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Un Absoluto Donadie

Era una mañana en la vida de un absoluto donadie.

 

Si le hubiesen preguntado cuáles eran sus aficiones, se habría quedado callado.

 

Estaba observando la mezcla del chocolate, porque era su trabajo, pero su labor bien habría podido llevarla un robot. Un muñeco de madera. Ahí podías verlo, de pie ante el chorro café que caía en el enorme tarro de aluminio. La mirada apagada detrás de esos gruesos lentes. Aseado, tan aseado que su personalidad era de blanco antiséptico. Llegaban otros colegas de la fábrica y le preguntaban qué le había parecido el programa de la tele. Sonreía y contestaba que le gustó. Era conocido en la fábrica porque siempre te escuchaba con atención, tuvieras el problema que fuese. Te daba consejos comedidos y a veces una palmada en el hombro. Te afirmaba que todo iba a estar bien. Al irte, volvía a poner los ojos en el chocolate. La misma expresión del que no está ahí.

 

Bienvenido a un día en la vida de Jeffrey Dahmer.

 

Al mediodía, va a un restauran a una cuadra de la fábrica. Varía sus comidas. Trata de mantenerse alejado del alcohol cuando está trabajando porque sabe cómo se pone con eso de la bebida. Le empezó cuando todavía estaba en el colegio: compraba un six-pack de cerveza y se tomaba una, dos, tres antes de entrar a clases. Le gustaba la sensación que le creaba y hacía el resto del día más llevadero. Por esos días sus padres peleaban a tal punto que Jeff ya tenía la irrevocable decisión de nunca casarse. No hubiese podido si hubiese querido, de todos modos. Era gay en una época donde la unión entre dos hombres era la idea más nauseabunda concebida.

 

Una mañana descubrió que se había tomado las seis cervezas, una tras otra, empinando el codo. No se sentía borracho, sino un poco mareado. Dejó de comprar el six-pack para comprar un twelve-pack.

 

Después de almorzar, volvía a la fábrica. Sus amigos le sugerían que saliera con ellos después del trabajo, para unos tragos rápidos y un partido deportivo en la tele. Jeff decía siempre que no, con la mayor de las cortesías. No le gustaba el deporte. Algunos de esos colegas le confundían el nombre, le decían Jed, Geoff e incluso Tom. Él ni siquiera encogía los hombros. Le venía igual cómo le dijeran.

 

No hablaba con su familia a menudo. Nunca fue muy unido con sus padres –en especial después del divorcio– y reservaba las festividades y los cumpleaños para verlos. Conversaba de trivialidades, más con su papá que con su mamá. No le gustaba la hipocondría de ella. Su hermano estaba casado y, teniendo siete años de diferencia, tampoco compartían mucho en común. Su abuela era la que menos le hablaba. Vivió con ella después de salir de la milicia. Se enlistó después de graduarse de bachiller y al poco tiempo volvió a casa, tras haber sido expulsado por su exceso etílico –la misma razón que provocó su fracaso en la universidad. Al principio la abuela lo recibió con los brazos abiertos y se lo llevaba todos los días a la iglesia, a donde él iba con entusiasmo. Se hicieron más distantes con los meses. Aún desempleado, cosas aparecían en su cuarto, que tenían que ser robadas. Ninguna más anormal que el maniquí: un maniquí vestido y sentado en el armario. Le preguntó a su nieto de dónde lo sacó. Jeffrey contestó que era de un amigo.

 

Y el olor. En su cuarto estaba este olor a tierra húmeda, a ropa podrida.

 

Se cansó del muchacho y de sus visitas nocturnas de hombres que sólo buscaban sexo. Lo sacó de su casa, de vuelta a los brazos de un padre que no sabía qué hacer con él. Lionel, el papá, se había casado otra vez y siempre estaba atento a la siguiente oportunidad que le pudiera arrojar a su hijo. Pero el contacto entre los dos terminó convirtiéndose en un asunto, más bien, jurídico.

 

Comenzó con un arresto por exposición indecente: Jeffrey le había mostrado sus genitales a dos muchachos. Un año más tarde, volvería a ocurrir.

 

El afecto de Lionel se convirtió pronto en desesperación, pero la esperanza es lo último que se pierde. Siguió a su lado. Aconsejándolo. Ayudando a su hijo a conseguir una oportunidad que le hiciera salir adelante. No se imaginaba que Jeffrey había sido expulsado de un sauna al que estaba afiliado porque se descubrió que drogaba a otros clientes y se acostaba con ellos. Nada sexual, sólo se acostaba. Bueno, algunos de esos hombres eran homosexuales también y sí ocurría un jugueteo, que Jeff conocía como “sexo ligero”. A veces, ese sexo ligero ocurría después de que el otro hombre quedaba inconsciente.

 

Después del trabajo, recogía sus cosas, se despedía de todos sus amigos y volvía a su apartamento en autobús. Sentado por el fondo, junto a una ventana, mirando a la urbanización pasar emborronada. Viendo un reflejo transparente de sus propios ojos.

 

Llegaba al edificio. Consiguió pagar el alquiler después de que le dieran el trabajo en la fábrica. Abandonó de una vez la casa de su abuela y los arrestos empezaron a volverse incidentes distantes, de otra vida. El futuro empezaba a brillar.

 

Tenía un acuario en el apartamento. Eso sí le gustaba de verdad, amaba mirar a esos peces. Silenciosos, lentos e impersonales, vecinos de un microcosmos que nunca interactuaban entre sí. Lo conocía el conserje, que le había llamado la atención por los malos olores que venían de su puerta. Jeff tenía dañado al refrigerador y la carne se descomponía con rapidez, pero era un asunto que iba a solucionar muy pronto. El conserje siempre lo trataba con paciencia porque, bueno, era uno de los pocos inquilinos con educación.

 

Cuando Lionel volvió a verlo, las circunstancias eran distintas. No estaban en una reunión familiar, sino otra vez en el tribunal. Jeffrey fue puesto bajo arresto porque golpeó con un palo en la nuca a un muchacho que se había llevado a su casa, después de conocerlo esa misma noche en un bar gay. El ataque vino de la nada. La policía lo capturó y él se declaró culpable.

 

Y mientras le rogaba al juez que no lo mandara a prisión, porque eso significaba perder un empleo que le servía de ancla a la vida, Lionel entendió que su hijo, ese muchacho encantador que se hundió en una profunda timidez, nunca sería más de lo que era ahí, a sus treinta años: mentiroso, alcohólico, ladrón, exhibicionista, violador. Fue el claro momento que miraría en retrospectiva como ese en el que comprendió que su hijo se había alejado para siempre.

 

Se cerraba la puerta de su apartamento, el 213. Algunas noches volvía a abrirse, salía Jeff y volvía con otro hombre, que acababa de conocer. Pero la puerta no se abría otra vez. Nadie salía sino Jeffrey, a repetir en la mañana el ciclo automático.

 

Ya le despedirían. Y una semana después, Lionel recibiría una llamada de la policía, diciendo que Jeff estaba bajo arresto. Por homicidio calificado.

 

«Esta vez de verdad lo arruiné» fue lo primero que le dijo Jeff a su padre cuando estuvieron cara a cara.

 

Al volver a mezclar el chocolate, Jeff no se imaginaba cómo sería su juicio, ni los rostros de los familiares de los 17 hombres que asesinó y descuartizó. Trabajaba con la oscuridad por dentro. Sabiendo su vida desperdiciada. Incapaz de dejar de asesinar.

 

Por ahora, siguió trabajando, perdido en chocolate negro.

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