Invierno nuclear

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I
Me despierto y oigo una nota quieta de un bajo paralizado,
del bajo rojo dentro de mis mejillas palpitantes.
Esta prueba de sonido no termina:
es el bajo eterno, el trío que no se acaba,
el que suena y resuena más abajo que arriba;
el que corre rápido como el mar y no cesa
en su marea perenne y rítmica:
va rápido, corazón rápido,
rápido, corazón, rápido palpitante;
rápido corazón.
Avanza ciego, el bajo,
guiado sólo y solo por su propio sonido,
el que resuena, el que reverbera entre las paredes
salta alegre y grave, con vida y sin vista,
y no viendo tropieza y empuja, me empuja,
y me sigue empujando hasta lanzarme de la cama.

II
Me despierto y veo la puerta abierta, dejando entrar la luminaria:
es la visión del bajo,
el rayo azul,
el rayo verde,
el rayo marino y celestial.
Él suena, como el bajo, y reverbera en las paredes,
las pinta de sus colores:
de verde
y de azul
y de mar y de cielo.
Deja entrar el frío de las bombas
que explotan verdes y azules,
que estallan en el mar y en el cielo.
A través de la terraza se cuelan los copos verdes,
la verde nieve del frío madrugador de todos los días.
¡Quiero la paz, quiero el mar!
El haz refulge en la habitación
y me pinta la mirada:
un ojo verde, el otro azul;
una pupila ve el mar, la otra refleja el cielo
que están en el rayo azul-verdoso
que entra por la puerta de la terraza y, como el bajo,
me expulsa de mi catre.

III
Me despierto y veo el reloj dañado en la oscuridad.
Ya no hay ni bajo ni rayo:
puedo escuchar los engranajes, puedo verlos a través de la negrura
y a través de las agujas y el plástico y los números.
Esta vez siento también,
no el frío de la nieve verde –la puerta está cerrada y oculta–;
más bien siento el tiempo como pasa,
siento mi cara dormida;
siento los aros del reloj en la pared, girando.
Siento la hostilidad de los aros que me duermen la cara
y que me la dejan inerte.
¡Más tiempo, quiero más tiempo!
No me dan los segundos para despertarme otra vez
y después volverme a quedar dormido,
y volver a repetir el mismo ciclo
sintiendo las agujas punzantes y los arcos en pugnas que me acechan,
y me atacan, e invaden finalmente mi lecho.

IV
Me despierto y oigo a un perro chillando detrás de la puerta
¡Tráiganme el bajo, tráiganme el rayo!
Pero la puerta se mantiene cerrada,
sólo chillando y ladrando de vez en vez,
y gruñendo en otras.
Es un perro nada más, pero está acompañado por el toro,
el toro verde, el susurrante,
el que gruñe y vomita las sierpes del color de su pelaje.
Toro bravo, ¡come, por favor, las hormigas que entran!
Ellas se cuelan dentro,
se esconden del perro y no le temen al toro;
se arrastran y escalan los hierros y habitan el colchón,
respiran dentro de él,
y se cuelan en mis sábanas.
Admiran mi cara dormida
–el toro gruñe, el toro teme–
y procuran no despertarla mientras me levantan
–el toro teme, el toro gruñe–
y me lanzan del tálamo.

V
Me despierto y veo la luz del día, con todos los problemas corregidos,
pero con una figura oscura detrás de la cortina
(puede ser un murciélago).
¡Claro! La puerta abierta,
el bajo,
el rayo, la puerta abierta,
el toro, el perro, las hormigas.
Ahora que puedo ver, no veo nada más que la figura velada
y que no se mueve ni respira.
Ahora que puedo escuchar, no escucho nada.
Ahora que puedo sentir, no siento nada más que un ligero temblor;
y escucho también sus ruidos [del temblor], los de los saltos de los gatos:
siento sus vibraciones.
Ahora que puedo oler, no huelo más que mis dedos
manchados en las puntas
y dormidos, hormigueando.
Ahora que puedo observar, ver, mirar más que el bulto negro del cortinaje
me encuentro dentro de dos columnas que me sostienen.
Ahora que puedo saborear, no saboreo más que el suelo:
el murciélago me despidió de mi hamaca.

VI
Me despierto y veo sombras volando a mi alrededor.
Siento la bomba interna del miedo,
siento el frío verde del derrame
y siento el rayo que sale de mi boca, que borra mi mirada.
Siento el invierno nuclear de mis entrañas
y el ¡BOOM! de los sapos y bufones.
No respiro, no siento el aire, no siento la sangre:
se han congelado las venas
y mis pulmones están llenos y repletos de nieve;
sobreviven aún, presionados,
apretados contra mi pecho cada vez más pesado
que se inclina a mi derecha, a mi derecha,
fuera de la litera.
Mientras puedo, tardo en darme cuenta que todo es maldito.

Animus a Nemo,
15 de mayo de 2009

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