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Ricardo Piglia y los escritores stalinistas

R.-Piglia-22

Dice Ricardo Piglia en una entrevista concedida a El Correo del Orinoco: “Me da un poco de risa lo que han hecho” (…) “Actúan como los estalinistas: primero le preguntan a una persona lo que piensa y después se deciden a leerla” (…) “El mundo cultural y el mundo político tienen lógicas distintas. No podemos trasladar de una manera directa y mecánica las oposiciones políticas a las posturas literarias”.

Se equivoca Piglia, y se equivoca en grande.

Lamentablemente la discusión sobre si es correcto o no participar en los eventos/premios del estado siempre queda reducida a un asunto “ideológico”, entre “artistas escuálidos” y “artistas del proceso”. Pero se evade el tema verdaderamente importante, y es que se trata de un asunto ético. De responsabilidad ética.

El problema en Venezuela no es que hay un gobierno malo o incompetente, es que hay un gobierno de tendencia autoritaria, un gobierno no democrático que por respetar ciertas formalidades institucionales no puede etiquetarse como una dictadura clásica (si lo fuera este texto no existiría), pero que en la práctica casi lo es. Un gobierno que ha perseguido el pensamiento, que ha encarcelado personas por su forma de pensar. Y esto ha sido patente en el ámbito de la cultura, donde reina la autocensura, la persecución y la exclusión.

En 2004 muchos de mis mejores amigos fueron despedidos de su trabajo por aparecer en la maldita lista Tascón, todos trabajaban en las instituciones culturales del estado, en la cinemateca y en los museos. Hoy la gran mayoría vive afuera porque no se les dejó trabajar en paz en su país, porque aquí les exigían ponerse una franela roja y meterse su dignidad por el culo. Muchos optaron por el difícil camino de revirarle a eso, y tuvieron que pagar las consecuencias. Y eso por sólo citar un caso. Podríamos estar horas enumerando los casos de exclusión, de censura, de persecución. Todos ejecutados de forma solapada, respetando ciertas formalidades, escudándose en eufemismos, con todo ese lenguaje políticamente correcto que dice “no censuramos la obra, sólo le impedimos competir afuera”, “no la despedimos de La Villa del Cine, sólo dejamos que se le venciera su contrato”, “no censuramos la película, sólo le pusimos un cortometraje como prólogo para ‘orientar’ al público”. Un lenguaje y una actitud de cobardes, de pusilánimes. Un reino de lo políticamente correcto, el reino del eufemismo y de la agresión solapada.

Con toda razón Enrique Krauze lleva rato diciendo, a quienes en el exterior no entienden cómo se habla de dictadura pero existen elecciones y todos participan, que al chavismo hay que calificarlo de neo-autoritarismo y no de dictadura abierta, solo así se pueden exponer de forma correcta los mecanismos que, sin acabar con la formalidad democrática, disminuyen nuestros derechos cada día.

Y para probarlo, basta ver la reacción de esta gente cuando un artista cuyas posiciones políticas han sido contrarias al gobierno accede a ser parte de alguno de sus eventos. Siempre los exponen al escarnio y la burla: “Vean, sí somos incluyentes, fulanito estuvo aquí sentado una vez”. Esta humillación stalinista (aquí el término sí es correcto) es similar al tipo que le pega a su esposa pero no le toca la cara, y luego la exhibe ante otros: “Véanle la cara, ¿le ven algún golpe, ah?”. Es humillante y denigrante. A veces quisiera que el gobierno venezolano se dejara de amagar inclusiones y de tanto lenguaje políticamente correcto y dijera sin rubor, al estilo Lina Ron: “sí chico, excluimos a quien nos da la gana, ¿y qué?” Al menos, todo sería más fácil, podríamos llamar a las cosas por su nombre y dejarnos de pendejadas.

Entonces, hay que decirlo: todo aquel que decidió abstenerse de participar de concursos y actos del estado no es un intolerante que no sabe convivir con artistas del chavismo. No es que “¡Ay! estos amigos artistas de la derecha y el antichavismo no quisieron venir cuando los invitamos con nuestro espíritu inclusivo. Es que son unos intolerantes que llevan su ideología al extremo”. No, no, no y mil veces no. En Venezuela no hay un problema ideológico fruto de una discusión democrática como en cualquier país normal, hay un estado que pisotea nuestros derechos y que ha convertido las instituciones culturales públicas en centro para la exclusión y la persecución, y algunos consideran poco ético ser parte de sus actividades, aunque eso no les impida tratar cotidianamente con personas que piensen distinto a ellos.

Yo, por ejemplo, tomé desde hace rato la decisión de no ser parte de nada de Monte Ávila, El Perro y la Rana y afines. Tenía un proyecto documental, y decidí no inscribirlo en el CNAC ni en ninguna institución estatal. Es muy duro eso, porque parte de la política del estado ha sido ir asfixiando los espacios privados y en algunos casos hacerlos desaparecer. Esto lo va dejando a uno con pocas opciones y poco espacio para maniobrar, hay una recesión enorme en el ámbito cultural privado y, al final, a muchos no les queda otra que meterse la ética en el bolsillo e irse a las instituciones excluyentes, aunque no compartan sus políticas. Es algo muy triste y muy jodido. Yo prefiero no lograr nada, a lograrlo vendiendo mis principios a esta gente. Lo siento, pero no puedo ser parte de las instituciones que tienen a muchos de mis amigos comiendo mierda en el exterior, y a otros comiendo mierda en Venezuela.

Hay buenos amigos, gente buena a la que respeto que sí es parte de esas cosas. Ellos saben, porque lo hemos hablado mil veces en privado, que esto no es un asunto personal contra ellos. Si alguien no considera antiético ser parte de las instituciones que practican una represión solapada, pues adelante; yo no pienso igual. Porque, además, desde hace rato en Venezuela se borró la frontera entre Estado y Gobierno, y eso es muy grave.

Nunca me ha parecido gran cosa la obra de Ricardo Piglia. Hace un año le comentaba a una amiga, quien me recomendaba fervorosamente Blanco Nocturno, que luego de leerla me había aburrido bastante y que no entendía por qué había ganado el Rómulo Gallegos, sobre todo después de leer varias de las novelas finalistas. Lo mismo me pasa con el resto de su obra. Pero, eso sí, sé distinguir a un escritor meritorio como él de un disfraz. Aunque no me guste, entiendo que una cosa es Ricardo Piglia y otra es William Ospina, por decir algo. Y precisamente por eso, lamento mucho que alguien de su estatura intelectual se preste para referirse a unos escritores como stalinistas (nada menos) sólo porque se negaron a ser parte de una fiesta convocada por el gobierno. ¿Se atreverá a decirle algo similar a Javier Marías por haber rechazado un premio del estado español?

Qué lástima las consideraciones de ese señor.

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