Esos presos no son de gratis

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Acabo de leer que Tim Tracy fue expulsado del país (para detalles y antecedentes clic aquí). Recordé autómaticamente el caso de Heberto Padilla (las diferencias son muchas, pero si leen hasta el final verán las semejanzas):

DE SOLJENITSIN A PADILLA

Por casualidad, un par de artículos míos sobre el “Caso Padilla” precedieron, el primero por una semana y el segundo por un día, la noticia del permiso para exiliarse concedido por Fidel Castro a Heberto Padilla.
Por otra parte, un competente reportero de asuntos internacionales, posiblemente conturbado y excitado por tener para él solo, durante unas horas, a un disidente, calificó con extravagancia a Padilla de “Soljenitsin cubano”.
Sugirió además, según un extraño criterio periodístico, que la confesión de Padilla en 1971 es un hecho de algún modo insignificante, y en todo caso opacado por la espléndida conjunción de la solicitud de Teddy Kennedy y la generosidad de Fidel Castro, el primero al pedir a Padilla, y el segundo al dejarlo ir.
Las cosas serias no merecen tratamiento frívolo. No sería tolerable que se compare el carnaval de Río de Janeiro con la Guerra Civil Española, a cuenta de que también jugando carnaval se produce violencia fratricida. Heberto Padilla es acreedor de comprensión y caridad como todo ser humano. Además, quien no ha pasado por una ordalía semejante a la suya, no puede saber de antemano cuál será su propio comportamiento en tales pruebas. Lo que sí sabemos, sin embargo, es que Hubert Matos (por ejemplo) resistió plantado veinte años, mientras Padilla se quebró en un mes.
En cuanto a la comparación con Soljenitsin, es descabellada. El ruso une al estoicismo heroico de Matos y los demás “plantados” (entre los cuales, poetas tan poetas como Padilla) uno de los proyectos literarios más ambiciosos y trascendentes que escritor alguno haya concebido jamás: devolverle la memoria a su país, restaurar la historia falsificada y demolida a partir de 1917 por los comunistas, sentar las bases para que algún día la nación rusa pueda reencontrarse con su intrahistoria. Ese proyecto, Soljenitsin lo tiene de tal manera adelantado que puede darse por cumplido. Pocas veces, si es que alguna otra, habrá rendido igual servicio la literatura. Soljenitsin no es el mejor novelista de este tiempo, pero es tal vez el escritor más importante, que es otra cosa.
De Kruschev y Breznev dirá algún día la historia que fueron dirigentes políticos rusos de la época de Soljenitsin. La premura de los cierres de página no excusa la ligereza de llamar a Padilla “Soljenitsin tropical”, con la misma chatura de estilo (y de espíritu) con que se dice de cualquier cómico que es “el Chaplin criollo”.
En cuanto a que el hecho nuevo de la salida de Padilla a Nueva York pueda eclipsar al “fiambre” que sería su lamentable aventura de 1971, lo único que distingue este exilio del de más de un millón de otros cubanos es precisa y únicamente que hubo hace nueve años un “caso Padilla”. Sin aquello, esto no sería noticia.
Está por verse la actuación y los escritos de Padilla ahora que ha recuperado la libertad de actuar y escribir. Entretanto, Padilla es noticioso porque en marzo de 1971 fue detenido por la, policía cubana, y porque en abril emergía con su “confesión” y sus acusaciones ominosas contra toda la comunidad literaria y artística cubana (“Yo tengo que decides que llegué a la conclusión que si hay un sector políticamente a la zaga de la Revolución, es el sector de la cultura y del arte. Nosotros no hemos estado a la altura de esta Revolución…”). Hoy está claro que Fidel Castro usó a Padilla como caso ejemplar, en una maniobra de intimidación contra todos los escritores y todos los artistas cubanos, quienes en la primera etapa de la Revolución habían tomado en serio la afirmación de que la verdadera libertad donde existe es bajo el socialismo.
También -y tal vez sobre todo-, para poner en su sitio a los escritores y artistas latinoamericanos y europeos que pretendían ser la conciencia de la Revolución y quienes, con sus continuos viajes a Cuba, se habían convertido en huéspedes incómodos y testigos potencialmente peligrosos. Hacía falta poner las cosas en su puesto, y el infeliz Padilla tenía las características requeridas para desempeñar el papel que le asignaron.
Fue, y sigue siendo hasta nuevo aviso, un antihéroe. Pero, sin querer, rindió un testimonio crucial. Muchos de los intelectuales latinoamericanos que salieron en su defensa son hoy tan fidelistas como antes. Respecto a ellos, Fidel vio justo. Son los que merecen la comparación de la mujer que, mientras más apaleada, más seducida. En ambos casos, el masoquismo y el gusto de la sumisión hacen del maltrato por el macho-tirano un inconfesable placer. Pero en un número apreciable de casos el asunto Padilla fue el abreojos. Octavio Paz habló por todos cuando escribió entonces un párrafo que está en la raíz de toda su reflexión política posterior: “Todo esto sería únicamente grotesco si no fuese un síntoma más de que en Cuba ya está en marcha el fatal proceso que convierte al partido revolucionario en casta burocrática y al dirigente en césar. Un proceso universal que nos hace ver con otros ojos la historia del siglo xx. Nuestro tiempo es el de la peste autoritaria: si Marx hizo la crítica del capitalismo, a nosotros nos falta hacer la del Estado y las grandes burocracias contemporáneas, lo mismo las del Este que las del Oeste. Una crítica que los latinoamericanos deberíamos completar con otra de orden histórico y político: la crítica del gobierno de excepción por el hombre excepcional, es decir, la crítica del caudillo, esa herencia hispano-árabe.”

Carlos Rangel, artículo publicado en el diario El Universal el 24 de marzo de 1980.

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