Un cuento de m……

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Un cuento de m…..

 

Después de recorrer varias tiendas  de la ciudad en búsqueda de los pomos de óleo  que tanto necesitaba para mantener viva su pasión por la pintura se pudo percatar que poco a poco habían desaparecido de los anaqueles. Hacer aquellas compras era cada vez más similar  a hacer un mercado de comida o buscar medicinas en las farmacias, estantes vacíos o llenos de un solo producto de mala calidad, caminar de un lado al otro por varios días. Los pocos materiales que quedaban valían una fortuna y con el tiempo sólo quedaban extraños colores que jamás había pensado utilizar en sus paisajes. Así, aquellos sinuosos cielos azul claro que imitaban  los de Van Gogh  se fueron haciendo de un azul eléctrico, como de arco de soldadura, los atardeceres tuvieron cada vez menos colores hasta quedar en tonos grises, diluidos sobre el blanco de usadas telas de lino que sustituyeron la majestad de los lienzos. Pero sabía que aquella escasez no era producto de ningún misterio desde que el líder había decretado que el arte, tal y como había sido concebido antes de su llegada, sólo era alimento para la oligarquía y para la pequeña burguesía, un vicio que habría que cambiar para resaltar la historia y su mítica llegada al poder. Así lo fueron repitiendo como loros desde el ministro de cultura hasta los funcionarios de más baja categoría en la escala del organismo. Las divisas destinadas a importar materiales para el arte y para muchos otros lujos como libros, volaron en maletines para apoyar causas afines, para comprar conciencias políticas e intelectuales y apoyar sublevaciones por todo el planeta, para hacer el lobby y contratar costosos asesores de imagen. Desde entonces sólo resaltaban aquellos artistas que se dedicaron a reproducir batallas imaginarias, próceres de la independencia, guerrilleros de cualquier parte del mundo y todo aquello que oliera a revolución o a martirio.

 

De pronto aquel artista se encontró en la encrucijada de decidir si continuaba con su pasión inútil o se dejaba llevar por la corriente y así comenzó sus primeros bocetos de próceres y detrás de ellos, los paisajes que siempre había disfrutado recrear, en carboncillos y grafitos sobre papeles blancos de poco espesor. Pero lo suyo era el colorido, la fascinación cromática que había descubierto tardíamente de los impresionistas franceses, de Gauguin, de los fauvistas. Un día, después de una excesiva ingesta de mangos  descubrió que él mismo podía producir unos amarillos intensos como los de aquella  magnífica siembra de girasoles que había pintado hacía unos años y comenzó a experimentar con su propio cuerpo. Una dieta de remolachas y vino barato producía unos rojos y bermellones que caían como anillo al dedo para los cielos del ocaso. Los marrones y ocres le venían por naturaleza. De coliflores y repollos un verde de agua de mar. El negro con ayuda del carbón láctico y píldoras de hierro que todavía podían conseguirse con los buhoneros. El azul fue el más difícil, pero al final pudo lograrlo ingiriendo un tipo de flores color púrpura  que conseguía  en sus caminatas de fin de semana, aunque no tenían un sabor muy agradable valía la pena el celeste resultado. Aquellas pastas las fue mezclando con el aceite de comer que sólo conseguía luego de hacer una larga fila donde famélicos compatriotas esperaban los alimentos que el líder importaba y gustaba de recibir las gracias por venderlos a precio solidario. Los resultados de la alquimia fueron perfeccionados con las bondades de las sales de epson para purificar el espíritu, a falta de la leche de magnesia phillips que se había esfumado de los anaqueles, lo cual le daba una consistencia casi perfecta y era como ver salir los antiguos colores de sus tubos de metal.  La mezcla, si bien no tenía exactamente la flexibilidad del óleo original, al menos cubría sus necesidades cromáticas y satisfacía sus requerimientos estéticos. Como todo no podía  ser color de rosas, lo único que perturbaba su aplicación era el olor que despedían aquellos pigmentos naturales. Para darle solución a los efectos aromáticos colaterales, pintaba con ramitas de albahaca o de hierbabuena bien cerca de la nariz, lo cual fue perfeccionando a su vez con bolitas de algodón, impregnadas con el zumo de las hierbas, en los orificios nasales.               

 

Sus coloridos paisajes fueron, por supuesto, rechazados de los salones oficiales y sus obras nunca aparecían de vuelta. Como un artista no existe si nadie observa su creación comenzó nuevamente a pintar próceres y conocidos personajes. Su obra magistral, un retrato del líder de dos metros por dos en el  cuál una gordura, de real y buena comida, apenas dejaba espacio para un cielo lateral reducido a pequeñas entradas detrás del rostro. Aunque parecía una imitación de Botero, no podían ser más reales los exagerados carrillos, las colgadas ojeras, los ojos escondidos.  La obra la envió envuelta en plástico y en papel de donde no escapaba la mínima fragancia al I Salón Nacional Revolucionario. Cuando los funcionarios abrieron el contenido de aquel envío, retrocedieron al instante por el olor que emanaba de la tela. Pero aquella imagen, la soberbia postura, la imponente figura, no dejaba duda de la magnificencia temática obra. Llamemos al director, dijo uno de ellos, ante la duda de sacar la obra del edificio o mantenerla en el certamen.

 

       Señor director, tenemos un pequeño problema, necesitamos su presencia –  Le participaba por el celular.

 

Luego de perder su partida de solitario en el computador, un colérico director  apareció a la entrada del salón, reclamándoles sino tenían otra cosa más importante que hacer que molestarlo y distraerlo de sus importantes funciones. Uno de los empleados  le señaló con el dedo hacia donde estaba la obra. El hombre quedó impresionado momentáneamente por la imagen. Y se fue acercando poco a poco hasta percatarse de los vapores que expelía el lienzo, lo cual le provocó una nauseas que tuvo que simular ante el grupo de empleados que le miraba a distancia.

 

       Esto es un problema mayor  – Dijo el Director, llámenme urgentemente al Ministro.

 

       Si, ya lo sé señor Ministro, no lo llamaría, si no fuese una situación que escapa de mis manos – Decía el Director por teléfono– Usted tiene que verlo con sus propios ojos, mil disculpas señor ministro.

 

Al cabo de dos horas,   bajó el ministro de su Mercedes Benz negro frente al edificio. Caminaba por el pasillo mientras su asistente atendía las llamadas y le daba partes y los empleados le hacían un saludo reverencial.   Al llegar a la sala lo primero que resaltó fue el aroma y totalmente molesto preguntó que si aquello era una broma de mal gusto. El director apuntó nerviosamente con el dedo hacia la obra antes de pronunciar alguna palabra.  El Ministro la miró y tuvo una reacción similar al Director, caminó al frente de la obra varias veces mientras meditaba profundamente con los dedos pulgares debajo de la barbilla. Su asistente tuvo necesidad de correr apresuradamente hacia el baño.

 

       Uhmm, ¿Cuál es exactamente el problema? – Preguntó al Director.

       Usted mismo lo puede ver Señor Ministro, o lo puede oler, si me permite corregirme.

       Yo no veo ningún problema, es nuestro líder y punto.

 

El director se acercó hasta el cuadro, pasó el dedo índice por un borde, evaluó su consistencia frotando contra el pulgar y lo olfateó.

 

       Señor Ministro, ¡Pero esto es pura mierda! – señalando el retrato.

 

La frase del Director dicha delante de todo el personal encolerizó al Ministro. Aquella palabra estaba reservada para ser usada por el líder  y sus colaboradores más cercanos para desmoralizar al enemigo. Él mismo, desde su despacho ministerial, había recomendado incluir el famoso discurso, dado después de haber perdido su primera batalla, en el programa escolar de sexto grado y había realizado todo un compendio de la utilización de la reservada palabra por los medios de comunicación que se paseaba por la frase culminante del cuento de García Márquez, de los irónicos versos de Quevedo y hasta en el mismo Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Cervantes, decía, había encontrado el uso magistral de semejante palabra.

 

La frase del Director fue su desgracia, por más que quiso justificarse y llorar a moco tendido por su pasado revolucionario, lo expulsaron del trabajo e igual del partido único, la fiscalía comenzó a investigar sus vínculos con la oposición y con el imperialismo y en el tribunal supremo de justicia aguardaban por el expediente para guardar al hombre en la sombra por algunos años. Los del G-2 recomendaban interrogarlo para saber si tenía planes desestabilizadores. Mientras el retrato fue llevado hasta el salón principal de la Galería Nacional y colgado en la pared central para que fuese vista desde la misma entrada del edificio. Para todo el que la miraba , conteniendo la respiración, no había una obra más endógena que aquella. A pesar de las moscas el artista fue condecorado con los más altos honores y al año siguiente fue decretado premio nacional de pintura.

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