Caso: Silencio…

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Caso: Silencio…

-…Si las gotas de lluvia se pudiesen contar… Bueno, en realidad se pueden contar, por medio de procedimientos matemáticos y ecuaciones de cálculo que en este instante resultan difíciles para mí. Lo cierto es que en ese momento ni siquiera noté que estaba lloviendo, lo único que cabía en mi presente era ese par de ojos enormes mirándome, recitando algún poema en un idioma que no conocía. Tal vez ese idioma era la clave de todo aquello que estaba sucediendo, y no lo entendí. Tal vez ese poema era demasiado profundo y no supe interpretarlo.

Es increíble ver a la muerte alargándote la mano para darte un apretón y saber que no es a ti a quien quiere. Sentir sus huesudas manos arrancándote una vida de las tuyas, ser el único hilo dorado que puede mantener el alma junto al cuerpo y regalar una bocanada de esperanza, y sin embargo no lograr hacerlo.

Hubiese querido poder contar las gotas de lluvia en ese instante para separarme de toda responsabilidad, no prestarle atención a ese momento, ser indiferente como la mayoría, de sangre fría, como los que no saben, como los que viven para sí mismos.

Pero allí estaba yo, sosteniendo un peso de 50 o 60 kilogramos entre mis brazos, escuchando vagamente los murmullos de la selva, y viendo esos ojos café que me gritaban algún poema.

No supe cuando paró de llover. Estuve a su lado toda la noche mientras el aullido amazónico del amanecer alborotó a las aves que estaban silentes en los árboles altísimos.

Mi presencia nunca fue necesaria, pero no pude separarme de mi carga, que aunque pequeña, pesaba, dolía y me miraba sin mirarme. La tarde anterior había sido tan tranquila, solo la cascada cantaba, y yo reposaba mientras esperaba atentamente a la presa ideal escondido tras un matorral.

¡Hubiese querido que gritara! , que esas piernas endebles se hubiesen convertido en veloces zancas, que sus reflejos hubiesen sido asombrosos, o mejor, que nunca hubiese estado allí, pero no. Entre la neblina y los matorrales apareció la presa perfecta, oculta tras la hoja grandísima de una planta que jamás había visto.

Se movía sigilosamente, procuraba no hacer ruido para espiarme tranquilamente, pero yo sabía que estaba allí, que esperaba ser cazada, esperaba por mi bala. Hasta que el disparo retumbó luego de que una gota de sudor nerviosa resbaló por mi frente. Maldita confusión…

Al acercarme a buscar mi trofeo, me tope con esa mujer, la dueña de esos ojos cafés abiertos solo para mí, con su cara inexpresiva decorada con colores vivos, esos rasgos aborígenes , y un río escarlata que brotaba de si, una mano diminuta que obstruía el agujero de entrada de la bala y ese maldito poema que no entendía.

El silencio nos cosió la boca, al menos a mí, porque a ella ya se la había cosido hacia mucho tiempo. Un fantasma le robó la voz al nacer, pero le dejó esos ojos café que hablan en un idioma que no pude entender.

Ni un lamento, ni un gemido de dolor, nada. Podría jurar que no sentía nada, si no fuese por esa mirada.

La tomé entre mis brazos y su cuerpo desnudo y pequeño temblaba, pero no entendía el por qué no emitía ni el menor sonido, al igual que yo.

Estábamos perplejos, deslumbrados y nerviosos, desconocidos el uno para el otro, ambos furiosos conmigo. Luego corrí con ella entre mis brazos por la selva sin saber a donde ir y sus ojos fijos me observaban como queriendo recordar la tarde más desgraciada de su vida, la más apacible y silenciosa también.

Jamás había visto esa mirada en alguien, ni esa sencillez, ni esa belleza que yo había liquidado. Y me sentí miserable, y no pude ni por un instante apartarme de ella ni de su traje escarlata, ni deshacerme de mis nervios, ni de mi trágica furia contra mi mismo.

De rodillas caí al pie de un árbol luego de largo rato, debajo de la lluvia que no había notado, preso en ese silencio, enamorado de esos ojos sin vida y de esa boca que no decía nada, estupefacto hasta que el sonido del amanecer me sorprendió.

Eché a correr. Dejé atrás la selva y a la india con sus enormes ojos café. Ahora no sé donde estoy, y aún intento descifrar ese idioma visual, el mensaje de esos ojos que no me dejarán dormir jamás. Desde entonces no hay nada más que decir, no hay nada más en mi mente… No quiero regresar a la selva eso es todo.. Ahora que lo sabe… quiero volver a mi habitación.-

Y con un susurro tranquilizador el doctor Santander se dirigió a su paciente, -Tranquilo Rodríguez, todo va a estar bien… continuaremos luego, no te regresarán a la selva… Es una promesa.- ¡Guardia! , lleve al teniente nuevamente a su habitación.-

:L:G:T:S: 24ENE08

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