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Encarando esta Edad de Hierro*

Portada Lejano Oeste

«Él se ha rebelado contra todo lo que no lo deja ser», concluí tras haber asistido al recital donde escuché por primera vez a Alejandro Castro. Los primeros poemas que leyó en esa ocasión pertenecían a No es por vicio ni por fornicio. Uranismo y otras parafilias, el poemario galardonado con el Premio del Concurso para Autores Inéditos en el 2010, y retrataban a un joven poeta capaz de dialogar las voces más emblemáticas de la tradición lírica homoerótica occidental, algo notable de por sí. Pero cuando lo escuché leer los poemas del libro que iba a ser publicado por bid & co sentí que eso era rock en estado puro. Sí, como lo están escuchando, rock. Cuando él terminó de leer su “Canto a Bolívar” pensé algo así como: «¡Esto es como haber escuchado “Born in the U.S.A.” por primera vez! ¡Qué valentía, qué capacidad para hacer con el chovinismo bolivariano lo que Bruce Springsteen hizo con la egomanía gringa en plena Era Reagan! ¡Qué maravilla que un chamo haya sido capaz de decir con tanta precisión lo que supone haber nacido en este país tan afecto a los gorilas uniformados! Este poema es como “God Save the Queen” de Sex Pistols, “White Riot” de The Clash” o “Demoliendo hoteles” de Charlie García». Tras escucharlo leer “La zona tórrida” y “Bellas Artes”, El lejano oeste pasó a ser el poemario que he esperado con más ansias en los últimos años. Desde ese recital, he vuelto a sentirme como un adolescente a la espera del próximo LP de su banda de rock favorita. Y eso, en un país cuya actual consigna pareciera ser NO FUTURE, ya merece la eterna gratitud. No es casual que me haya tocado el honor de presentar ese poemario. El azar sabe lo que hace.

Uno lee la primera parte de El lejano oeste y confirma que, en lo que va de siglo, el sueño de Bolívar ha derivado en una pesadilla distópica. Las tardes en ruinas, las jaurías motorizadas, las vaguadas que minan y erosionan cerros con pies de barro, la “maldita circunstancia de vivir rodead[o] de montañas sin mar y la pobreza”, han confinado al poeta a un escenario donde se escribe y se sobrevive entre disparos, vallenatos y reguetón. La ciudad anunciada por Julio Miranda en Rock Urbano está de vuelta, pero esta vez no hay lugar para la risa caníbal. En los tiempos del poeta que corrió con la suerte de maquillar el cadáver de la revolución había escapatoria, existía la posibilidad de que esa ciudad llegara a ser otra cosa, pero henos aquí, un cuarto de siglo más tarde, en un escenario donde no hay resquicio para la esperanza. Alejandro Castro pertenece a una generación que posee razones de sobra para ser reacia a los redentores de oficio, él ha padecido la capital de esa “Patria” que Armando Rojas Guardia ha visto enarbolada como blasón de los oportunistas, un país envilecido por esa nefasta forma de ciudadanía que Miguel Ángel Campos cartografió en La fe de los traidores. No es casual que el joven poeta de esta bicentenaria “zona tórrida” prefiera “que otros canten la grandeza indómita/ de ser pobre y ser bueno/[Él sabe] la violencia que cabe en dos días”. Con todo, lo más notable de los poemas que conforman la primera parte de este libro es que el temple de su lenguaje solo pudo ser obtenido por un alma en rebeldía contra esa realidad, tal y como lo demuestran los poemas “Casalta”, “El día después de los enamorados”, “La zona tórrida”, “Bellas Artes” y “Canto a Bolívar”, entre otros.

Con ese lenguaje ceñido al espíritu de un joven en abierta rebeldía ante las imposturas revolucionarias de quienes han inmolado el presente de nuestra nación en aras de un supuesto futuro mejor, el poeta también reflexiona sobre su condición homoerótica, tal y como lo hiciera en No es por vicio ni por fornicio. A sus años, el poeta todavía lleva en sí a ese niño consciente de lo mal que estaba amar aquello con tanta furia, y ya ha aceptado que “hay un hombre/ corriente que nunca lograr[á]/ tener”, pero también ha advertido que, a pesar de sus elevadas dosis de testosterona, el padre y muchas otras figuras de autoridad masculina no son más que “histérica[s]/ de pelo en pecho”. Será precisamente esa capacidad para no dejarse engañar por las apariencias, ese “ojo entrenado para la ternura”, lo que le permitirá advertir cuándo un reclamo formulado desde la diferencia podría estar más cerca de una proclama totalitaria que de un legítimo anhelo de justicia, como se advierte en el poema VI de “Monstruación”.

Ni cándida ni cómplice, la mirada del poeta que milagrosamente ha sobrevivido a Casalta es la mirada de alguien que en su infancia deseaba ser “un lagarto poderoso/oler el peligro con la lengua”, y luego fue capaz de rebelarse contra el abolengo inquisidor del padre; por eso ahora percibe con absoluta nitidez los signos de esta edad de hierro, y sabe, como muchos de nosotros, que al final de las “Revoluciones”: «No tiene memoria/el pueblo/tiene hambre».

 

* Texto leído en la presentación del poemario El lejano oeste, actividad programada en el marco del II Simposio Internacional “Anormales” realizado en la ciudad de Mérida, Venezuela, entre el 27 y el 29 de mayo de 2014.

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