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Hablemos otra vez del Bien y el Mal

Un Scorsese de siete puntos.

TITULO: Los infiltrados
TITULO ORIGINAL: The Departed
GENERO: Thriller
DIRECCION: Martin Scorsese
GUION: William Monahan
INTERPRETES: Leonardo DiCaprio, Matt Damon, Jack Nicholson, Mark Wahlberg, Martin Sheen, Alec Baldwin, Anthony Anderson, Vera Farmiga
FOTOGRAFIA: Michael Ballhaus
MUSICA: Howard Shore
MONTAJE: Thelma Schoonmaker
ORIGEN: Estados Unidos (2006)
DURACION: 152 minutos

Desde que comienza esta película juega su cartas dándolas vuelta sobre la mesa y allí está la trampa: nadie cree lo que ve. Una vez más la visita al mundo de Alfred Hithcock: cuando todo parece claro es cuando está más oscuro.
Mérito de la realización es que el resultado final, al menos visto desde el escepticismo argentino, es absolutamente real. Por momentos parece un noticiero de actualidades policíacas.
Quienes ven la serie televisiva The Shield ya no se sorprenden de la brutalidad de los métodos policiales y las infiltraciones cruzadas. Quienes leen los diarios de Argentina, tampoco. Hay momentos en que el Bien y el Mal, lo legal y lo ilegal, tienen como frontera una cortina de tela transparente que se vuela y permite pasar de un lado u otro con comodidad.
En la película el único personaje que quiere -y logra- ser policía, en el sentido que nunca debió de abandonar de la palabra, es el sospechado permanente. Y quien da la imagen de seriedad, rigor, respeto, es desde su niñez un corrupto.
Entre ambos, un torrente de perfiles con aristas parecidas a las de uno u otro color.


Hay subtextos muy valiosos que pasan desapercibidos:
La homosexualidad latente del personaje correcto, su disfunción con la novia psicóloga, la paternidad supuesta de un hijo producto de infidelidad, la charla donde se remarca que debe tenerse anillo de casado para fingir que la sexualidad es la correcta, el encuentro con el gran gángster en un cine pornográfico para gays.
Las relaciones padre hijo. Constantemente se menciona, relaciona y describe cada familia de los personajes. El gran gangster exhibe sexo por todas partes pero flota la sospecha de su homosexualidad –se lo dice una puta como al pasar- y se subraya la falta de hijo propio. El personaje adoptado como hijo le reprocha el tema a su Godfather antes de matarlo.
Lo masculino y lo femenino: hay dos situaciones donde la menstruación es mencionada como puerta a la sexalidad de una mujer o como muestra de homosexualidad en un hombre. El feto que gesta la psicóloga tiene: “algo que, parece, es un pene”.
Lo religioso, desde ya. Desde el demasiado evidente marco rojo y las sombras que rodean al Gran Gangster diabólico hasta la falta de un Dios real en la pantalla y el pase de cuentas sobre la paidofilia y otras lindezas que suelen frecuentar los sacerdotes como atestiguan diarios del mundo entero.
Las matanzas finales son impecables desde lo real. Así se define una película. Nada de diálogos dilatados entre quienes morirán y quienes matarán. Nada. Siempre se muere sin saber por qué.
El final es excelente, a no ser por una absurda y redundante rata puesta en la pantalla para espectadores que recién se despiertan. Es un gran golpe la imagen de la cúpula de oro, ese vellocino que adora el trepador desde el comienzo.
Respecto de los actores, el casting es muy bueno: logra que los dos antagonistas se parezcan físicamente y consigan una confusión en el espectador, ya que el Bien y el Mal constantemente se parecen.
Leonardo Di Caprio es el que mejor consigue meterse en el papel. Matt Damon sigue siendo aquel Bourne en busca de identidad y Jack Nicholson repite sus mohines, excepto algunos momentos muy aislados. El resto de actores de reparto muy conocidos está bien.
La historia tiene situaciones forzadas que no se resuelven bien (el sobre que le deja el personaje bueno a la psicóloga y no sirve para nada porque hubo otro sobre idéntico que sí se revela) y por momentos hace que el espectador se distraiga o aburra con su longitud excesiva.
Tanto la fotografía como la música son de primera calidad y están al servicio de la historia.
Alguna vez Scorsese declaró que, en el lugar donde nació –Little Italy, en USA, barrio donde también vivió la infancia Astor Piazzolla- la opción de futuro era limitada: policía, ladrón o sacerdote. De eso trata Los Infiltrados. Nada más. Nada menos.

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