Estática

Estática resuena tras la puerta detenida
la palma liberada por la selvática ventisca.
Golpea en un puño la madera
varias veces,
golpea con el ritmo
de la estática que acaricia.
Me conmueve de terror
la canción abrasadora;
me mantienen en tensión
(en incansable tensión)…
las repeticiones perversas de las manos en la puerta.
Tres veces–
un grito–
dos veces,
una vez–
un último grito.

Ahora gritos distintos gimen a mi lado:
no claman molestia, sino placer desmesurado.
Estáticas resuenan las notas musicales
que rellenan el cuarto de terror y nerviosismo;
convierten el abismo hogareño
en el bullicio estresante de la ciudad,
en una voz profunda que me pide…
que le pide a este doliente suburbano
atender a los golpes y aullidos matutinos.

Los materos se sostienen en el portal,
así, estáticos, paralizados en su muerte tan hermosa;
tan fragante y colorido sea el tránsito de las hierbas
en que los estambres detenidos terminen en las abejas.
No se espantan ante los latidos de la tabla atascada
como haga yo una mañana
entre estas sábanas.

Oigo los golpes de la puerta
repetidos al compás
de la estática infinita que rellena mi sala.
Me encuentro solo oyendo el repiqueteo inacabable
y los gritos que le siguen…
los clamores macabros que repiten
el «¡cállate la boca!»,
el «¡ábreme esta puerta!».
La estática persiste en su claroscuro sonoro,
con onomatopeyas silenciando
mis lamentos de socorro.
Auxilio del desastre que se acerca a la ventana
con el ritmo inagotable
de la estática tenaz:
un avión atontado
que vuela entre pajarillos asustados,
retando a los gritos imaginarios
que le atacan desde el portal.

Se callan los vecinos
y se callan los mosquitos,
los sonidos se terminan
como principiasen algún día;
sola silba en murmullos la estática perpetua
concentrada en la pantalla atronadora
que se esconde en los pasillos.
Tras los cristales puede(o) ver
el avión acercándose
envuelto en fuegos y humores;
lo siento(e) ya traspasando las ventanas y rompiendo las paredes,
maltratando el jardín de las flores y las hierbas jadeantes;
se imagina los fuegos consumiéndole la mente
y los ve(-o) cual ciertos
desollándolo en vida.

Y con la estática marcada en el fondo
de sus tímpanos humeantes,
se quema en su demencia
el oyente de voces,
el vidente de chisposos fulgores.
Estático se queda en su delicioso delirio silenciado,
repitiendo los shonidos
con el ritmo,
con pasión.
Y el avión que vuela y se estrella contra la casa…
Y la yerba quemándose en su proscripción.

Animus a Nemo,
23 de noviembre de 2009.

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