Primer concurso de arte contemporáneo iberoamericano del Canal-Ito

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1premio Todo empezó por mera casualidad. Encontrar esa pieza de madera en medio de la calle, como si lo estuviera esperando, fue tomado por él – a pesar de considerarse un escéptico en todo lo que tenía que ver con la cábala y las supersticiones – como una señal. La forma del objeto, una especie de K, llamó su atención de inmediato, pues esa era la consonante que encabezaba el nombre de la mujer que lo tenía obsesionado pero estaba fuera de su alcance. Sin pensar mucho en qué le serviría, decidió llevarlo a su casa.

Pero retrocedamos un poco. Leonardo venía de una serie de fracasos en el campo laboral que en poco tiempo le dieron de manera paradójica lo mejor y lo peor en lo que a calidad de vida se refiere: todo el tiempo libre al que pudiera aspirar, pero una cuenta bancaria ridícula, casi inexistente. Había sido un consultor en materia informática con relativo éxito en los 90, pero la rápida evolución del campo, junto con las nuevas generaciones de programadores, auténticos “baby boomers” tecnológicos, lo habían relegado a posiciones de segunda y poco a poco se encontró fuera del juego. Apenas conservaba un par de clientes que de tanto en tanto, y casi por lástima, le encargaban algún proyectico menor. Eso explicaba que anduviese paseando por aquella calle un día miércoles a las 2:30 de la tarde. Era un expediente que utilizaba a menudo para matar el tiempo y buscar ideas que lo sacaran del hueco en el que estaba metido. No se preocupaba por su propia subsistencia, pues se había habituado a sobrevivir con poco, pero sí por los seres que tenía a su cargo: dos enormes labradores que demandaban grotescas cantidades de comida a diario. Eso lo tenía agobiado, pues cada día le era más difícil cubrir sus necesidades, tanto por lo costoso del alimento como por la escasez generalizada, que lo obligaba a recorrer varios comercios en su búsqueda.

Al llegar a su casa metió la K gigante en un clóset y se olvidó de ella, hasta que un par de semanas después de su hallazgo se encontró con una noticia inverosímil mientras navegaba por internet, aprovechando el wifi libre que algún vecino samaritano o ingenuo había dejado libre (su propia conexión había sido cortada hacía meses por falta de pago). La noticia la leyó en Twitter: un programa de televisión, dedicado a las manifestaciones artísticas, había anunciado un concurso de arte contemporáneo, que prometía un premio de cien mil dólares a la obra que resultara ganadora. Para garantizar la imparcialidad del veredicto, el concurso contaba con un jurado compuesto por los nombres más importantes e influyentes en el mundo de las artes en Iberoamérica. Leonardo no sabía nada de arte, pero la cifra se le grabó en la mente, y por asociación de ideas recordó la pieza que había recogido cual ropavejero en la calle. ¿Y si intervenía la pieza de alguna manera, y la transformaba en algo que pudiese considerarse arte conceptual? Total, había visto en sus visitas esporádicas a museos y galerías algunos esperpentos que pasaban por obras valiosísimas. Cien mil dólares le garantizaban toda la estabilidad que requería por el resto de su vida, y comenzó a fantasear con la posibilidad de ganar el concurso.

Leonardo habrá podido ser poco hábil o poco afortunado en los negocios, pero tonto no era, así que urdió un plan para tener algún chance. Sabía que el plagio, cuando es demostrable, es causa de descalificación automática tanto de la obra como del autor, por lo que hizo la investigación más exhaustiva de la que fue capaz, navegando por los sitios de galerías de arte en la web y acudiendo a la biblioteca nacional. Después de muchas horas de revisión, pudo alcanzar una razonable certeza: nadie reconocido había expuesto nunca una obra parecida a la que él pensaba realizar.

A continuación se enfrentó al objeto: lo examinó desde todos los ángulos, tratando de buscar inspiración para intervenirlo de una manera original. Era de madera natural, sin pintar ni barnizar. De ángulos rectos, sin lijar. Tenía varios rayones profundos, casi que rasguños, y estaba manchado de grasa negra, como la que dejan los carros pegada al piso. Trató de imaginar cuál había sido su uso original, pero no pudo desentrañarlo. Al parecer hizo parte de algún tipo de proyecto fallido, y fue arrojado sin muchas ceremonias a la calle, tal vez como muestra de la frustración que embargó al fallido constructor. Pero ahora, si tenía la fortuna suficiente, iba a redimir a aquella K.

Ensayó múltiples posibilidades, pero ninguna de ellas lo satisfizo.Su nula aptitud hacia el arte, aunada a sus escasas habilidades manuales, no le permitieron elaborar nada interesante. Después de algunas semanas de intentos sin resultados, viendo que se acercaba la fecha de clausura para la recepción de las obras participantes, tuvo una repentina inspiración: mandaría el objeto sin intervención alguna, tal cual lo había recogido de la calle. Apenas le pasó una capa de sellante por encima, sin limpiarlo previamente, para preservar los manchones que ostentaba.

Embaló con mucho cuidado su pieza, y elaboró las plicas exigidas por el concurso. En una de ellas debía constar el seudónimo del autor y el nombre de la creación, en la otra irían los datos personales del artista. Eligió como nombre postizo “Pascal”, en honor al primer lenguaje de programación que había utilizado en la universidad, y a la obra, en un alarde de simpleza, la bautizó como “Consonante para mi soledad”. Una vez entregadas la obra y las plicas en la recepción del Canal-Ito, como se llamaba la planta de televisión que promocionaba el concurso, sólo le quedó esperar los dos meses que faltaban para que fuese anunciado el veredicto del concurso.

El tiempo le pasó muy lento, y a medida que transcurrían los días iba creciendo su esperanza. Aunque su lado racional le aconsejaba desechar la idea de que tenía el más mínimo chance de ganar, una vocecita en su interior le decía que eso no era imposible. Ya cuando faltaba poco para que se anunciara el veredicto, se aferraba a esa posibilidad como si fuese la última oportunidad de lograr algo en su vida, y en su mente disponía de la fabulosa cantidad, que emplearía en viajes y lujos que hacía años no se concedía. Y en un apartamento mayor al que habitaba, una ratonera insuficiente para albergarlo a él y a sus perros.También llegó a fabular que, gracias a la fama procurada por la victoria en el concurso, su amor imposible, la dueña del nombre que comenzaba por K, llegaría a fijarse en él, por fin.

El día pautado para el anuncio del ganador del concurso se instaló frente al televisor Sony Trinitron y trató de sintonizar de la manera menos penosa posible el canal, haciendo malabarismos con la antena de bigotes. Cuando logró una imagen más o menos aceptable se sentó en la única poltrona de su hogar a esperar que fuera la hora. Tras unos treinta minutos de banalidades intercaladas con publicidad, un locutor en off anunció el comienzo del programa. El conductor del mismo, con su voz engolada, habló un rato sobre la importancia del arte en general y la del concurso en particular, deteniéndose un largo rato para alabar la filantropía del mecenas que había financiado el concurso, nada menos que el dueño del canal. Acto seguido, anunció la lectura del veredicto del jurado. Leonardo no podía con los nervios, pues en ese momento estaba convencido de que podía ganar. El veredicto que leyó el locutor estaba redactado en los siguientes términos:

“Nosotros, J.B, A.Z, y N.Q, en calidad de jurados del primer concurso de arte contemporáneo iberoamericano del Canal-Ito, declaramos como ganadora por unanimidad a la obra denominada ‘Inicial’, del artista identificado con el seudónimo Nicholas Schmutzigenarsch, por la original conceptualización de una obsesión recurrente mediante el acertado empleo de materiales primigenios casi sin intervenciones externas, logrando un significado que va más allá de la intención plástica del autor, quien una vez abierta la segunda plica resultó ser el conocido escultor Braulio Sarmiento, miembro emérito de la escuela de artes figurativas Salomón Rengifo”.

A continuación apareció en pantalla una imagen de la obra. Leonardo no pudo dar crédito a lo que estaba viendo: se trataba de una M, de gran tamaño, de madera sin tratar, con manchones de grasa y arañazos sobre toda la superficie.

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