Viaje al borde de la noche



El carro no pudo ingresar a la autopista porque lo detuvo la defensa del canal de incorporación; simplemente no cruzó, parecía no obedecer las órdenes que le impartía mediante el volante. Darío pensó que yo estaba ebrio por la bebida que había ingerido, y me dijo: 

—¿Quieres que maneje yo?

Por toda respuesta, le di un manotazo al volante, que giró enloquecido como si fuera la ruleta de un casino, impulsada por algún habilidoso croupier. Algo le había pasado a la dirección; por suerte no sucedió estando ya en la autopista, porque de ser así hubiéramos engrosado las estadísticas de los fallecidos de ese fin de semana. Darío quiso demostrar sus conocimientos de mecánica, y de paso lucirse con su pareja de la noche, y dijo:

—Se debe haber partido la barra de la dirección, abre el capó para revisar.

Yo, que aunque no estaba borracho sí tenía algunos tragos encima, repliqué:

—La única barra de la que tengo idea es la del bar de la esquina de mi casa, así que revisa con confianza…

—Tú siempre haciendo chistes. ¿En este perol cargas alguna linterna?

—No sé, solía haber una en la maleta, pero de eso hace añales —contesté, mientras salíamos del carro los hombres. Las mujeres, por su parte, se quedaron sentadas, seguramente hablando mal de la pobre cita que les había tocado esa noche. Abrí la maleta, y revolviendo entre las herramientas la encontré. Accioné el interruptor, y una triste luz de vela a punto de desfallecer se asomó con desgano en su extremo.

—Esas pilas deben ser de cuando Bolívar era cadete —le dije a Darío.

—Abre el capó de una buena vez, a ver si puedo resolver algo.

—Dale, Macgiver —contesté con sorna, mientras halaba la palanca de liberar la cubierta del compartimiento del motor.

—Qué fastidio, ¡apúrense! —Estela, quien había accedido a duras penas a salir conmigo esa noche, expresaba de esa manera todo su enojo.

—Y pensar que para esto dejamos de ir a la fiesta en el club… —replicó a su vez María Esperanza.

Un farol, con centenares de mariposas nocturnas revoloteando a su alrededor, alumbraba la escena. De vez en cuando pasaba algún vehículo por la autopista, a toda velocidad, y dejaba a su paso una estela de música y de humo. Darío se sumergió cual buzo en la cavidad, y después de mucho inspeccionar emergió con un veredicto:

—No se ve un cará.

—Interesante. ¿Y ahora qué hacemos?

—Lo primero es acomodar el carro en un sitio menos peligroso.

—Sin dirección vamos a gozar un puyero…

Mientras estábamos en esa conversación, se acercó un volkswagencito, y desde la ventana su conductor nos dijo:

—¿Accidentados?

Yo estaba a punto de contestar una pesadez, pero Darío adivinó mis intenciones y me dio un codazo, para que permaneciera callado. El hombre del escarabajo lo orilló, descendió del carro y se nos acercó.

—Qué más, pana. Sí, creo que se nos echó a perder la dirección —lo abordó Darío inmediatamente.

—No es prudente dejar ese carro allí, alguien se lo puede llevar por delante. Vamos a hacer algo: que uno de ustedes se encargue de moverlo y los otros dos lo dirigimos.

La maniobra fue bastante engorrosa, y entrañaba cierto grado de peligro: mientras yo echaba poco a poco para atrás, Darío y el otro hombre iban empujando con las manos los cauchos hacia la dirección deseada, uno a cada lado del carro. Calculo que nos tardaríamos unos diez minutos en poner el vehículo en un lugar más o menos seguro. Cuando al fin logramos el objetivo, busqué unos trapos que guardaba en la maleta y se los extendí para que se limpiaran un poco, y luego procedimos con las respectivas presentaciones. El que tomó la iniciativa fue el recién llegado:

—Juan Antonio Estrada es mi nombre, y me dedico a auxiliar borrachos accidentados las noches de los sábados —dijo, supusimos entonces que en son de broma.

—Nosotros somos Genaro, el conductor, cuyo único mérito resaltante en la vida es el de poseer este poderoso Charger RT; Estela, su pareja de esta noche, quien es la feliz dueña de 45 pares de zapatos; María Esperanza, la dama que me acompaña, muy a su pesar visto lo poco receptiva que ha sido a mis insinuaciones, y yo soy Darío, mecánico de vocación y estudiante por obligación —contestó éste último, en sintonía con el espíritu burlón que le atribuimos a Estrada.

—Ya lo sé, estaba en el mismo local de donde vienen.

Esa revelación nos tomó a todos por sorpresa, ya que Juan Antonio, si ese era su nombre real, no se nos hizo conocido a ninguno. Pero tal vez, con tanta gente, pasó desapercibido.

—Qué casualidad, ¿tú también conoces a David? —pregunté, a ver si lo despistaba: allí no había ninguna persona con ese nombre, que yo supiera.

—¿David? No lo creo. Ah, ya, uno de los mesoneros se llama así, ¿lo conocen?

El comentario y la pregunta me tomaron desprevenido, y no supe qué contestar. En ese momento no le hice mucho caso, pero más tarde se hizo demasiado evidente: en el aire se percibía un aroma indescriptible, o más bien una mezcla de aromas evocadores, que poseían la cualidad de trasladarme mentalmente a varios lugares de mi pasado.

—Me imagino que ahora no tienen cómo irse de aquí, ¿no es así?

—Efectivamente, creo que tendremos que buscar un taxi.

—Si me acompañan un momentico a una diligencia, después los llevo al Manzanal.

¿Cómo sabía en dónde vivíamos? Todos empezamos a sospechar algo raro, pero nos sacó de la duda de inmediato:

—No vayan a creer que soy brujo, sucede que en el local escuché cuando esta bella dama le daba a un caballero su dirección. Uy, espero no haber cometido una infidencia…

Estela enrojeció al instante; yo por mi parte ni siquiera me molesté: en realidad, era una de las primeras veces que salíamos juntos y no le veía mucho futuro a esa relación. Sin embargo, el orgullo de macho se hizo presente, y me impelió a recriminarle a la mujer:

—¡Qué bonito! Apreciaría mucho que cuando salgas conmigo no estés cuadrando citas con otros tipos. Aunque supongo que no van a haber otras ocasiones.

Mis reclamos no obtuvieron respuesta, creo que no había más nada que añadir. Antes de que el silencio pusiera la situación aun más embarazosa, Darío dijo:

—No sé a ustedes, pero a mí me parece prudente aceptar la propuesta. Esta zona no es lo que se dice muy segura, y es mejor que salgamos de aquí lo más pronto posible.

Estela y María Esperanza cuchichearon un momento, y luego nos llamaron aparte:

—Este tipo es medio raro, no nos gusta mucho la idea de irnos con él.

—¿Pero cómo vamos a hacer? No hemos visto pasar un solo taxi desde que nos accidentamos.

El diálogo se interrumpió con una ráfaga de disparos, originados en los cerros que se vislumbraban a lo lejos, que aunque apagados por la distancia hicieron cambiar rápidamente de opinión a las muchachas.

—¡Vámonos enseguida! —exclamaron casi al unísono. “Nada como unos buenos disparos para apurar a unas damas indecisas”, pensé, acaso con cierto cinismo. Entramos cual tromba al escarabajo, las dos chicas con Darío atrás y yo adelante, de copiloto. Por su parte el dueño del carro se introdujo en él con total parsimonia, como si no tuviera prisa alguna.

—Cómo les dije, tengo que hacer una breve parada en un lugar, pero si gustan pueden acompañarme.

No nos quedaban muchas opciones, así que tuvimos que aceptar esa forzada invitación. Juan Antonio no tomó por la autopista, sino que se internó por unas estrechas calles, muy poco iluminadas, que no nos eran familiares. Estela fue la primera que se atrevió a hablar:

—¿Es muy lejos a donde vamos? En mi casa me están esperando…

—No te preocupes, ya casi estamos llegando. Entramos un momentico, resuelvo el asunto que tengo pendiente, y en cinco minutos estarás con papá y mamá.

Noté un cierto acento irónico en esa última frase, pero no acerté a adivinar su significado. Nadie replicó nada, ya que no estábamos en posición de hacer exigencias. Viendo el asunto con objetividad, nos encontrábamos en deuda con él: después de todo nos había sacado desinteresadamente de una situación comprometedora, así que hubiera sido muy descortés de nuestra parte negarnos a acompañarlo; según dijo, sólo serían algunos minutos y después llegaríamos sanos y salvos a nuestros destinos.

El Volkswagen se detuvo frente a un local con un aviso de luz de neón que anunciaba “Bar Mariela”, en letras rojas; la palabra “Bar” tenía un efecto intermitente, con el objetivo de llamar aun más la atención, si ello fuera posible. La puerta del local estaba cerrada, y un grueso personaje vestido con una vistosa chaqueta azul con botones dorados, y que portaba una gorra de capitán de barco, la custodiaba. Juan Antonio se bajó del carro, pero nosotros titubeamos antes de hacerlo; sin embargo enseguida observamos que el portero se le acercaba ceremoniosamente y le daba la mano, como quien saluda a una persona importante, y entonces nos apeamos también.

Las damas nos agarraron las manos, para sentirse más protegidas, y nos acercamos a la entrada del local. El custodio de la puerta por la que acababa de pasar Estrada nos la mantuvo abierta y penetramos al bar. Como era de esperarse, estaba sumido en una densa oscuridad, apenas atenuada por algunas luces amarillentas colocadas en candiles instalados en las paredes, por lo que al principio no pudimos distinguir nada; poco a poco los ojos se nos fueron acostumbrando a la falta de luz, y eso nos permitió apreciar que era un sitio de regular tamaño, con una gran barra atendida por cuatro cantineros, y una pista de baile hacia una esquina; en el centro había unas diez o doce mesas, de las cuales cerca de la mitad se encontraban ocupadas. El ambiente estaba saturado de humo de cigarro, olores variados de perfume, sudor y licor, y de una música lo suficientemente alta como para tener que entendernos por señas, o a alzar la voz a nivel de grito para poder comunicarnos. A todas estas, no vimos a dónde se había ido Juan Antonio, y nos quedamos de pie, en medio del local, sin saber qué hacer.

Aprovechando un momento en el que la música calló, una mesonera, vestida de manera provocativa, pero que no podía ocultar los estragos que el tiempo y la mala vida habían efectuado sobre su organismo, se nos acercó para informarnos lo siguiente:

—El señor Estrada les manda a decir que su diligencia va a tardar un poco más de lo previsto, y les ruega que hagan el favor de esperarlo en una mesa. Les agradezco que me sigan.

Sin poner objeciones cumplimos la velada orden que nos impartió a distancia Juan Antonio, y seguimos a la chica hasta un área que no habíamos podido apreciar antes: era un espacio de reservados, separados entre ellos por tabiques de madera y que como puerta lucían una simple cortina de terciopelo color oro antiguo. La mesonera abrió una de las cortinas, y nos hizo pasar: por mobiliario tenía un sofá de dos puestos, y una mesa con cuatro sillas. Encima de ella había un servicio de whisky, de excelente calidad. Sin mediar palabra desapareció del reservado, dejándonos solos.

—¡Bueno, esto no podemos dejarlo pasar liso! —dije yo animadamente—. Nuestro anfitrión se está revelando como toda una caja de sorpresas.

—No irás a pensar que vamos siquiera a probar eso —respondió en tono molesto María Esperanza.

—Estoy de acuerdo, quién sabe cuál porquería habrá en esa botella —Estela se solidarizó con su amiga—. Es más, soy partidaria de que salgamos de aquí enseguida; le podemos pedir al portero que nos consiga un taxi.

—Me parece razonable, yo mismo voy a salir para decirle.

Darío abandonó presuroso el reservado, dejándome con las muchachas que empezaban a estar hartas de la situación.

—¿Cuándo vas a crecer, Genaro? En un momento como éste, en el que estamos en un sitio de mala muerte, con tu carro abandonado en la calle y sin saber si lo vas a encontrar mañana, tu único interés es beber de esa botella. Así no vamos a llegar muy lejos.

Mientras me servía un trago, le contesté a Estela, sin perder los estribos:

—Te puedes ahorrar el sermón. Total ya está visto que tú no tienes ningún interés hacia mí, si a la primera ocasión le das tu dirección y seguramente tu teléfono a cualquier extraño, y estando conmigo en ese momento. Vamos a hacer algo, de ahora en adelante cada quien por su lado, ¿te parece?

—Por mí mejor, me estoy dando cuenta de que eres un verdadero patán.

—¿Por qué no dejan la pelea? Me parece que Darío se está tardando demasiado —intervino María Esperanza.

—¿Quieren que vaya a ver qué está pasando?

—No se te ocurra dejarnos solas aquí, ¿estás loco?

—Sí, tal vez un poco. Creo que están exagerando las cosas, a fin de cuentas no ha pasado nada del otro mundo.

Casi no llegué al final de la frase cuando llegó Darío a derrumbar mi teoría:

—Esto no me gusta para nada: el portero me hizo entender que no podemos salir de aquí sin el permiso de Juan Antonio.

—¡Estamos secuestrados entonces! Yo dije que era mala idea, ¡te odio! —Estela aprovechó para descargar toda su ira y su pánico sobre mí. María Esperanza no pronunciaba palabra, pero dos gruesos lagrimones rodaban por sus enrojecidas mejillas.

—No perdamos la calma. Ya va a aparecer Juan Antonio y le exigiremos una explicación, no creo que sea nada tan malo —dije, pero ni yo me lo creí: era evidente que nos estaban reteniendo a la fuerza, aunque no conocíamos los motivos—. Es más, voy a salir a buscarlo.

Abandoné nuestro improvisado sitio de reclusión, dispuesto a enfrentarme a Estrada. Ya la situación se estaba volviendo irresistible: lo que en un principio pareció un derroche de cortesía, se había vuelto una especie de pesadilla de la que no nos era permitido despertar. Pero, ¿dónde buscar? Ese bar parecía tener demasiados recovecos, y no faltarían en él habitaciones privadas, a las que los clientes ordinarios tendrían prohibido el acceso. Por no dejar, decidí revisar los reservados, con mucha cautela. Empecé por el primero a mi derecha: con mucho sigilo entreabrí la cortina, pero por lo que pude ver estaba vacío. Continué la búsqueda en el siguiente, y al repetir la acción vi que se hallaba ocupado por una pareja a medio vestir, acostada en el sofá. No me permití ver nada más: cerré enseguida la cortina, tratando de no hacer ruido, y al parecer tuve suerte, ya que no se escuchó ninguna protesta.

Opté por salir del área de reservados y buscar en otra parte, ya que me sentía en deuda con Estela y con los demás también. Tanteando las paredes del bar logré encontrar un picaporte; con el mayor disimulo del que fui capaz traté de darle vueltas. La puerta se abrió abruptamente, con gran estrépito, y pude ver que al otro lado estaban varias personas entretenidas en juegos de azar: era una especie de casino o garito, clandestino con toda seguridad. Los jugadores se detuvieron un momento, y al verme asomado alguien me dijo:

—No te quedes allí, ¡pasa y cierra esa puerta inmediatamente!

Pensé que mi situación en ese momento era bastante frágil, y decidí obedecer esa orden. Tal vez allí encontraría a Estrada, y podría por fin aclarar las cosas y salir de ese extraño lugar.

—¿Quién eres tú? ¿Te mandó acaso el Tuerto? Yo le dije que le iba a pagar dentro de una semana, ¡pero aun así te envía para acosarme! —el que con tanta vehemencia me increpaba era un hombre de larga barba grisácea, sentado a la vera de una mesa sobre la cual destacaba una gran ruleta.

—Señor, le aseguro que no conozco a ningún tuerto, y también que nadie me mandó a venir. Llegué por mis propios medios, y estoy buscando a mi amigo, Juan Antonio Estrada.

El solo hecho de pronunciar ese nombre le dio un vuelco total a la situación. Varios de los hombres allí reunidos se acercaron hacia mí, pero no de manera hostil sino más bien amistosamente. Uno de ellos tomó la palabra:

—Cualquier amigo del señor Estrada es bienvenido en este lugar. Por favor, acomódese en donde quiera, ¿desea tomar algo?, o tal vez le interese participar en alguno de los juegos que llevamos a cabo aquí… David, sírvele un trago a este señor, ¡rápido!

“Cómo cambian las cosas de un momento a otro”, pensé. Nada más la mera mención de un nombre promovió mi estado: de espía, o tal vez sicario, pasé a ser huésped honorable, al que se le debe agasajar.

—Muchas gracias por su oferta: realmente me encantaría jugar una partida de póquer, o tentar a la suerte en la ruleta, tomándome ese trago; pero mis compañeros están esperándome y se angustiarían todavía más si no llego en unos momentos. Todo lo que necesito es encontrar a Juan Antonio, ¿no lo han visto por aquí?

—¿Que si lo hemos visto? Estuvo aquí durante largo rato, y ganó en cuanto juego participó. Ese hombre sí tiene suerte, le dicen el brujo porque parece que pudiera adivinar las cosas. Tanto así que se aburrió, o se apiadó de nosotros, y decidió retirarse.

—¿Y sabrán a dónde se dirigió?

—Es posible que se encuentre en las habitaciones de Mariela, pero allí no vas a poder entrar, ¡si sabes a lo que me refiero! —contestó uno de los jugadores; mientras decía eso, hacía unos extraños movimientos con los ojos, tal vez tratando de enfatizar sus palabras. Sí, me lo imaginaba muy bien. Extraña diligencia la que lo había detenido en el bar; sus cinco minutos ya iban por la hora larga.

—Entonces los dejo, debo regresar con mis amigos. Muchas gracias por sus atenciones.

Con estas palabras di por terminada la visita al garito clandestino, e iba decidido a regresar al reservado, para comunicarles a los otros la mala noticia. Sin embargo, no me fue posible hacerlo, porque surgió otro acontecimiento imprevisto: la misma mesonera de antes, que aparentemente estaba a los servicios de Juan Antonio, se me acercó y me pidió que la siguiera, ya que él requería mi presencia. Dentro de todo eso me alivió, por fin lograría mi propósito. Me llevó a través de una especie de pasadizo, cuya entrada estaba disimulada como la del casino. Dicho corredor poseía cierta inclinación hacia abajo, y en un momento determinado daba una fuerte curva y se convertía francamente en una rampa, por lo que imaginé que me dirigían hacia un sótano. Le pregunté a la chica a dónde pensaba llevarme, pero no respondió, logrando que mi alarma se incrementara. Por fin llegamos al final del pasillo, que desembocaba en una puerta blindada. La abrió, y me hizo señas para que entrara. Lo hice, y me encontré en una habitación decorada al estilo oriental, con alfombras tipo persa cubriendo los pisos y grandes tapices adornando las paredes. Del techo caían unas amplias tiras de tul, de diferentes colores, que no permitían apreciar la real altura de la habitación. En cambio de lámparas, había varios candelabros diseminados por doquier, que ofrecían una iluminación escasa. Entornando los ojos pude ver que en una esquina de la estancia, sobre unos cojines apilados en el suelo, se encontraba una persona fumando un narguile. Dicha persona era a quien estaba buscando. Juan Antonio me ganó el derecho de palabra:

—Dime, ¿qué te disgustó?

Esa pregunta me tomó desprevenido. Mi intención era la de expresar mi desagrado por la situación por la que estábamos atravesando, pero su pregunta descargaba la culpa sobre mí. De pronto sentí que era un muchacho malcriado, rezongando por motivos fútiles. Para ganar tiempo, contesté:

—¿A qué te refieres?

— No quieras pasarte de listo conmigo. Yo estoy enterado de todo lo que pasa en este lugar: por ejemplo, sé que Darío quiso que el portero le consiguiera un taxi para irse del bar, que tan desinteresadamente los acogió. Y también estoy al tanto de que estuviste molestando a los clientes del lugar, averiguando mi paradero. Por eso no me queda más remedio que preguntarte: ¿no estás a gusto aquí? Tal vez hubieras preferido que los dejara en la calle, expuestos a quién sabe cuáles peligros.

Descrito de esta manera, parecía que nuestro comportamiento era absolutamente reprochable. Tuve que hacer acopio de toda mi valentía y mi ingenio para tratar de reversar la situación a mi favor:

—Espero que sepas comprender mi preocupación: si fuera por mí, estuviera más que a gusto en este lugar. Y creo que Darío también. Pero las muchachas que nos acompañan no están acostumbradas a este ambiente, y se encuentran muy nerviosas. No sé si sería mucho atrevimiento de mi parte solicitarte permiso para acompañarlas a su casa. Por supuesto, no estoy pidiendo que seas tú mismo quien nos acompañes; la posibilidad de irnos es todo a lo que aspiro.

Juan Antonio soltó una estruendosa carcajada:

—Mira que he conocido a gente ingenua, pero tú te llevas el trofeo. Esas mujeres que traen están ansiosas por conocer a verdaderos hombres, no unos pelagatos que corren buscando las faldas de sus madres a la primera dificultad que se les presenta. Les proporcioné un ambiente discreto, con todas las comodidades para que pudieran intimar con las damas, pero ustedes, lejos de aprovechar esa oportunidad, buscaron la manera de irse corriendo de este lugar. Estoy decepcionado de su vergonzoso comportamiento.

No podía negarle la razón: desde su punto de vista, no había hecho otra cosa que facilitar nuestros intereses. Después de todo, no era mentira que tanto Darío como yo estábamos muy ilusionados con nuestras citas. Sin embargo, no podía demostrar debilidad en ese momento, ya que era evidente que Estela y María Esperanza querían irse a sus casas enseguida. Por lo tanto, tuve que tratar de convencerlo:

—Lo que dices es cierto, pero lamentablemente no supimos aprovechar la oportunidad que propiciaste, y lo mejor que podemos hacer es ceder a los deseos de las damas. Te agradecería muchísimo que nos permitas irnos de este lugar.

—Piénsalo bien: ciertas oportunidades no se dan tan a menudo. Si decides irte, no tendrás la menor protección de mi parte.

—No quisiera contrariarte, pero tengo la convicción de que lo más conveniente para nosotros es irnos de aquí.

—Será así, entonces —se puso en pie, y a continuación dijo:—. Sígueme, por aquí hay un atajo a la zona en donde se encuentran tus amigos.

Estrada se puso de pie y, moviendo uno de los tapices de la pared, dejó al descubierto una puerta, la cual al abrirse reveló un sitio conocido por mí: el pasillo de los reservados. Sin poder ocultar mi premura corrí hacia el lugar en donde estaban mis amigos, superando a Juan Antonio. Cuando abrí la cortina, pude ver que Estela estaba sentada en el sofá, conversando animadamente con un hombre al cual no pude identificar, mientras que Darío y María Esperanza ocupaban dos de las sillas del reservado. Al verme entrar, Estela me dirigió una mirada cargada de reproche, y el hombre que le hacía compañía se levantó y salió presuroso del sitio, después de susurrarle algo al oído.

—¡Por fin! Creíamos que te habías desaparecido para siempre —dijo Darío.

—Ya veo que no perdiste el tiempo mientras estuve ausente, Estela. Pero no es tiempo para hablar, lo cierto es que nos vamos de aquí.

—No creo que lo que yo haga o deje de hacer sea aún de tu incumbencia. Pero dime, ¿encontraste a nuestro carcelero? —respondió, sin ocultar la ira que sentía.

—Cómo lamento que hayan confundido hospitalidad con prisión… para futuras ocasiones trataré de ser mejor anfitrión —las palabras de Estrada cayeron como un balde de agua fría sobre nosotros—. De ninguna manera están obligados a quedarse, la puerta está abierta para todo aquel que desee marcharse. Eso sí, no nos hacemos responsables de lo que les pueda ocurrir cuando abandonen el local. Estarán a su libre albedrío, sin nuestra protección.

—No te preocupes, nos hemos cuidado solos antes y lo podremos volver a hacer —respondió altivamente Darío, envalentonado por el hecho de haberse bajado un buen trago de la botella, como pude observar.

—Tampoco nos vamos a poner a pelear, deberíamos irnos ya —traté de cortar por lo sano, para que no fuera a ocurrir otro tropiezo que nos impidiera la salida inmediata de ese bar que ya nos asfixiaba.

—Será mejor que vayan saliendo, Mariela está sumamente enojada por las molestias que están causando, y quiere que abandonen enseguida el local.

Esas palabras fueron nuestra despedida de Juan Antonio. Desapareció en la oscuridad del pasillo, y no lo volvimos a ver más nunca. Emprendimos el camino hacia la salida, el cual fue acompañado por las miradas severas y amenazantes de los parroquianos, o por lo menos esa fue la impresión que tuvimos. Una vez en la calle, el portero nos dijo:

—Qué mal que no supieron aprovechar la oportunidad que se les estaba ofreciendo, no saben lo que están perdiendo al hacerlo.

Nadie le respondió. Simplemente nos acercamos al Charger, que estaba estacionado en la acera en frente al bar. Abrí la puerta del copiloto para que ingresaran al asiento trasero Darío y María Esperanza, y la mantuve así mientras se subía Estela, como último rasgo de cortesía, cerrándola con suavidad cuando lo hubo hecho. Una vez que todos estuvieron acomodados, me subí al asiento del conductor e introduje la llave en el cilindro de arranque; al darle vuelta, el motor ronroneó como lo solía hacer, con su sonido poderoso pero sobrio; lo calenté unos cuantos segundos y salimos veloces de ese sitio. No conocía la zona, por lo que tardé bastante en ubicar la entrada a la autopista; recorrimos varias cuadras de pequeñas casas, algunas de las cuales habían sido transformadas en comercios o en talleres mecánicos; en los cruces decidía al azar la ruta que seguiría en adelante. Las calles estaban totalmente desiertas, no había nadie a quien preguntar. Eventualmente, al rato de vagar sin rumbo, la encontré. Enfilé decidido hacia ella, pero el carro no pudo ingresar a la autopista, porque lo detuvo la defensa del canal de incorporación; simplemente no cruzó, parecía no obedecer las órdenes que le impartía mediante el volante. Darío pensó que yo estaba ebrio por la bebida que había ingerido, y me preguntó:

—¿Quieres que maneje yo?

 

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Viaje al borde de la noche, 5.0 out of 5 based on 1 rating

mirco ferri sette

Narrador y cronista urbano por vocación, consultor/desarrollador de herramientas informáticas por profesión

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6 Comentarios

  1. xluis dijo:

    este cuento es parecido a este que publique hace un tiempo, aunque el entorno del tuyo es diferente, la topologia es igual, una banda de moebius http://li.co.ve/cNo

    ResponderResponder
  2. xluis dijo:

    No pana, tranquilo, es un tema recurrente que los argumentos se repiten en el que escribi puse tambien el link a otros cuentos con el mismo tema.
    El tuyo me gusto, ya que lo pones en un entorno urbano, en la linea de los cuentos de cortazar, y eso es un elogio ok

    ResponderResponder
  3. mirco_ferri dijo:

    Amigo Xluis, lamento haberte dado la impresión equivocada: en todo caso no me molesté en lo absoluto (hasta que comparaste mi cuento con Cortazar, eso sí raya en el insulto – para Cortazar, claro :-)). Creo que argumentos originales para cuentos en general quedan muy pocos, generalmente hacemos re-elaboraciones de historias ya contadas. Es lo malo de vivir en el siglo XXI. Gracias por leerme y por tener este intercambio de ideas (ahora tengo que googlear “banda de moebious”, cuyo significado se me escapa).

    Por cierto, edito para hacer un comentario al margen: soy nuevo publicando aquí, así que no estoy familiarizado con el funcionamiento del portal. No se si la foto que le colocaron al cuento fue puesta allí por una intervención humana o por un software de asociación de imágenes, pero sea lo que sea, la imagen le quedó bordada. Muchas gracias.

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  4. mirco ferri sette dijo:

    Xluis: Leí tu cuento y dejé mi comentario respectivo. Tienes razón, la forma del cuento es la misma. Creo que las motivaciones de ambos son diferentes, sin embargo.

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  5. xluis dijo:

    jaja, lo que pasa es que dentro de panfleto hay un duendecillo, un “fornit” que a veces hace que este bien cuadrado los post, y hasta le pone imagenes echandole “fornus” ya sabes “fornit some fornus”
    Lo de la tira e moebideos es una tira unidimencional, que parece que tiene tres imensiones, ya que es como un papel pero con un solo lado, solo existe como objeto matematicos, pero se puede hacer una representación con papel, y se supone que el papel no tiene grosor, si uno la sigue con el dedo, le da la vuelta completa y termina en el mismo lugar. La topologia es la rama de las matematicas que estudia las formas. y a mi me fascina, hasta me provoca ponerme a explicar como se hace eso. Pero ya me han dicho que me pongo fastidioso

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