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Adopta a un Nicolás y edúcalo

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Hace algunos atardeceres tuve una acalorada discusión con una compañera de trabajo por un tema que de seguro más de uno habrá tenido durante su permanencia en Venezuela: la terrible situación económica y social.
Su posición, válida e innegable, es que estamos en un panorama de supervivencia donde las funciones más básicas para las que fuimos preparados en la universidad -o donde se nos entrena durante la escuela- se las consume poco a poco la rutina de buscar papel sanitario entre varios supermercados o de analizar las bolsas del transeúnte a ver qué producto de la cesta básica consiguió e interrogarlo en media calle para ubicarlo. En fin, la crisis que padecemos y que el gobierno post-Hugo Chávez invalida a través de su hegemonía comunicacional.
Mi postura fue de enfrascarme en que cada pensamiento restante, cada esfuerzo remanente durante el tiempo que podamos estar en la patria de Bolívar, se enfoque en que nuestro trabajo no solo resalte por su calidad sino que tenga un efecto que agrupe a más personas. No basta con trabajar en individualismos, creer que somos el ejemplo moral para terminar despreciando al otro y así vivir en el país hasta que salgamos en un avión para volver únicamente a finiquitar algunos papeles y visitar a la familia que quedó atrás.
Mucho antes, el detonante en todo este intercambio verbal fue un discurso del ungido por el Comandante Supremo, el señor Nicolás Maduro. Nuevamente la atención estaba en la manera en cómo destrozaba en minutos el diccionario y los manuales de estilo que tanto profesionales y estudiosos de la lengua castellana labraron y que docentes en todos los ámbitos intentan inculcar cada día a una nueva generación que trabajará en Venezuela.
El peloteo terminó con un gol en contra de mi arquería: si tienes el grado académico y la preparación o al menos la lectura para pronunciarte en contra de lo que hace el señor Maduro, hazlo. No critiques.
Tras la discusión
El mensaje quedó claro. Probablemente no tengo la solvencia académica ni las credenciales para pronunciarme como los que sí deberían hacerlo. Tampoco poseo un cargo ni la experiencia que requeriría para hablar en el mismo nivel sin pasar escalones. Lo que sí llevo conmigo -y que pueden robar igual- es algo que me valida tanto como al vecino o al portero: mi cédula de identidad.
El documento me acredita como venezolano, ciudadano de esta nación que se llama Venezuela y no Cubazuela como lo denigra en sus titulares el periódico El Nuevo País, pese a que mantiene el mote para criticar al gobierno pero termina manchando la marca que llevamos al nacer.
En mi condición de ciudadano, de periodista, de ayudante académico en una universidad pública pido no seguir burlándose del señor que ostenta el cargo de presidente de la república. Esos videos donde señala en plural y femenino cualquier tipo de palabra, pese a que no corresponde, además de ser una descortesía para quien pedimos respeto por pensar distinto consume nuestra agenda en gastos innecesarios, y ya son muchas las cosas que hacemos para subsistir.
Indiferentemente de cómo haya llegado al poder, sigue utilizando nuestro nombre oficial y eso nos afecta a todos. Difundir publicaciones en su contra, sin ser denuncias, es como ir a otra latitud en este mundo y hablar mal de nosotros, además de aceptar como normal los atropellos, las prohibiciones y los presos políticos, porque de eso poco difundimos.
No pido sumisión porque en eso hemos caído sistemáticamente. Pido valores y educación, eso que este monstruo mediático construido en base a la figura de Hugo Chávez ha pisoteado junto a nuestras libertades y que se mantiene vigente por ese sector de individuos con ética que sigue alzando la cabeza para intentar no asfixiarse entre tanto monóxido.
La propuesta
Eduquemos entonces. Que nuestra propuesta sea no burlarnos de lo que dice el hombre que asegura representarnos sino enseñando cómo se debe decir correctamente y hasta algo nuevo que probablemente no sepa. La proposición es válida para todos los que asemejan su discurso. La intención es adoptar a un Nicolás y educarlo. El simple esfuerzo, pese a que cansa, motiva. Cambia la perspectiva y dejamos de ver a Venezuela con cara de “desgraciadamente esto es el que nos gobierna” por “esto es lo que queremos”.
De ahí se van hilando comunicaciones, ideas y de repente redes y sentimientos que en este territorio deberíamos estar buscando tanto como el desodorante o  el papel sanitario.
Este planteamiento de seguro caería en nuevas discusiones iguales o peores a la que tuve en la oficina. Luce descabellado, hasta absurdo, pero en una obra no se construye hasta que alguien tome el primer bloque y se acerca a la construcción. Profesores, compañeros, amigos y familiares se han marchado porque no han visto cómo desanudar el embrollo en el que estamos. Si por algún lado se comienza a destrabar todo, que sea cambiando la ignorancia por la educación.
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