EL FANATISMO KIRCHNERISTA O LA DEGRADACIÓN DEL PERONISMO Y LA SOCIEDAD

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EL FANATISMO KIRCHNERISTA O LA DEGRADACIÓN
DEL PERONISMO Y LA SOCIEDAD

 POR CARLOS SCHULMAISTER

 El fanático no razona. Es un exaltado que no admite cortapisas a sus argumentos, que no respeta ni tolera discrepancias con ellos, que se entrega totalmente a aquello que considera mejor, superior o perfecto tanto como descalifica y persigue todo lo que se le oponga. Bien se comprueba históricamente en los fanáticos políticos, sociales, religiosos e ideológicos.

 En el fondo el fanático es un inseguro que necesita darse fuerzas a si mismo con arrestos de intemperancia en presencia de observadores que luego den los testimonios necesarios para su cotización en la feria de las vanidades del campo de que se trate. Por eso suele hacer alardes gestuales y oratorios pletóricos de santa indignación que parecen apoderarse de él por culpa de algún blasfemo que ha osado contradecirlo, y a veces ni siquiera eso: una simple duda del otro en sus convicciones puede hacerlo montar en ira y en grados mayores de violencia redentora.

 No hay peor fanático que el converso, es decir, que el recienvenido, el neófito o el arrepentido. ¿Por qué? Porque tiene miedo de sus nuevos vecinos, cofrades o conmilitones y necesita hacerles olvidar sus anteriores convicciones del tiempo en que pensaba y sostenía lo contrario de lo que sostiene hoy.

 Sobre todo porque tiene miedo a la pérdida de eventuales “oportunidades” de prosperidad por la desconfianza y explicable desconsideración que su pasado pueda generar en ellos. Por eso pone énfasis en mostrar su conversión como un apostolado profundo y sincero cual si hubiera nacido de una revelación trascendental, de modo que parezca que ya no se pertenece a si mismo sino a su nueva fe. 

 El converso no admite que de si se desconfíe, pero él se convierte inexorablemente en el fiel de la balanza en la que ha de pesar toda manifestación heteróclita para reclamar contra ella una fulminante andanada de rayos y centellas.

 El fanático sacraliza sus convicciones y las convierte en dogmas, es decir, en incuestionables. En consecuencia todo pensamiento diverso -especialmente si es opuesto- será naturalmente objeto de rechazo fanático. Dicho de otro modo, existe fanatismo a favor y fanatismo en contra, siempre conectados entre si por más que a menudo no se perciban sus conexiones. Por lo tanto, todo fanatismo tiene un lado aparentemente inocente y benigno y un lado claramente negativo, capaz de producir daño y dolor a otros.

 Si -como dije más arriba- el converso fanático trata de mentirse a si mismo y hasta cierto punto es conciente de ello, sobre todo en los comienzos de su “conversión”[1], con frecuencia su pantomima se convierte en obsesión y fabulación; más aun si existen a su alrededor espíritus impresionables de esos que se quedan con la boca abierta ante cada nueva manifestación del personaje en cuestión, antes que de su personalidad.

 Precisamente éstos últimos son potenciales candidatos para nuevas conversiones a partir de la difusión e instalación de esos ejemplos. La diferencia de éstos con los anteriores es que éstos ya ni siquiera son especuladores u oportunistas, no tienen cálculo, son crédulos absolutos de aquello que ven y no se les pasa por las mentes dudar siquiera de lo que aparece o perciben y menos aún pensar en formulaciones alternativas.

He aquí, pues, interviniendo un grado más profundo de ignorancia y superficialidad en estas personas que las vuelve fanáticos más fieles y confiables para aquellos que en la vida social se aprovechan en su propio beneficio de esas características; léase la mayoría de los dirigentes políticos, sociales y religiosos del mundo contemporáneo en todos los rincones del planeta.

 Estas condiciones personales, masivamente consideradas, tiñen con caracteres nítidos y firmes la cultura política, social, cultural y religiosa de la sociedad de que se trate, especialmente entre nosotros.

Los ejemplos abundan en Argentina, especialmente en la historia reciente. Veámoslo muy rápidamente:

A comienzos del gobierno de Carlos Menem, al hacerse evidente el cambio de concepciones, prácticas y metas de lo que habitualmente se daba en llamar “peronismo” su feligresía cautiva de clase baja, mayoritaria por ende en el conjunto de éste, pese a no discutir habitualmente lo que sus dirigencias concebían e instrumentaban, dudó por un instante respecto de dichos cambios. Es que, simultáneamente, en reducidos sectores de pequeña burguesía o clase media (como se prefiera) comenzaban a ser tildados de heréticos.

Pero la conversión de las masas peronistas, pese a su continuada reducción histórica por entonces, llegó por fin y se extendió con renovada fuerza al punto que a muchos observadores -calificados y no calificados- les llegó a parecer que se estaba produciendo un salto cualitativo en la conciencia de los llamados trabajadores (por los peronistas de clase baja), lo que por muchos pudo ser interpretado como un síntoma de cambios más profundos e interesantes para la sociedad argentina.

Esa conversión se alimentó de gestos personalistas de nuevo cuño por parte de Carlos Menem, algunos tan inefables como sus famosos yerros discursivos y conceptuales, sus sonrisas, su historial de ganador con las mujeres, y una cierta estabilidad momentánea por obra de la convertibilidad y la expansión del consumo. De modo que la consiguiente satisfacción personal momentánea de la clase baja privó sobre los supuestos míticos que presentaban y siguen presentándola como el último bastión de la conciencia nacional y la solidaridad social.

La ausencia transitoria de mayores conflictos sociales rupturistas -por otra parte sofocados por una dirigencia sindical vendida por un plato de lentejas- y un nuevo triunfo electoral de Carlos Menem hicieron olvidar a propios y extraños el emblemático ideario nacional y popular del peronismo, salvo conocidas excepciones dirigenciales.

 Poco después, cuando todo comenzó a caerse, a mostrarse, a cuestionarse y denunciarse, muchos de aquellos que habían sido los conversos de ese nuevo peronismo al que habían imaginado y deseado larga vida en el futuro sintieron vergüenza de su endeblez ideológica cuando no de su oportunismo. De modo que ante el desastre del gobierno de De la Rúa optaron por mantenerse en sus trece y fungieron de apóstoles de una oportunidad desaprovechada. Todo ello con tal de no asumir su inveterado cholulismo y su evidente venalidad.

 Por lo tanto, la autocrítica brilló por su ausencia, a diferencia de la crítica de otros partidos y personalidades. Ni políticos ni sindicalistas peronistas propiciaron la instalación de un debate nacional acerca de los errores vividos por el “pueblo peronista”. En consecuencia, lo que sobrevino fue el silencio, el no prestarse a debates, pero sí a la denostación constante de las dirigencias y partidos no peronistas: o sea, a depositar las culpas fuera de si, en los otros.

Actualmente Argentina transita por el noveno año en el gobierno y en gran medida en el poder por parte del peronismo en versión “kirchnerista”. Desde el comienzo de este nuevo proceso la mayoría de los ex conversos al menemismo se convirtieron al kirchnerismo en los campos políticos, sindicales y culturales, tanto a nivel de dirigencias como de clientes. No obstante, en este transcurso apareció un sector dirigencial interno claramente opositor (en gran medida obra de la intemperancia de Néstor Kirchner). Ello hizo que en esta ocasión el corrimiento de los nuevos conversos y fanáticos tardara en producirse un poco más que en los noventas de Menem.

Sin embargo, un hecho circunstancial como fue la muerte de Néstor Kirchner disparó una nueva estampida de conversiones fanáticas a este supuesto ideario y proyecto, tan vidrioso como falso, pese a que desde la cúspide del gobierno se lo considere la fase superior del peronismo, obviamente para cohonestar su errabunda trayectoria política e ideológica y no generar cuestionamientos ni auto cuestionamientos de ninguna clase en quienes desean incorporarse gratuitamente y sobre todo en aquellos que con cuotas de poder de alguna clase forman fila para ser cooptados y retribuidos generosamente.

La difusión mediática del magno funeral produjo en muchísimas personas simples la intuición de que Kirchner debía ser bueno para tener tanta gente en su funeral. ¡Quién no ha tenidos amigos o conocidos que hasta ese momento se mantenían a la expectativa, indecisos y no satisfechos con el pensamiento y obra del gobierno, y que ese día, a partir de la televisión, tomaron la decisión de ponerse la nueva camiseta y encolumnarse detrás de la Compañera Kristina!

Éstos son los conversos del tipo “inocentes” más arriba descriptos. Los otros, los del cálculo y el oportunismo ya se habían dejado cooptar por los nuevos platos de lentejas distribuidos por el oficialismo en todos los niveles y sectores.

 Los de esta clase tienen mucho para ganar comparados con los primeros, ya que no hablamos de honor o conversiones integrales sino de opciones mercantiles. Por lo mismo abundan en gestos de devoción a repetición, propios de perritos falderos, y en actos litúrgicos de intolerancia a los nuevos enemigos, todo lo cual les proporciona la sensación de una relativa seguridad en las nuevas y confortables filas, además de servir de ejemplos movilizadores para la conversión de aquellos que se guían por las manifestaciones visibles, especialmente las mediáticas.

 En consecuencia, se contradice el gobierno actual y sus amanuenses cuando caracterizan como expresiones de la antipolítica destituyente toda expresión crítica contra él, provenga de cualquier parte del sector opositor. Nadie ha realizado mayores aportes a favor de la antipolítica que el kirchnerismo, y en consecuencia nadie ha degradado más que éste a la sociedad.

www.elansiaperpetua.com.ar

[1] El entrecomillado sugiere que la mayoría de las conversiones son aparentes, es decir, insinceras, y por lo general obedecen a cálculos de conveniencias.

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