panfletonegro

Estreno de Zamora en el Teresa Carreño: una telenovela personal( ahora por tiempo indefinido)

Cuarto Capítulo: El Nuevo Mundo de Fantasía

Lee la primera parte aquí

Las fallas estructurales persisten en Plaza Venezuela, a pesar de los cambios gatopardianos. El acceso sigue siendo incómodo y peligroso desde las calles contiguas, y la amenaza de morir atropellado al contemplar la fuente permanece latente. Verbigracia, repito, casi me llevan por delante al cruzar la calle.

Al otro lado de la acera, pude respirar en paz, por el instante. Me restan 4 minutos y medio para abrir mis sentidos, cerrar mis investigaciones de campo y extraer resultados empíricos.

Yo escucho consejos de los colegas para llegar a viejo. No soy inmune a las criticas. Si Leo Campos me invita a patear la calle para ser mejor como periodista, pues yo lo atiendo y lo complazco. El tiempo dirá si tiene razón.

Apenas levanto la mirada y paro la oreja, la contaminación audiovisual del lugar me revienta los tímpanos y las retinas de sopetón con la banda sonora del show de luces, constituida por siete piezas del repertorio clásico: «Florentino y el Diablo» de Alberto Arvelo Torrealba, «El Diablo Suelto» de Heraclio Fernández, «Fantasía Caracas» arreglos de Sergio Elguin, «Fuga Criolla» de Juan Bautista Plaza, «Transición: Carrizos de Guaribe» recopilación de Carlos García, y «Sinfonía Nuevo Mundo» del compositor checo Antonin Dvorak.

http://www.youtube.com/watch?v=wZ2iOd893cg

Un popurrí o un pastiche de seis pasajes criollos y uno internacional, con forzadas alusiones a la Quinta República. De tal modo, la cursilería nacionalista se viste de gala para encumbrar un proyecto de ideologización masiva, bajo el auspicio de PDVSA, El Centro de Arte la Estancia y la Alcaldía de Jorge Rodríguez, a un costo de inversión de 10 millones de bolívares fuertes(reconocidos). Vayan sacando la cuenta a la luz del estreno de Zamora. Después hablaremos del presupuesto concedido, a dedo, a Román Chalbaud.

La idea de los promotores de la remodelación, es emular “el estilo de la fuente de Montjuic en Barcelona”, a efecto de estimular el turismo y recuperar el amor de los caraqueños por su ciudad, al margen de “los centros comerciales”. De entrada, una batalla perdida, si comparamos la pírrica concurrencia de la Plaza con la enorme afluencia de gente hacia el Sambil, el Recreo, el Tolón y para usted de sumar. Por supuesto, no es cuestión de amor, es cuestión de seguridad y de paradigma de pensamiento.

Guste o no, el pueblo llano del oeste y la sociedad civil del este se refugian en los Malls, como una alternativa para escapar de la delincuencia, sin renunciar al derecho aspiracional de gozar de su tiempo de ocio en familia y en compañía del colectivo anónimo, a costa de dejarse secuestrar por los paraísos efímeros de la empresa privada.

De cualquier modo, y como diría Baudrillard, es una comunicación dual y compleja, donde el receptor participa del juego del emisor y viceversa, en estado de inconsciencia voluntaria, si me permiten el oximorón.

Naturalmente, el centro comercial como fenómeno cultural no es una solución o una cura real para la enfermedad crónica de la ciudad, pero al menos cumple con responder a la circunstancia, al fungir de pañito caliente o de sedante para aliviar el dolor del padecimiento terminal. Si Caracas es un cáncer, los centros comerciales son una manifestación simbólica de su metastasis.

De igual modo vendría a serlo la Fuente de la Plaza Venezuela, al remedar el esquema Hollywoodense del parque temático, justamente cuando, como dice Umberto Eco, la banalidad global tiende a promover el modelo Disney como tabla de salvación para la humanidad, a paso de cangrejo. Es decir, a la usanza de los antiguos musicales de la Metro, coreografiados por Bubsy Berkeley, para brindar circo en vez de pan, al pueblo desesperado y carenciado de la depresión, necesitado de afecto, de protección paternalista y de evasión.

Así pues, la Fuente de Plaza Venezuela es una gigantesca operación cinematográfica, con efectos especiales, para desviar la atención, alimentar el escape y sustentar la ilusión redentora del socialismo del siglo XXI. Todo muy en sintonía con el lanzamiento de “Zamora”.

Habían pasado dos minutos y los acordes marciales de “Florentino y El Diablo” retumbaban en mis neuronas maltrechas, provocando un daño cerebral irreparable. A la derecha, unos policías matraqueaban, como siempre, a unos infractores ocasionales en una alcabala móvil. La extorsión combinaba a la perfección con el trasfondo del decorado.

Alucinado e hipnotizado, recordaba las palabras proféticas de mi mejor amigo,Modo, ingeniero de sonido de profesión: “brother, el despotismo nacional como cultura es equivalente a nuestra mala costumbre de subir el volumen de cualquier amplificador, para no escuchar a los demás y obligarlos a ceñirse a nuestros designios”.

Los niños, los padres y los transeúntes acompañaban el ritmo con el cuello y las manos, mientras las piernas aguantaban erguidas el impacto del concierto hueco, en la tradición de Dudamel.

Yo, en paralelo, pensaba para mis adentros: ¿de verdad, la música clásica nos representa en la actualidad? ¿Por qué no hacer un repertorio con la música favorita de las mayorías, para acabar de sellar, de una vez, el pacto demagógico de no agresión con el populismo?¿Para cuándo un mosaico no de la Billo, sino de Chino, Nacho y compañía, auténticos iconos del descalabro de la música contemporánea, más allá de las razas y de las clases sociales?¿Por qué somos tan hipócritas? ¿Por qué tenemos miedo a reconocernos en el espejo, en el espejo de agua y de narciso?¿Porque se nos devolvería una imagen terrorífica de nosotros mismos, como el autoretrato de Mister Jeckil y Doctor Hyde?

Ya era hora de partir hacia mi destino. En el trayecto, una muchacha servicial de la Alcaldía me entregó un volante sobre las condiciones y características de la remodelación.

A continuación, y para terminar con el capítulo de hoy, se los transcribo. El que tenga ojos, que vea.

La seguridad de la Fuente está a cargo de Mobotix, un sistema de circuito cerrado de televisión y telemetría que vigila constantemente las áreas internas y externas de este patrimonio, transmitiendo imágenes a tiempo real y data de funcionamiento de los sistemas matrices al CECON (Centro de Control de PDVSA La Campiña), a fin de detectar irregularidades y realizar acciones correctivas de inmediato.

Además, censores colocados estratégicamente alrededor de la Fuente perciben el más mínimo movimiento de personas que traspasen el perímetro de seguridad; al cruzar esta circunferencia se activan los altoparlantes para advertir al transgresor de su acción. Si el infractor o infractora reincide en su acto, reservistas y fuerzas policiales se apersonarán en el área para evitar daños al patrimonio.

Sigue al quinto capítulo.

Salir de la versión móvil