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Safe House: Hollywood versus la CIA


Limpiar la casa de la CIA no es tarea fácil. Muchos presidentes y políticos lo intentaron en el pasado y fracasaron con creces. La agencia recibió críticas del periodismo activo, a raíz de sus desmanes en el extranjero, pero tampoco sufrió males mayores. Perdió parte de su prestigio y encanto. Aunque al final, la institución se mantuvo incólume.

Hollywood también quiso pasarle factura a partir de los sesenta y setenta. Sus estrellas y directores laureados le dedicaron denuncias políticas, aunque sin ningún efecto real sobre su desempeño.

Al contrario, según estudios recientes, las cintas y telefilms alrededor del caso contribuyeron a reforzar la imagen misteriosa y mítica de la compañía.

Últimamente, Robert De Niro procuró clavarle su última estocada en “El Buen Pastor”, consagrada a diseccionar la fundación del cónclave del espionaje mundial, impulsado con la gasolina de las amenazas fantasmas de la guerra fría.

“Toro Salvaje” es demócrata, la conoce por dentro y la considera un tumor, un quiste de la democracia republicana.

En tal sentido, “Safe House” comparte la vocación y el ánimo cuestionador de la pieza del actor de “Cabo de Miedo”, bajo el patrocinio de su productor y protagonista, Denzel Washington. Lamentablemente, el resultado no le hace la menor justicia a la verdad y a la densidad de los precedentes aludidos.

En efecto, la película copia moldes formales y argumentales, desde el principio hasta el fin, con la idea de proponer una conclusión tranquilizadora, falsa y demagógica, donde los héroes literalmente extirpan el tumor del cuerpo enfermo del estado y acaban con las manzanas podridas, como en un bodrio de policías y ladrones al calor del medio oeste de Sudáfrica. Destino subjetivo y objetivo de la meca en fuga. Sabroso y cómodo el hecho de extrapolar los conflictos y problemas internos hacia el continente negro, con el amparo de las autoridades oficiales y el subsidio tácito de los dueños de la locación. Es una conquista neoloconial de cuarta generación, tendiente a paliar la crisis de la industria.

Irónicamente, utiliza a un intérprete de origen afroamericano para apuntalar su estrategia y campaña de invasión del poder suave, a través del caballo de Troya de las promesas del celuloide.

Sustitución de importaciones y consecuencia directa de la globalización uniformada con el traje del mainstream anglosajón. El sur y el “BRIC” prestan el espacio y el contexto como telón de fondo.

El Norte pone el guión, el tono, el estilo, el reparto y el enfoque etnocéntrico. No es una relación ganar-ganar, porque los países emergentes pierden identidad en el intercambio simbólico, para ceñirse a las reglas estrictas de la comunicación hegemónica, made in USA.

Las regiones periféricas solo obtienen a cambio, el prestigio de posicionar sus ciudades en el mapa internacional, al costo de devenir en postales como de “Medianoche en París” y “Vicky Cristina Barcelona”.

De igual manera, surge el conocido género de los largometrajes de factura “Mandela”: multiculturales, posiblemente inocuos, con su óptica superficial del color local y funcionales a un discurso adaptado del patrón foráneo, tipo franquicia de “FIFA World Cup”.

Por ejemplo, cabe recordar títulos de la talla de “Totsi”, “Invictus” y “Séctor 9”, la única capaz de superar el filtro del “blockbuster tendry”, para proponer una lectura inquietante del apartheid posmoderno, como corolario de la tesis del libreto. Las demás son complacientes, populistas y de mentalidad alienada.

Por desgracia, “Safe House” pertenece al segundo grupo. En dos platos, su potencia inicial se diluye con el arribo del conflicto y la cuestión dramática. Caemos presa del tradicional juego del gato y el ratón, a la luz de las referencias y citas a pie de página de costumbre.

Para sostener su teoría de la conspiración, el director clona la metodología de Paul Greengrass en la serie “Bourne”, al ritmo de las cámaras batidas de “Vuelo 93”. En paralelo, el contenido supone una variación del relato trillado del infiltrado desertor, Denzel Washington, abocado a desnudar al Rey con el apoyo de la tecnología de punta y el respaldo de un colaborador accidental, Ryan Reynolds, en una variante de su personaje martirizado de “Enterrado”.

Otra vez, el muchacho es traicionado por los suyos y él debe proceder a enfrentarlos, desenmascararlos y reducirlos. La gran diferencia con “Buried” estriba en el desenlace. Aquí hay un forzado y mentirosa “happy ending”, a diferencia de la conclusión pesimista de la obra de Rodrigo Cortés.

“Safe House” rescata de la muerte y de la sepultura segura al galán, al chico de la partida en extremis, luego de recibir la información confidencial del ambiguo vengador de color.

El negro se sacrifica para justificar, purificar y redimir al blanco. Yes We Can. Inquietante y perturbador hubiese sido al revés.

Es contigo, Obama.

Reciclar la fórmula de “Día de Entrenamiento”, no beneficia la calidad de la puesta en escena. Tampoco matar a los forajidos y pintarlos como “Doctores Caligari” o “Frankestein”, desprovistos de humanidad y matices.

El maniqueísmo, el mea culpa y la doble moral, aniquilan la contundencia del mensaje. Extrañamos a Sam Shepard en un mejor papel.

En su descargo, las secuencias de acción se manejan con pericia y solvencia narrativa, técnica. Aun así, el acabado es mediocre, simplista y redundante.

De repente, unos bandoleros con pinta de árabes, ilustran con trazo grueso la posición del realizador.

Por defecto, el cierre peca de hipócrita, esnobista, hipster y absurdo. Parece un chiste, una parodia.

Ryan Reynolds se reencuentra con su novia en Francia. Él, feliz y campante, destapa la olla podrida gracias a las redes sociales, internet y el periodismo alternativo. Es una victoria, un curioso alegato a favor de Wikileaks. Lo opuesto a “Contagio”, empeñada en satanizar a Julian Assange.

Difícil quedarse y conformarse con la predica de semejantes lecciones de autoayuda.

La realidad es distinta.

La CIA sigue torturando a diestra y siniestra. Diseñando sus operaciones encubiertas. Destrozando y ahogando a la disidencia. Desatando cacerías de brujas.

A Julian Assange lo quemaron por sobreexposición y lo condenaron a la hoguera.

Hoy es un zombie, un ícono de la resistencia neutralizada.

La CIA lo derrotó.

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