panfletonegro

El interrogatorio y la historia de Albert continúan (continuacion «Una vida no tan cotidiana» cap I)

(Aquí está la entrega anterior http://li.co.ve/jzb   (el prologo en realidad, este viene a ser el primer capítulo) de “Una vida no tan cotidiana”, disculpen por los errores)

Capítulo I – El interrogatorio y la historia de Albert continúan

-¿Este tipo es estúpido o qué?- El ambiente estaba viciado. La pequeña oficina del joven abogado Daniel Romero era un caos de papeles. y uno de los 2 agentes de policía, que hasta entonces habían escuchado atentamente, por fin había estallado.

-Ustedes me pidieron una historia, y yo como buen cuenta cuentos se las estoy contando- Una sonrisa en el rostro de Daniel contrastaba con las heridas dejadas por uno de los agentes.

-Tiene razón Ramírez. Nosotros lo pedimos- El hombre que había hablado tendría alrededor de 40 años, una mirada fría como el hielo y ostentaba el cargo de jefe del departamento de policía. Por otra parte el oficial Ramírez era un hombre de tez morena y cara de pocos amigos.

-Es un placer contar una historia a un hombre que sabe apreciarlas jefe Di Ángelo- La cara del jefe de la policía de Halure siguió impasible.

-No tengo problemas en quedarme a escuchar toda la noche a un payaso… siempre y cuando me cuente todo lo que sabe sobre Albert Guevara- La mirada de Di Ángelo no revelaba emoción alguna. La palabra payaso fue dicha sin ningún tono de ofensa -Ahora continua con la historia, dependiendo de la utilidad de lo que nos digas veremos que haremos contigo- Hace tan solo unos 30 minutos los oficiales habían llegado a la pequeña oficina de Daniel. Los primeros minutos de violencia protagonizados por un oficial motivado por la venganza, habían sido interrumpidos cuando un pragmático Di Ángelo comenzó a dirigir la situación. Por su parte un joven Daniel había resuelto, ya hace un tiempo no tomarse la vida tan en serio. Si le pedían que bailara, el bailaría… además siempre le había gustado contar buenas historias.

En el fondo de la oficina Ramírez hiperventilaba de la ira. Con mucha calma Daniel se acomodo en su silla.

-Bien me pidió que le contara sobre Albert, y eso hare y si el oficial Ramírez no tiene más que agregar continúo con la historia. Como había dicho Albert dejo la urbanización de Helena a altas horas de la noche…

El centro Halure se podría considerar mágico. Era un lugar que de día rebosaba de actividad humana (más que rebosar prácticamente explotaba). La gente cual hormigas en busca de alimento, recorrían las decenas de comercios y almacenes. Se deleitaban con los artistas callejeros, bailarines, músicos y estafadores profesionales, además de un par de sujetos que vendían pistolitas de hacer burbujas, lo cual confería al centro una verdadera aura mágica. Pero todo esto desaparecía en la noche.

En las altas horas de las noches solo quedaba un pequeño ejército de hombres y mujeres. Con chalequitos morados y pagados por la alcaldía que se dedicaban a limpiar lo que parecía haber sido la ruta de un huracán, que paso por un vertedero de basura. El panorama era completado con un par de indigentes con aires de filosos (Se dedicaban a hablar con los postes sobre las grandes interrogantes de la vida, en un idioma muy cercano al español).

Por extraño que parezca Albert se sentía cómodo ahí, su hogar se encontraba en el centro del centro y prefería la tranquilidad de la noche. Con sus aspirantes a filósofos y una que otra obra de arte contemporáneo, hecha con los montones de basura acumulados por el ejercito morado. Albert caminaba hacia su hogar mientras disfrutaba de la música que salía de sus audífonos una mezcla entre rock y blues.

Ya faltaba solo una cuadra cuando llego a la esquina de su filósofo callejero favorito. Andrés o ese era nombre que le había dicho hace ya unos meses. He de aclarar que ha diferencias de los otros indigentes que podían sufrir de depresión, ha Andrés su estado parecía no importarle. Albert estaba seguro que debía sufrir de algún tipo de trastorno. Más de una vez Albert le había llevado comida pero él se negaba ha aceptarla.

-Buenas noches Andrés- Todos las noches que Albert lo encontraba en la esquina se detenía ha hablar un rato con él.

-Eso del chip, es para controlar- Andrés tenía la costumbre de iniciar monólogos con una audiencia inexistente cuando le dirigían la palabra.

-¿Te refieres al de los bancos?- por alguna razón Albert siempre intentaba seguir el camino de la conversación que marcara Andrés. Nunca lo lograba.

-Todo tiene chip… eso es para controlar, la gente contrala gente-

-¿Las personas dominan a otras personas?-

-Si mujeres mandar ha hombres, mujeres ser controladas por chip, hombres controlar chip- La idea le hizo reír, las mujeres dominan las relaciones por lo tanto dominan al hombre. Pero el hombre domina el mundo de las mujeres. Era una idea sin duda machista pero tenía su gracia. Albert se preguntaba que inspiraba a Andrés en sus monólogos. Nunca lo había visto de día.

-Yo no uso chip, solo bobos usan chip- Albert se pregunto qué cenaría. Llevaba todo el día afuera y no había tenido dinero para pagarse la cena por pagarse el almuerzo (tampoco había cenado en casa de Helena pues estaba muy ocupado siendo corrido por la madre de Helena).

-Asi es, el compadre uso chip y no volvió…- Ojala quedara un poco de pasta pensó. Juraría que todavía quedaba algún paquete sin abrir en algún lugar de su cocina.

-…Los perros ahora querer usar chip, pero yo no caigo. Ya he peleando con perros antes- Se decidió que si no conseguía el paquete de pasta zanjaría la situación con un plato de arroz con atún.

Tenía un rato sin prestar atención a Andrés. Así que decidió terminar su parada. Se despidió y dejo ha Andrés continuar con su monologo sobre las maldades del chip.

Al llegar a su casa sintió ese agridulce sabor de llegar a una casa vacía. Claro es genial vivir solo, pensó ingenuamente antes de mudarse al apartamento dejado por un tío que fue a buscar fortuna. Claro no había comparación con la ciudad de la que venía. Halure era la capital, lo demás palidecía en comparación y aquí podía estudiar la carrera que amaba.

Como un inquisidor comenzó a revisar los estantes de la cocina. Tenía un par de potes de salsa para pasta en la nevera, solo necesitaba la pasta en cuestión. Ya se había resignado al arroz con atún, cuando como un relámpago recordó una bolsa con comida que había dejado una amiga el día anterior.

Se abalanzo sobre la bolsa, y para su alegría encontró un par de paquetes de pasta (mas unos cuantos enlatados y cereales). Es curioso cómo funciona la satisfacción. Pequeños deseos cumplidos pueden otorgar una gran satisfacción, mientras el fin de arduos trabajos y penurias por un fin mayor (como digamos un empleo, una relación  cuya etapa inicial se extiende demasiado) no lo hacen tanto. En estos momentos Albert se encontraba inmensamente feliz por poder comer pasta con salsa.

P.D : Gracias a los pocos que hayan leido.

 

Salir de la versión móvil