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El muro de (la) Miranda

En la Avenida Francisco de Miranda están levantando un muro. Un muro de un metro de alto por unos 25 centímetros de ancho. Esa barrera de cemento no se construye con fines ideológicos o xenófobos, al estilo del de Berlín o de el que quiere erigir Donald Trump en la frontera con México, sino como un intento más de regular la conducta de peatones y conductores, tanto de dos como de cuatro ruedas. Se desarrolla a todo lo largo de la división entre las pistas norte y sur de la avenida, desde los lados de Buena Vista hasta Boleíta, y se interrumpe en las varias intersecciones presentes en la vía.

Llevan varias semanas en su construcción, en la que intervienen una cuadrilla de obreros que pican la isla existente y van colocando las cabillas que garantizan la rigidez de la estructura, y un camión mezclador de cemento que va vaciando su contenido poco a poco dentro de una armazón metálica que permite moldear el muro. Este trabajo lo realizan de día, con las molestias del caso a los transeúntes. El tráfico, de común congestionado, tiene un motivo más para la lentitud. De tanto en tanto algunos carteles advierten que esa molestia temporal se convertirá en un beneficio permanente. Los antecedentes me obligan al excepticismo. Esta es la segunda o tercera intervención en ese sentido que veo realizar sobre la avenida. Los dos primeros intentos fueron unas especies de rejas que sufrieron el demantelamiento progresivo de los esforzados mineros urbanos que revenden el metal a empresas poco apegadas a lo lícito, y las personas (y los vehículos también) comenzaron a cruzar por los claros que de tanto en tanto presentaba el enrejado, burlando así la intención inicial. Vista la inutilidad de las defensas metálicas decidieron apostar por algo más sólido como lo es el cemento armado.

Y me pregunto si esa es la manera de afrontar el problema. ¿Por cuál razón somos, como sociedad, refractarios al cumplimento de las normas mínimas de urbanidad y seguridad? ¿Por qué es necesario que levanten barreras para evitar el cruce anárquico de vías de alta circulación? ¿Qué fue de las campañas que, como recordaba Cinzia Procopio en un estado de Facebook que puse comentando este mismo hecho, impulsó en los años 70 Renny Ottolina?¿Por qué no se les dio continuidad? Todas esas interrogantes apuntan hacia la desidia generalizada, y a la impunidad que tiene la gente ante la comisión de ilícitos. Si por cada infracción existiera un castigo efectivo, tal vez la gente se lo pensaría antes de repetirla la próxima vez. Un sistema eficiente de vigilancia junto a una campaña adecuada para crear conciencia pudiera tener mejores resultados que la erección de un muro que probablemente sea causa de accidentes de tránsito en el futuro. Pero está visto que se prefiere apelar a las soluciones aparentemente fáciles antes que recurrir a los caminos más largos de la formación ciudadana.

Mientras venía elaborando estas reflexiones, en medio del tráfico que se forma frente al Unicentro El Marqués, un tipo cruzó la calle, saltó sobre el muro con un gesto atlético, casi felino, aguardó agazapado por su momento y cuando vio el camino libre saltó hacia el asfalto en pos de los mototaxis que se estacionan frente al centro comercial. Es decir, ni con el muro, pues.

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