EL MENDIGO

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Una mujer desvalida y con mal aspecto yacía en el suelo, parecía que nadie notaba que estaba allí al paso de la calle, solo su hedor putrefacto a orín y excremento delataban su ubicación. En ese momento César iba como de costumbre a su trabajo, caminaba apresurado porque se le había hecho un poco tarde. Al pasar cerca de la desdichada mujer, ésta le dice con tono desdeñado, “Panita dame una colaboración ahí pal desayuno”, la impresión de César al mirarla fue de indignación y molestia, por lo que le dijo secamente. “No tengo, ponte a trabajar chica, no te da vergüenza estar tirada en el piso oliendo a los mil demonios”.

Si había algo que molestaba a César, era la mendicidad, no soportaba bajo ningún concepto a los mendigos, incluso un día que un viejecillo perdido se le acerco para pedirle un dinero, le propinó un escupitajo directamente al rostro y lo mandó a morirse.

César era padre de familia, vivía con su esposa y sus dos hijos, su trabajo era su principal prioridad, podría decirse que en su papel de padre y esposo no era el más ejemplar, pero sin embargo, proveía como mandatado de Dios, los alimentos y las necesidades que su familia solicitaba. Hasta que un día, una mala jugada del destino, o, digamos mejor, una expropiación del gobierno echa a la empresa donde trabajaba, obligó a la nueva directiva a realizar una depuración de personal.

En los largos listados de reintegrados, no aparecía una frase, una letra, ninguna señal que César tuviera de regreso su puesto. Entonces tomo la iniciativa para recobrar su cargo, pero sus esfuerzos quedaron desvanecidos, cuando el jefe del departamento de recursos humanos le puso su liquidación en la mano y le dijo, “De verdad lo siento, por política del gobierno y de la nueva directiva, no nos conviene tener a personas como usted en nuestras instalaciones”, inmediatamente César preguntó, “Se puede saber que mal he hecho, cumplo a cabalidad mi horario, soy responsable con mis labores, nunca he tenido queja alguna, explíqueme por qué me hacen esto”, “Amigo en mis manos no está la decisión de restituirle su empleo, sólo me han dicho que usted ha firmado en contra del proceso, eso es todo, si me disculpa se puede retirar o llamo a seguridad”.

Por decisiones de voluntades ajenas y, con un chasquido de dedos, César pasaba a engrosar las gigantescas filas de desempleados en el país. Significaba comenzar de la nada, saltar hacia un nuevo comienzo, haciendo la salvedad, que en su hogar, era esperado por tres bocas que con el pasar de los días, se tornaban cada vez más impacientes. La situación laboral del país, no contribuía a valerse de muchas esperanzas, por cada presentación hecha para buscar trabajo, era rechazado tajantemente, ya sea por retaliaciones políticas o por escaza disposición de empleos.

Lo cierto, es que los trabajos temporales, no eran suficientes para mantener el gran gasto que significaba una familia; la tensión dentro del hogar comenzaba a sentirse, la esposa no podía trabajar por una delicada condición de salud, además tenía a rastre la obligación de velar por el cuidado de los niños. La depresión de César le apuñalaba el corazón incesantemente, lo hacía ahogarse en un vacío de soledad y frustración, que solo era mitigado por el alcohol y alguna prostituta de mala muerte que siempre estaba dispuesta para aliviar las cargas seminales de cualquier miserable hombre.

Una noche, César llegaba furibundo a su casa, por una apuesta perdida en un bar, su mujer angustiada le pregunta, “Qué te pasa, porque gritas y tiras las cosas, no ves que asustas a los niños”, en ese mismo instante le contesta colérico, “Cállate puta desvalida, tú y esos niños me tienen harto; cansado, lo que hago es trabajar de sol a sol para nada, ustedes son un estorbo”, en ese mismo instante un puñetazo en forma de martillo fue propinado en la frente de la endeble mujer, haciéndola desmoronarse en el instante, caída en llanto, le dice, “ Eres un desgraciado, vete ya!, no te soporto, bueno para nada, maricón”, César atónito por lo acontecido dijo, “Me largo de aquí y ten la seguridad de que no me volverás a ver jamás en tu miserable vida, ahora sabrás que es sudar el culo, para darle de comer a tus hijos perra del coño”.

Desde ese último altercado, habían pasado diez años en los que no hubo rastro ni contacto de César con su familia, la vida para este pobre hombre transcurría como una muerte lenta, plagado en sus viejos y nuevos vicios, trataba de sosegar sus penas tirado en un callejón, deseando que un poco de cocaína fuese inyectada en uno de sus brazos, para poder ser llevado al éxtasis y olvidarse por unos cuantos días de su desgraciada realidad. César se había convertido en lo que tanto rechazaba, era un mendigo más de la calle, un fantasma que vagaba sin rumbo por los callejones sin poder ser notado, su mente era otra, su cerebro y su conciencia habían sido destruidos por los tiempos de placer y éxtasis propinados por las drogas y el alcohol.

Un día bien temprano tirado en una calle cualquiera, se acercaban en dirección al él dos jóvenes, en edad más que adolecentes, venían murmurando cosas de interés para mozos de su época, cuando ya estaban lo bastante cerca de César para que éste pudiera ser escuchado, se levanta como puede del suelo y se planta cara a cara frente a los personajes y, con cara perdida y retraída les dice, “Panitas por favor ahí, tírenme unas Lucas que no he comido nada” entonces los muchachos fijan sus miradas el uno sobre el otro, como si pensaran lo mismo y, en un movimiento rápido empujan a César, haciéndolo caer al suelo, luego espetándole par de escupitajos le dicen, “ No joda viejo de mierda, parásito, no te vamos a dar un coño, ponte a trabajar por nosotros que te mueras de hambre”.

Siguiendo adelante, uno de los jóvenes le dice al otro: coño chamo a ese tipo me dio la impresión de haberlo visto antes, no vale no seas marico es vaina tuya, en dónde conociste un pordiosero como ése, pues sí, tienes razón en dónde. Chamo por cierto, que será de la vida de nuestro papá, pues ni pendiente, ya ese tipo no pinta nada, tanto así, que si lo llego a ver ni lo conozco.

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