesito a alguien que me sepa dominar, y no quien complazca todos mis caprichos sin ponerse a pensar en las consecuencias. Y tu necesitas a una buena mujer, no una loca como yo que no se sabe medir.

Te echas la culpa de lo ocurrido, lo se sin necesidad de que me lo confieses. Pero desde ya te aclaro que la culpa es solamente mía. Yo te metí en ese horrible mundo del que debemos salir a toda costa, tu fuiste sólo el vehículo. El haber sobrevivido a ese espantoso accidente me abrió los ojos: juntos no vamos a poder. Para tu tranquilidad, estoy recuperándome bien; aunque al principio mi vida estuvo en un hilo, los doctores lograron estabilizarme y estoy en vías de la completa sanación.

Se me parte el corazón al tomar esta decisión, pero he comprendido que es la única cosa decente que podemos hacer. Sigue tu vida, como yo lo haré con la mía. Y trata de olvidarme. Se que que será difícil, para ambos, pero a la larga entenderás que fue lo mejor. Yo me voy de esta ciudad, que me dejó cosas buenas y cosas terribles. Pero no trates de seguirme, continúa tus estudios y dame la satisfacción de saber que te graduaste, a pesar de que más nunca nos veamos.»

Leí esa misiva. Mentira, no la leí. La estudié, la diseccioné, traté de buscarle algún resquicio de esperanza para rescatar a Claudia, pero al largo rato comprendí que esas lapidarias palabras eran el final de nuestra relación. No me dejaba ninguna alternativa, se había ido para siempre, sin dejarme el menor rastro. En un principio pensé en rebelarme, hacer caso omiso del contenido de la dolorosa carta, pero en el fondo sabía que Claudia tenía razón en lo que decía: mi débil carácter era insuficiente para contener la fuerza irracional de esa muchacha, y seguir juntos hubiera resultado suicida. Ya habíamos visto de cerca el rostro de la muerte, y no es cosa de repetir por gusto.

Debía recomponer mi vida. De vez en cuando sentía necesidad física de la droga, y pasé por unas crisis de abstinencia fortísimas; no volví a caer, gracias a la ayuda de los amigos en quienes me refugié y me volvieron a recibir sin hacer muchas preguntas, con la solidaridad que se consigue en la juventud. Pero sobre todo gracias a Hamlet: volqué todo mi cariño hacia él, y decidí que en adelante su bienestar iba a ser mi principal responsabilidad. Bastante mala vida le había hecho pasar, y era hora que empezara a tener tranquilidad y sosiego. Claro, en el fondo era un sucedáneo de Claudia. Llenaba el vacío que ella había dejado dedicándome a consentir a mi perro. Para fortalecer mis maltratadas piernas, dábamos paseos por las afueras de la ciudad, al principio cortos pero cada vez de mayor recorrido, a medida que me iba sintiendo mejor. Retomé los estudios, y pude recuperar el tiempo perdido, con tesón y fuerza de voluntad.

Las cosas comenzaban a recomponerse, para mí. Pero me esperaba un nuevo golpe de la vida, materializado a través de la frialdad de un telegrama.

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