virginal tesoro

Dos dientes al suelo. Sangre derramada al pie del árbol más viejo de la plaza, ese que llaman el “Chucho Milagroso”. Con la cabeza gacha y la camisa a medio rasgar a la altura del cuello; Tito se enfrentaba a su contrincante de la noche. Soplete regalo su ultimo cigarrillo a Laurita, que bañada por la luz de la luna parecía una hermosa lagrima de diamante en medio de la miseria. Tito saboreaba la sangre en su boca, no era diferente a otras noches, está había sido un capitulo agregado a su vasta carrera de peleador callejero. Solo que Laurita se había atravesado entre él y su compinche Soplete. Esta mujer: piel canela, ojos achinados, melena agresiva. No podía apartar la vista de ella. Ella era la noche, la lluvia y el amor. Y si no existieran las mujeres, tal vez, quien quita que los hombres no tengamos por qué pelear. Así pensaba con un dolor de cabeza tremendo, la barbilla entre las manos, adoloridas por los golpes, la cara huesuda de Soplete, un maldito muro.

  • Hermano no quiero que volvamos a pelear por mujeres.
  • Si tú lo dices, pero te juro que me pagaras los dientes que me tumbaste.
  • Tranquilo viejo. La noche es joven aún. Todavía ando seco.
  • Yo ya no quiero tomar.
  • Pareces una niña malcriada. (Se reía a carcajadas Soplete)
  • Tú qué sabes rata. Yo amo a Laurita.
  • No, no me vengas con novelitas. Vamos a regresar con los demás. El ron se lo chupan rápido estos malparidos.

Feliz de tener una sonrisa de boxeador Tito se incorporó, las manos adoloridas por ablandar golpes contra un muro. La jodida cara de Soplete, pensó. Laurita debe estar en su casa, no le gusta que Tito se pelee por ella. Ella va al colegio de Nuestra Señora del Rosario, a dos cuadras del museo de arte colonial. Entre todas sus amigas brilla como una estrella fugaz. Su forma de caminar, especial, fisura en el tiempo y espacio. Frontera entre dos mundos: la miseria y el amor. Allí se mantenía Tito, a raya como un prisionero. Ese país que era Laurita, se mantenía inaccesible para él. O cualquiera que buscara vida después de la muerte. Es decir, enamorarse de ella. Tito la espera a la salida del colegio, con una rosa, la camisa de cuadros que no se quita ni para ir al baño. Pantalones raídos por el tiempo, el cabello bastante corto pero despeinado. Sin duda un tipo valiente al querer conquistar a una mujer con semejante pinta. Tito ojos de canario busca entre los muchachos el que le quitó su yesquero, debe ser Micky, el bocón del grupo, nunca se queda callado en lo que debería quedarse callado. Abre su boca al primer contacto con un toque de ron. Es como un loro, habla con caña.

  • ¿Cómo te fue con Soplete, rata? Se lanza hacia atrás, un buche de ron lo acompaña.
  • Casi lo jodo, pero el perro me agarró descuidado.
  • No cambias Tito, siempre buscando peo.
  • Deja de hablar paja y pásame un cigarro. Me duele la garganta.
  • Dale, pero la próxima pelea apostamos a que te tumban 3 dientes.
  • Eres un malparido Micky. Al que le van a tumbar los dientes es a otro.
  • Cálmate, papi. Al grano, que dejamos el billar a medio juego por tu culpa.

Tito pidió una birra en la barra y, volvió a la mesa de pool, el bar “Mara” se encontraba casi vacío, una chica de vestido negro conversaba con un vejete en la barra. Tenía buenos pechos, le pareció que últimamente la había visto con el mismo tipo. Tal vez fuera una niña iniciándose en el arte horizontal: ganan bien, les dan comida y vestido, gimnasio y tetas de plástico para vender. No está mal, nada mal. Micky lo apuró desde el otro extremo de la mesa, Soplete fumaba como una puta en celo, nervios le sobraban. Tenía la nariz rota, el humo del cigarro le raspaba al respirar. Tito se tomaba su tiempo para jugar, no comía casquillo de sus compañeros. Los vagos con que mantenía una conexión particular. Eran un organismo único, por separado eran nada. Pero juntos podían hacer cualquier cosa. El clima del bar se sentía pesado, por momentos una neblina densa ocupaba el espacio que estaba destinado a las potenciales parejas para bailar, pero esta vez algo podía manchar la noche. Por alguna extraña razón la chica del vestido negro le clavo una cachetada al vejete con que conversaba, la situación se tornó fea. El viejo se vino encima de la chica, y le dio un puñetazo. Acto seguido la chica lo escupió en el rostro, el viejo maldiciendo a boca de jarro busco entre los bolsillos de su chaqueta de cuero, develó una pistola automática que al instante descargo en el pecho de la chica del vestido negro. Un enorme charco de sangre ensució gran parte del bar. Un revuelo de gritos no se hizo esperar, atendiendo a los llamados de auxilio de otras chicas entre varios hombres lograron inmovilizar al viejo pistolero. Tito y sus amigos terminaron la botella de ron, estaban tan borrachos que todo tenía el bello cariz de la fantasía. Se apresuraron a salir. Afuera del “Mara” Tito volvió a retar a Soplete. Un segundo round, esta vez no fallaría. La recompensa: Laurita y su virginal tesoro. Su pasaporte a la redención.

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