Contra el gorila.

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Hoy es domingo, si, que bien. Un domingo aburrido como cualquier otro. Lo único que me entretiene es el arcoíris desenfocado que anuncia más y más lluvia. Recuerdo todo el pasado, y me siento bien. Solo una cosa me preocupa, los vecinos parecen haber salido de viaje, sus casas lucen cerradas y tan herméticas como latas de atún. Anoche se oyeron unos gritos, pero ninguna sirena, la policía no viene por estos sitios. Y menos cuando se va la luz, momento que aprovechan los vecinos para echar cuentos de fantasmas y cosas de esas. Hace días algunos vecinos hablaban acerca del hombre invisible, y aseguraban que si existía, y no se atrevan a contradecirlos, pues serán tildados de ignorantes.

Quiero saber cómo es el futuro, que es lo que va a pasar. ¿Se pueden estimular los sueños premonitorios con la cafeína? Ya nada puede calmar mi ansiedad. La noche llega, el gato negro se aleja. Al fondo suena “Here comes the sun.”

Desciendo rápidamente, es una levitación que finaliza en contra de mi voluntad. Me mantengo firme, y siento cosquillas en el pie derecho. Tengo oídos de perro, puedo escuchar a un hombre que sigue con su fastidio del hombre invisible.

Un gato negro pasa corriendo detas de mi. Me detengo. No son felinos sencillos, son gatos con la cola de sombrilla, me da un poco de risa, hasta donde puede llegar la tecnología. Hay mucha luz, tengo que ponerme unos lentes oscuros. La retina va a explotar.

Algo pasa con mi pie derecho. Siento como si el hueso fuera de vidrio. También me duele el pecho, el corazón va a toda velocidad. Tengo que tomar menos café. Las nubes negras sueltan el agua. Los truenos vienen y van. Todos le temen a los rayos.

Necesito la ayuda de un pronosticador del tiempo. Mi cuerpo no es de azúcar, se porque lo digo. He estado levitando por un buen rato, es algo inexplicable, te sientes con mucho poder. Son las siete de la noche. Debo estar en el centro del universo. Las estrellas caen como la nieve. Una cucaracha duerme muy cómoda sobre los anillos de Saturno.

Mis huesos son polvo de estrellas y por eso olvido el dolor en el pie. Los lentes no son suficientes, todo pasa muy rápido, la luz se hace más intensa. Voy a Japón y como ramen. Regreso a Venezuela a la velocidad de la oscuridad. La levitación se reduce. Los pies están a punto de tocar el piso.

Un sol del tamaño de un balón de futbol, lanza tres llamaradas en tres segundos. Me quedo observando el espectáculo. Me dan ganas de agradecer al ingeniero informático, pero no, me contengo, no hay pruebas de que exista ese tal ingeniero informático. Si ese tal ingeniero existiera, no tendría el problema con el pie derecho. Claro, quién no.

Por todas partes hay obeliscos, pequeños, grandes, cilíndricos, rectangulares, y un tótem que no entiendo.

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