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Toma de Posesión con Cabeza Gacha

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Llegan los invitados internacionales con cara de supuesta alegría.
Nos brinda respaldo moral el Presidente de Irán, un descarado robador de elecciones, sin ningún respeto por los derechos humanos.
El mentado apoyo extranjero de la investidura de Nicolás es tan paradójico como la facha de Don Pepe con lentes de sol en plena faena. La cacareada arenga ante la Asamblea no puede comenzar peor, para los rojos rojitos.
El simpático «Yendri» vulnera los anillos de seguridad, Diosdado da palazos de ciego en el intento de detenerlo y el usurpador pasa su primer trago amargo delante de las cámaras.
Él quiere convertirlo en una película de Hollywood, al estilo de los melodramas de magnicidio de Eastwood y Spielberg.
La realidad banal supera la ficción.
El pobre muchacho, en busca de atención, evidencia las fisuras del protocolo, los conflictos internos, los temores latentes y las obvias distancias entre el poder y el electorado de a pie.
El muchacho es detenido y puesto a las órdenes de la justicia. Un tipo inteligente y sensanto lo deja en libertad y le sigue la corriente. Pero no el bigote agresivo, un hombre asolado por los fantasmas de la culpa, el complejo de inferioridad y la depresión.
Escuchamos con atención cada una de sus palabras huecas y descubrimos a leguas los síntomas del paciente, quien desnuda de manera inconsciente rasgos preocupantes de bipolaridad.
Se contradice en vivo, miente descaradamente con la tragedia de los CDI quemados, vuelve a contar la fastidiosa historia de su ascenso meteórico, repite el relato de su cierre de campaña, denuncia la conspiración de la derecha, no sale de un guión populista, confunde términos, luce desbordado por la situación, habla para atrás y adelante.
Recuerda una y mil veces al Padre, al Supremo. El Edipo le nubla la mirada y el discernimiento.
Demora en reconocer el fraude y el fracaso del sistema implantado por el CNE. Apela a un arsenal de mentiras frescas para justificar su victoria chucuta, mediocre y abultada.
Se sabe perdedor y el líder de una cruzada desastrosa, donde dilapidó dinero público para nada. Con menos recursos, Henrique le viró la tortilla. Sin embargo, no invita a la oposición a compartir su dominio sobre el estado. Se profundiza el mito de «dentro de la revolución todo, fuera de ella, nada».
El tiempo es otro. Por enredo e ignoracia, acaba por glorificar a Stalin, cuyo parecio con él es razonable, si consideramos a Hugo un Lenin tropical embalsamado. Salvando las distancias, el Koba inicia su mandato con una purga salvaje, destinada a hundirlo aún más.
Escurre el bulto y apenas dedica un instante para asomar las líneas de su plan maestro. Asegura integrar a la cultura y permitirle el desarrollo a las artes, siempre y cuando comulgen con el credo oficial. Maduro organiza el programa sectario de su política de censura disfrazada de obra de caridad, de demagogia dulce.
Sueña con desinfectar y curar la enfermedad de la oligarquía. Debería preocuparse por encontrarle un santo remedio a su crisis de mediana edad.
Siembra la duda, describe un signo de interrogación en su cabeza y se despide con la inseguridad del gendarme despreciado por su entorno. Se lo calan por puro trámite burocrático.
La farsa expande su manto a lo largo del pavimento de los próceres. Somos testigos de un remake de «Tiempos de Dictadura» en cadena. La música transmite sentimientos encontrados de celebración, pavosidad, cursilería y vana opulencia épica.
Todos marchan disfrazados de mansas ovejas al servicio del lobo mayor. Lo saludan y reverencia como al tirano de Corea del Norte. La pantalla despliega un desfile de máscaras, doble y parodias forzadas de Miranda, Manuela y Simón. Así nos encantaría uniformar el dueño de la batuta, del pan y del circo.
La noche cae y el show declina por la puerta trasera, en busca de una magia extraviada. Las caceloras y la salsa retumban en la inmesidad del crepúsculo de los ídolos de papel lustrillo. Inicia un período sumido en la inconformidad de la masas, la adversidad económica y la auditoría del árbitro. El futuro es incierto para el último inquilino de Miraflores. ¿Cuánto durará su capricho? ¿Un mes, dos años? ¿Culminará su gestión? Por lo visto, no existe un cierre de consenso.
La experiencia obliga a esperar con suma cautela.
La patria herida se despierta en una hamaca roída, difícil de mantener erguida.
Los enchufados piden taima y aspiran a perpetuarse como Fidel.
Les costará consumar su golpe a la constitución. Venezuela no es la misma.

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