Mi vida, a través de los perros (IX)

Diecisiete segundos. Ese fue el tiempo que calcularon mis compañeros de estudio, tomando en cuenta la velocidad que traía y la distancia recorrida por el vehículo antes de detenerse. Yo les decía que era imposible, que por lo menos debían haber transcurrido cinco minutos, dada la cantidad de cosas que pasaron por mi cabeza durante ese trayecto que me llevaba sin escalas al infierno. No es fácil narrar el vértigo, el miedo, la incertidumbre que sentí en esos 17 segundos; era como ver una película puesta a mayor velocidad, y tratar de gobernar el volante y procurar lo imposible: aminorar la marcha del enorme carro que iba casi en caída libre por la empinadísima ladera, mientras miles de pensamientos se agolpaban en mi mente. Los gritos de Claudia me aturdían, aunados a los míos. Hamlet fue el único que mantuvo la calma, sin dar señales de alarma. El paisaje volaba a nuestro lado; la colina cundida de frailejones desfilaba a velocidades inauditas por nuestras ventanillas, como cuando montaba en el tiovivo de las ferias y veía repetir las escenas sin cesar: los papás saludando el puesto de cotufas el carrusel de los chiquitos el soldado besando a su novia los papás saludando. Sólo que esta vez el tiovivo no se iba a detener cuando el operario del parque lo dispusiese, sino en el momento en el cual hiciéramos colisión contra los pinos que nos aguardaban amenazantes al final del recorrido.

Tomé una medida desesperada: así el volante con todas mis fuerzas y lo torcí violentamente hacia la derecha, procurando esquivar el bosquecito. La maniobra funcionó a medias: el carro hizo caso al cambio brusco de timón, remontando la cuesta, pero la fuerza de gravedad pudo más y volcamos. Tres, cuatro volteretas; en realidad no estoy seguro de cuantas fueron. De lo que tengo certeza es de los infinitos golpes que sufrí: en la cara con el parabrisas, en la cabeza contra el techo, en el pecho con el volante, en el brazo izquierdo cuando partí el vidrio de la ventanilla, en las piernas aprisionadas entre el asiento y el tablero. A Claudia no le fue mejor:  estaba encima de mí, bañada en sangre que le manaba de una herida en la cabeza. Al parecer había perdido el conocimiento, en el mejor de los casos. Hamlet había desaparecido. Traté de llamarlo pero no pude emitir sonidos. Supe la causa de ese impedimento a continuación: aparecieron los síntomas del vómito y regurgité una sustancia pastosa y sanguinolenta. Tenía la traquea obstruida con esa materia, y tuve la suerte de poderla expulsar; de otra manera hubiera muerto por asfixia. A todas estas el Bel Air estaba de medio lado, recostado del lado del techo contra uno de los pinos y apoyado del piso por el lado del conductor. No podía moverme, tanto por los traumatismos que había sufrido como por el peso del cuerpo de Claudia que me impedía toda movilidad. No me quedaba más que esperar.

No se cuanto tiempo pasó; pudieron ser minutos u horas. Lo cierto es que fue un período interminable, impregnado de un terrible sentimiento de culpa. Tal vez había matado a mi novia, que estaba como un guiñapo. Una inmóvil, roja y húmeda muñeca de trapo. A ratos perdía el conocimiento, para recobrarlo entre intensos pero imprecisos dolores. Creo que me dolía todo el cuerpo, sin excepción. En uno de esos momentos de lucidez creí escuchar un ruido lejano, como una especie de tumulto apagado. Y a continuación el ladrido inconfundible de mi perro. Hamlet estaba acercándose, estaba seguro de ello. En efecto fue así: al poco tiempo los sonidos eran más claros, y distinguí algunas voces diciendo: “¡Allí está!” “¡Ya lo ví, pero no debe habar nadie vivo, ese carro está destrozado!”. Eso me desmoralizó por completo: el accidente al parecer había sido gravísimo. Mi perro seguía ladrando furiosamente, aupando a los improvisados rescatistas a seguir. Cuando estuvieron al lado del vehículo, gritaron: “¿Hay alguien allí?” Como pude, emití un ronco gemido, el cual fue escuchado ya que alguien dijo: “Por lo menos hay uno vivo”. Volví a perder el conocimiento.

Cuando desperté, estaba en la cama de un hospital. Tenía la cabeza vendada, un yeso en el brazo izquierdo y estaba conectado a una botella de suero. Grité con todas mis fuerzas: “¡¡¡¡Claudia!!!!!”, y acudió corriendo una enfermera.

-Que bueno, ya despertó. Pero por favor mantenga la calma, hay otros enfermos en este cuarto.

-¿Donde estoy?

-En el hospital central.

-¿Y la muchacha que estaba conmigo?

Como toda respuesta me inyectó a través de la vía que tenía conectada al brazo derecho alguna sustancia, posiblemente un calmante, que me volvió a adormecer.

La siguiente vez que desperté tenía a mi lado a un médico. Volví a preguntar por Claudia, y me contestó:

-Descuide, ya está fuera de peligro. Por un momento pensamos que se nos iba, pero la pudimos salvar. Ahora bien, está muy delicada. El accidente le comprometió varios órganos, y tememos por su movilidad.

Estallé en sollozos, como un niño. Por mi maldita irresponsabilidad había puesto en peligro de muerte a la persona que más quería en el mundo. El médico dejó que me desahogara por un rato, y después me dijo:

-Cálmese, amigo. Y dele gracias a la deidad de su preferencia por su perro. Por él está ahora vivo.

-¿Hamlet? ¿Como está él?

-Perfectamente bien. Está montando guardia a las afueras del hospital desde el momento en que los trajeron.  Nadie lo ha podido mover de allí, casi no ha probado alimento. Ese perro es un héroe: tras el accidente corrió a la carretera, en donde se habían agolpado varias personas que habían presenciado su descarrilamiento por el barranco, y las condujo hasta donde estaban ustedes.

No pude pronunciar palabra alguna, tal era mi conmoción y gratitud. Mientras tanto Hamlet aguardaba, echado en la acera, el momento en el que me viera abandonar el hospital.

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mirco ferri sette

Narrador y cronista urbano por vocación, consultor/desarrollador de herramientas informáticas por profesión

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