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Yo soy Sia, pero sobre todo Maddie Ziegler

Madie Ziegler

Este 7 de enero, en Francia, 12 personas murieron en lo que los medios definen como un ataque terrorista de extremistas musulmanes, dirigido a objetivos claves dentro del semanario de humor Charlie Hebdo, entre ellos su editor en jefe, como consolidación de viejas amenazas sobre represalias por la publicación de una serie de caricaturas donde ridiculizaban la fe musulmana, pero sobre todo donde presentaban de forma gráfica a Mahoma, lo que es tabú dentro de esta religión y está prohibido por la ley del Corán. Desde entonces cientos de países, medios y profesionales de la comunicación, personalidades relevantes y ciudadanos del mundo han ofrecido su apoyo a los sobrevivientes del ataque, lo mismo que manifestado su pesar por los muertos y heridos, bajo la frase “Yo soy Charlie” o «Je Suis Charlie», que viene a indicar que se es empático o se comulga con las premisas de defensa de la libertad de expresión que llevaron al semanario francés a continuar publicando sus caricaturas, incluso después de las primeras amenazas, y aun después del atentado ya recibido en el 2011, que culminó con el incendio de la sede del medio. Por supuesto que también hay los que no aprueban el tipo de trabajo realizado por el semanario, pero son la minoría. Del otro lado de la realidad, y exactamente el mismo día, la cantante Sia hizo público su nuevo video promocional, Elastic Heart, por medio de las redes sociales, y el rechazo junto a la polémica se alzaron de inmediato, censurando el video por calificarlo de promotor de la pedofilia, debido a la ambigüedad sexual que representa el baile entre Shia LaBuf, actor de 28 años, y Maddie Ziegler, bailarina de 12. En medio de temas tan similares, con respuestas sociales tan diferentes, me gustaría explicar por qué es que yo NO soy Charlie Hebdo y sí soy (parcialmente) Sia, pero sobre todo (y sin reservas) Maddie Ziegler.

Si aún no han visto el video Elastic Heart, les invito a verlo antes de continuar leyendo. Considero que es importante que cada quien lo vea y evalúe las emociones que le produce o lo que puede interpretar de todo ello, antes de llenarse de la opinión ajena sobre el tema, esté a favor o en contra. A continuación, el video:

Ahora bien, ¿por qué estoy de acuerdo con el contenido de este video? ¿Por qué creo que debe defenderse el derecho de expresión de los artistas implicados en este trabajo? Claramente no es por el hecho de que piense que en el video no se manejan referentes sexuales, simbólicos o explícitos, como muchos de sus defensores manifiestan. Los referentes sexuales son claros, y están allí para que los veas, pero sobre todo para que los construyas. Porque, siendo bastante reduccionistas, podríamos decir que en el arte hay obras de interpretación cerrada y otras de interpretación abierta. En las de interpretación abierta, es el destinatario quien completa el producto artístico, dándole su interpretación personal. Este video es una de esas obras abiertas. Y una obra abierta, la interpretación que se pueda hacer de esta, habla más de nosotros que del artista o, cuando menos, habla tanto de nosotros como lo hace del artista. Así que sí, soy capaz de ver los referentes sexuales abiertos e interpretarlos como tal. No voy a tratar de justificar ello, porque en principio no creo que sea necesario hacerlo. Considero, de hecho, que los que se empecinan demasiado en defender que allí no hay nada sexual, lo mismo que los que ven el triple de lo que hay (o al menos el triple de lo que yo veo, si quiero ser justo con la subjetividad), son los que están más preocupados por no encontrar justificación a esa interpretación que han hecho, por buscar un receptáculo donde verter la culpa de tener esas sensaciones de incomodidad que produce la obra. Por saber que esas «banderas rojas» (usando palabras de la canción) que se levantan, son señales, quizás, de impulsos que no hemos terminado de encausar, por ideas que no hemos terminado dejar de madurar. Pero me voy a dejar de cháchara psicológica, para ofrecer argumentos más al uso.

El video tiene un claro referente sexual, que está diseñado con el justo tino para que podamos verlo si decidimos verlo, lo mismo que podamos ver una relación de padre e hija disfuncional pero no sexual, si nos enfocamos en ello. Pero, más importante aún, lo sexual del video no está colocado de una forma que vulnere los derechos de la adolescente involucrada, ni que le genere lesión moral de algún tipo. Repito: la interpretación está en nosotros, pero allí en realidad no pasa nada que no pasaría entre un padre y una hija con una relación muy disfuncional y no sexual. La ropa color carne, que nos activa las señales de desnudez, es ropa al fin y al cabo; los acercamientos, seducciones y rechazos entre hombre y adolescente, son propios (por supuesto que desde el simbolismo de la danza contemporánea) de lo que sucede a muchos padres durante ese período con sus hijas. Y eso que ocurre a muchos padres, ese rechazo a la evidencia de la progresiva madurez sexual de la hija, que se da en simultáneo con la necesidad de mantener el contacto afectivo sano de cuando era niña, más las discusiones, malos entendidos, etc., viene principalmente del prejuicio de que un hombre siempre es un sujeto a temer frente a una mujer indefensa, sin importar quién sea esa mujer y el rol que compartan.

No voy a tratar de tapar el sol con un dedo y decir que no hay hombres que merezcan tales suspicacias, y que no hayan otros que parecían no merecerlas y terminaron abusando de mujeres indefensas. El problema es que esa suspicacia se instala como un chip en los hombres de nuestra sociedad desde su más tierna infancia, y el hombre sano, el que no siente deseo sexual por mujeres menores de edad, siente temor de cómo se interpreten sus acercamientos hacia ellas, y empieza a evitarlos, tanto con desconocidas como con familiares, incluyendo hijas. Mientras vemos como natural que una maestra de kínder lleve al baño tanto a niñas como a niños, nos alarmamos si es un hombre quien lleva a niñas al baño. Al tiempo que normalizamos el que una mujer haga cosquillas a niños, nos ponemos en alerta si es un hombre el que lo hace. Eso incluso sabiendo que también existen mujeres pedófilas y mujeres que abusan sexualmente de menores de edad. Pero estamos más dispuestos a ver esto como una anomalía aislada en las mujeres, que no debe cambiar nuestra configuración de control de sus accesos a niños y niñas, mientras que la disposición con los hombres es la contraria: sospechar de todos hasta que se demuestre lo contrario (y nunca parece posible demostrarlo, porque siempre se puede pecar por primera vez). Por ello me aventuro a decir que si el video hubiera sido protagonizado por una mujer de 28 años y un chico de 12, a todos se nos hubiera hecho más fácil ver una relación maternofilial, aún con las ropas del color de la piel y esos movimientos y gestos sugerentes de ambas partes. Insisto: la interpretación está en nosotros.

Pero el asunto de la interpretación no necesariamente ofrece pistas sobre si es correcta o no su publicación. Sobre ese aspecto habría que hacer varias señalizaciones, pero de entre todas la que más me interesa es la que compete a los límites del arte. Porque, gustos aparte, este video está hecho con una intención artística. Que hayan logrado tal estado artístico o no es perfectamente discutible, pero no viene al caso. Lo que sí es cierto es que, conociendo el perfil de Sia, conociendo todos los videos de su carrera (sin involucrar aquí sus letras y música, que también podrían verse desde una perspectiva similar), podremos notar que siempre la ha movido, a ella y a su equipo de creadores, el afán de crear trabajos audiovisuales artísticos. El video de la canción Chandelier, donde aparece también y por primera vez Maddie Ziegler, es una muestra de ello, por su recibimiento de parte de la crítica como una obra maestra audiovisual y de la danza. Y parece curioso que allí la chica, para entonces de 11 años, usara las mismas ropas de color piel y nadie lanzara alarmas sobre una supuesta sexualización, como tampoco se ha hecho con los muchos otros bailes realizados en su carrera, expuestos a través del reality show Dance Moms, donde en ocasiones también ha sido vestida con trajes que algunos podrían considerar más sugerentes de lo que es adecuado para una niña. Yo los invito a ver antes de continuar, si no lo han hecho, el video de Chandelier, pues me parece una pieza clave para entender la base de esta polémica y, sobre todo, para valorar el carácter artístico de estos trabajos.

En Chandelier, Maddie baila una coreografía de jazz, que es un estilo de baile centrado más en el movimiento, y en Elastic Heart baila una coreografía de danza contemporánea, que se centra más en la interpretación de un personaje, en la narración de una historia, que es justamente lo que se critica: la historia que parece contar la coreografía. Pero ambos estilos de baile son considerados artísticos, y quien haya visto a adultos bailando estos géneros de seguro concordará en que Maddie Ziegler tiene una ejecución impecable, que la convierte en una chica privilegiada con un don digno de admirar. Si yo hubiese querido contar la historia que cuenta Sia con Elastic Heart, de seguro también habría buscado una chica como Maddie. Haberlo hecho con una adulta representando el papel de niña le hubiera restado poder emocional a la obra. Ahora bien, ¿se justifica la utilización de una adolescente solo por su don para la danza y la facilidad para transmitir emociones? Sí, siempre que los adultos que la rodeen se preocupen por dirigirla pedagógicamente durante el proceso, hacerle entender con claridad, de acuerdo a su capacidad de comprensión propia del período evolutivo que atraviesa, en qué se está metiendo y cuáles son sus implicaciones (por ejemplo, advertirle sobre la posible controversia), respetando siempre su opinión durante el proceso y controlando todas las variables para evitar lesionarla. Siempre que haya garantías de eso, no veo lo negativo, y no lo vería ni siquiera si se tratara de mi hija. Porque el arte está llamado a movilizar emociones y hacerlo desde los temas que mueven al artista. Si a Sia le movía la necesidad de hablar sobre esta ambigüedad en las relaciones padre e hija, y buscó un medio artístico para expresarlo, asegurándose de que los menores de edad involucrados estuvieran seguros, no hay nada que criticar.

Cuando Nabokov escribió Lolita fue acusado de pedófilo en muchos círculos (algunos de ellos legales) bajo el alegato de que nadie podría haber escrito una obra como esa sin ser pedófilo. Hoy, tantos años después de eso, podemos verlo en perspectiva y pensar que quizás exageraron sus críticos. El artista puede tener la capacidad de entrar en roles ajenos y crear algo desde ellos sin imbuirse de sus características. Haya sido o no pedófilo Nabokov, escribir una historia como Lolita no es prueba de pedofilia. Pensar, en cambio, que todo el que produzca arte en base a un tema tan puntilloso como este, es porque lo promueve y lo comparte, podría ser una señal de alerta más clara: la señal de que ese alguien no podría enfrentarse a la creación de contenido similar, e incluso a su exposición, sin tener sensaciones que él mismo condena. Hablo de esa cosa a la que llaman proyección, aunque antes dije que me dejaría de cháchara psicológica. Decir, entonces, que Elastic Heart promueve la pedofilia, tal vez sea una proyección, tal vez sea nuestro inconsciente diciéndonos que si estuviéramos en la misma situación, si representáramos el mismo baile, no podríamos separarnos de su contenido sexual.

Y quizás en este mismo momento un millar de pedófilos se está masturbando con las escenas del mentado video, y otro tanto lo está haciendo con la lectura de Lolita (o con alguna de las 2 películas). Pero también habrá un millar que se está masturbando con la foto que tomó de un niño en un parque, tan cubierto de ropas que no se le veía un centímetro de piel. Debo decirlo así de francamente, aunque me asquee, porque es la verdad. No podemos controlar los contenidos que involucran a niños basados en la premisa de que quizás exciten (y con ello promuevan) a pedófilos, porque simplemente no podemos controlar lo que excita a nadie sobre la faz de la Tierra. Incluso la producción más infantil y bien llevada puede excitar a alguien. Lo que debemos es entenderlo desde la perspectiva de los que estamos sanos, de los que no vemos a los niños con esos lentes de interpretación. Si a nuestros ojos el niño ha sido protegido, sus derechos no han sido vulnerados, debemos dar el visto bueno. Y si es para promover el arte, para generar emociones, remover ideas, criticar paradigmas sociales, generar diálogo, mucho mejor.

Cuando empecé a escuchar de estas polémicas no pude dejar de pensar en dos ejemplos que considero paradigmáticos. Léon, la película de 1994 de Luc Besson, muestra a una Natalie Portman de 12 años representando un personaje marcadamente sexualizado. Aquí no hablamos de una sexualidad simbólica, sino explícita (como por ejemplo en la escena donde Mathilda le canta cumpleaños a Léon). La obra de Luc Besson, y esta película en concreto, plantean una búsqueda artística del tema, y la actuación de Natalie Portman es comparable en calidad artística a las habilidades en baile de Maddie Ziegler. Parece haber algo por encima de la simple sexualización, parece haber un mensaje que trasciende y justifica la producción, y por ello los críticos la valoran positivamente, incluso cuando algunos la llegaron a catalogar de incómoda. Pero, nadie la censuró o criminalizó en su momento, ni se hace ahora. Del otro lado, está Màlena, película del año 2000 de Giuseppe Tornatore, que también trata de la relación de carácter sexual, entre adulto y menor de edad, solo que aquí el menor de edad es varón y el adulto, mujer. Aquí también la sexualización es explícita, pero hay un móvil artístico superior, una historia compleja y bien representada, que le valió muchísimos premios. Ambas obras son mucho más fuertes que el mentado video de Sia, y no parecen haber tenido su repercusión. Pero, aun cuando no tienen un móvil artístico, sino simplemente el de entretener, y cuando no hay un intento de transmitir un mensaje, nadie critica las múltiples escenas inapropiadas que realizó el actor Angus T. Jones, en su papel como Jake Harper, en la sitcom Two and a Half Men, durante sus años como niño y adolescente, y de las que él mismo renegó, acusándolas de misóginas, al hacerse mayor de edad. Pero probablemente nadie las condene, porque se trata de un niño y no de una niña, a quien probablemente hasta consideremos afortunado por crecer en un ambiente con acceso a tantas mujeres adultas en medio de situaciones de contenido sexual.

Y esa es la razón por la cual NO soy Charlie Hebdo. Porque, aun cuando la caricatura es una forma de arte, la que realiza el semanario francés, al menos a mi parecer, no persigue un fin artístico, sino político. Su mismo editor en jefe lo repitió en muchas ocasiones: realizaba esos dibujos para ensalzarse en su derecho a expresarse, más que en la necesidad de expresar eso específicamente. Si el tema prohibido hubiera sido otro, sobre ese sería el que hubiera puesto la mira. O, en todo caso, si el tema musulmán no hubiera sido prohibido, no se le habría dado el mismo nivel de atención. Y cuándo estamos haciendo política, las formas importan y mucho. Si yo estoy haciendo política de prevención de la pedofilia, un video como el de Sia no es la mejor estrategia. Y si estoy haciendo política, la burla no es una estrategia razonable. Por ello, en realidad la palabra «política» todavía le sigue quedando grande a los móviles del semanario francés, que podríamos definir con más rigor como «provocar». Y provocar a otros de manera gratuita, sin otro móvil, no me parece que represente los ideales de la libertad de expresión, sino los de la violencia.

Aun cayendo en el tópico debo repetir aquello de la que la libertad de uno termina donde empieza la del otro. Desde esa premisa, como es natural, tampoco estoy de acuerdo con la reacción de los extremistas de ningún tipo; pero tampoco puedo estar del lado de Charlie Hebdo. Yo me pregunto si todos los que repiten en sus círculos «Yo soy Charlie», incluso esos que han compartido las imágenes polémicas del diario o lo harían sin chistar, estarían dispuestos a ser los iniciadores de una campaña política seria, donde cada uno haga una representación gráfica de Mahoma (de su propia mano), acompañada de la frase «Para mí Mahoma no es sagrado y debes respetarlo». Así, sin burlas, con una meta clara, con una denuncia razonable, con un uso maduro de la libertad de expresión. Digo, si ya son Charlie Hebdo, probablemente nada les cueste iniciar una campaña como esta, que es claramente menos ofensiva. Y si tienen suerte, pueden conseguir que millones de personas hagan su propio dibujo y el mensaje llegue. Pero, ¿y si no tienen suerte? ¿Y si su nombre surge entre los extremistas como el nuevo objetivo de un ataque? ¿Estarían dispuestos a ello por defender sus derechos? Después de todo, ustedes son Charlie Hebdo. Me imagino que un gran porcentaje de los que hoy afirman ser Charlie Hebdo, se atreverían a hacer esto. Porque, o creemos que son otros los que deben luchar por nuestros derechos, o de plano creemos que realmente no vale la pena defender libertades que rozan las de otros tan ambiguamente.

Yo no iniciaría ni seguiría esta campaña, aún cuando con ella sí me sentiría plenamente identificado. Porque, incluso siendo ateo, no siento la necesidad de venderle mis creencias religiosas a otros, por lo mucho que odio que me las vendan a mí. Pero, mucho menos seguiría una campaña como #JeSuisCharlie, porque sus formas me parecen despreciables, y sus móviles no me parecen maduros. No justifico el ataque a ellos, pero tampoco su provocación, porque ambas son formas de violencia. Se dice que el trabajo de Charlie Hebdo viene de una tradición de años, desde la época del reinado de María Antonieta, donde una de las formas de rebelión fue la expresión libre y burlista, como denuncia de todo lo que ocurría. Pero ello no es justificación. El pasado y la tradición no pueden ser justificación para el presente. De ser así, tendríamos que revivir guerras independentistas cada vez que alguien amenazara nuestra soberanía o, seguir colonizando países débiles e inocentes. Aunque sean cosas que todavía sigan pasando, un tanto más matizadas, para la fecha es razonable encontrar todo ello deplorable. Así que la tradición francesa de una burla violenta, de un humor provocador, no justifica lo que se pueda hacer en la actualidad, cuando sabemos más sobre derechos humanos y tolerancia de lo que sabíamos en el pasado.

Entonces, si se trata de ponernos en los zapatos de alguien, cuando se trata de defender el derecho a la libre expresión, yo soy Sia. Y como ya he dicho, ni siquiera lo soy plenamente, sino de forma parcial. Porque, creo que ella y su equipo (todos los adultos implicados), pudieron ser más francos al respecto. El único mensaje al respecto hasta el momento lo colgó la artista en su twitter, indicando: «Ya anticipé que este video se ganaría algunos gritos de ¡pedofilia!», pero que consideró que solo Shia y Maddie eran los actores adecuados para su video, que no hizo con intención de ofender, sino de generar emociones. Hasta allí está bien, pero es un tema puntilloso y delicado. Hay que ir más allá. Los que estamos de este lado de las pantallas queremos saber si, además de anticipar la polémica, prepararon a la adolescente para esta, y se encargaron de protegerla durante la producción del video y tienen pensado hacerlo mientras dure este aguacero. Si yo fuera Sia, que supongo que de esto va aquello de decir que uno es tal o cual persona, eso es lo que hubiera hecho. Y en la medida de que no lo ha hecho, no puedo decir que me solidarizo con ella por completo.

A estas alturas del conflicto lo único que puedo decir es: Yo soy Maddie Ziegler (sin ninguna reserva). Pero soy la Maddie Ziegler que idealizo a través de su video, que no puedo dar fe de la real. Soy la Maddie Ziegler que entiende y quiere vivir el arte, la expresión, desde su forma más pura, más ingenua incluso, desde el ángulo en el que se pueda disfrutar de ello sin hacerle daño a los otros y sin exponerme a daños a mí mismo, sin exponerme a más daños que los que la misma pasión por el arte conlleva, que después de todo son daños bienvenidos y, a la larga, se terminan disfrutando. Por todo ello, cuando de libertad de expresión se trata, yo soy Maddie Ziegler bailando en una casa abandonada, sin que nadie me vea, sin que nadie me interprete y condicione, sin tener que sonreír para nadie en el movimiento final, burlándome en secreto de tal necesidad. Completamente libre, aunque no termine de comprender los límites del concepto.

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