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Patria, socialismo o muerte. Amén. El chavismo como religión.

Existe un concepto en publicidad que ha permanecido inmutable desde el momento en que se inventó. «Posicionamiento», dijeron Ries & Trout, se refiere a cómo una persona se ubica en la mente de aquellos a quienes pretende influir. Este principio puede trasladarse sin problemas a la propaganda chavista. Chavista y no oficialista porque desde hace mucho la imagen proyectada por el partido de gobierno o el gobierno mismo descansa sobre una persona: Chávez.

Él se ha querido posicionar como un líder igual o más patriota que Bolívar, que ha salido al rescate de los pobres para liberarlos del sufrimiento que les provoca no acceder al bienestar capitalista. Él es guerrero que atropella al rico y lo exhibe a toda voz como trofeo a los pobres. Trofeos sin valor porque los beneficios de haber aniquilado a los empresarios no se sienten. La escasez de toda clase de rubros contradice las cruzadas en contra de todo lo que represente riqueza en manos de pocos. Sin embargo, en sus campañas electorales siempre ha invocado al amor como el sentimiento que ampara su radicalismo de verbo y acto. La ecuación a despejar por su audiencia es simple: El fin justifica los medios…sobre todo si se trata de amor.

Sobre el amor se ha construido su imagen propagandística, esa que está estructurada en spots televisivos de 30 segundos y vallas que no pueden extenderse más allá de seis palabras. A principios del 2012, todas las comunicaciones que acompañaban a las obras efectuadas por el Estado y las misiones comenzaron a tener un slogan: «Corazón Venezolano». Era una suerte de etiqueta para marcar y recordarle al país que todo ese bienestar aun en construcción o los intermitentes mercados populares subsidiados eran producto del amor que emana del Gobierno. Ya para la campaña electoral, a mediados del 2012, ese amor tuvo su bautizo: «Chávez, corazón de mi patria». Se terminaban las sutilezas. Era hora de recoger la tarraya y contar votos.

Se diseminan por todo el país imágenes de Chávez sobre un fondo celestial tricolor, acompañado de esa frase que lo convertía en ente irremplazable para la vida de Venezuela: «Chávez: corazón de mi patria.» En paralelo aparece el video del cántico «Chávez corazón del pueblo», transmitido sin descanso a través del canal del Estado. La estrategia funciona y el 8 de octubre de 2012 se le concede otro periodo presidencial más. En total, estará 20 años mandando y a pesar de ello la campaña continúa. Y es que para lograr un posicionamiento definitivo hace falta consistencia en puntos clave. Ahora los esfuerzos se trasladan a la vocería del partido de gobierno y sus diputados, y a ciertos ídolos de la farándula.

En diciembre de 2012, cuando se hace inminente que Chávez no podrá juramentarse como presidente debido a su enfermedad, Diosdado Cabello vacuna al pueblo ante una eventual manipulación constitucional y reitera en rueda de prensa de qué forma debía ubicarse Chávez en la mente de sus seguidores: “la figura de amor entre el pueblo y Chávez es casi religiosa, es puro amor … el amor casi religioso que los chavistas tenemos con nuestro comandante … la relación de entre el presidente Chávez y el pueblo es casi religiosa.» Aquel amor usado en la campaña de reelección como atenuante para juzgar la gestión de gobierno ahora se hace más grande. Ya no es el simple amor de un padre que lo da todo por sus hijos, sino el amor omnipresente e inmortal de un dios, que como todo dios es incuestionable.

Enero 10 de 2013. El presidente debe ser juramentado, pero no está. En cadena nacional, se lleva a cabo un acto de toma de posesión virtual en el que Nicolás Maduro, al borde del llanto, hizo jurar a los chavistas: «hasta más allá de esta vida vamos a ser leales a Hugo Chávez.» Aparece la eternidad en el discurso evangelizador. A partir de ese momento de ausencia física de Chávez, se inaugura el chavismo como un movimiento que trasciende a la muerte. A partir de ese momento, Maduro se convertiría en el médium de Chávez, en el primer apóstol oficial. Sin embargo, lo que haría calar el dogma en las masas ese día no eran sus palabras; un consumado actor populachero proveería la experiencia religiosa necesaria para ello. Winston Vallenilla aparece y hace de su bautizo político un espectáculo al arrodillarse con los brazos alzados al cielo mientras gritaba descarnadamente: «…amamos a Chávez…Yo soy Chávez y pongo rodilla en tierra». Era la puesta en escena de uno de los aprendizajes del Concilio Vaticano II: «Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo … los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales.»

En los días siguientes, la campaña por el posicionamiento de Hugo Chávez como deidad seguía en escalada internacional. Era necesario el uso de otras voces y acciones más serias para robustecer el posicionamiento. La presidenta argentina, Cristina Fernández, visitó al mandatario hospitalizado desde hacía semanas en Cuba, pero su visita no era tan importante cómo lo que llevaba: Una Biblia. Ese fue el foco noticioso de diarios nacionales e internacionales. «El texto se lo llevo a mi amigo Hugo Chávez», expresó la mandataria. Un detalle curioso considerando que Chávez se ha declarado Marxista cuantas veces ha podido en televisión y en mítines. No obstante, el gesto de Fernández era sólo el principio. Más que hacer pensar que Chávez es un hombre de fe se quiere hacer ver que Chávez es la fe misma.

Ese mismo día de enero aparece de la mano del único diario de circulación nacional que recibe el enorme beneficio económico de las pautas de propaganda del Gobierno, el mensaje de Teresa Forcades: una monja con intachable trayectoria académica, pero con opiniones controvertidas.

El mensaje en cuestión era un video de 18 minutos grabado un mes antes en la Embajada de Venezuela en España a solicitud de la propia embajada. En su alocución, Forcades ofrece a los venezolanos «una perspectiva teológica que nos ayude a leer en clave evangélica…la realidad de la enfermedad» de Hugo Chávez y plantea habilidosamente un paralelismo entre la figura del mandatario y Jesucristo. Forcades cauteriza la primera impresión de un pueblo supersticioso explicando que la enfermedad no debe ser interpretada bajo ninguna circunstancia como un castigo divino por alguna mala obra, sino todo lo contrario: como consecuencia de la entrega en cuerpo y alma al bienestar de los pobres. A eso la monja le llamó tener una «vida según el corazón de Dios.» Así Chávez debe ser visto. Si no como el hijo más perfecto de Dios, al menos como un santo. El «comandante presidente» es ascendido de rango y así el mantra chavista «rodilla en tierra», sacado de la jerga militar, adquiere una dimensión de culto, de rendición a lo divino: Hugo Chávez, corazón de la patria que seguirá latiendo aun cuando esté detenido. Su encarnación a través de una firma o la sola invocación a su nombre serán suficientes para trazar a capricho los designios de un país fanatizado.

 

——-  Actualización del 23 de enero de 2013  ——-

 

«Amarás a Dios por sobre todas las cosas»

Foto: Bernardo Tortolero M.

En la propaganda más reciente del chavismo, colocada a lo largo de las avenidas Boyacá y Bolívar, y en el centro de Caracas, aparece Chávez junto al texto: “De tus manos brota lluvia de vida. ¡Te amamos!” Ahora, ¿qué significa esa curiosa palabrería tan desligada de la política? Se trata de la profundización del posicionamiento de Chávez como deidad.

Empezando de abajo para arriba, el ferviente «¡Te amamos!» evoca al primer mandamiento, el mismo que titula esta entrada. Para esta lectura hay un contexto bíblico.

El agua que brota de las manos del enfermo mandatario es un don divino parafraseado de la parábola de El Buen Samaritano, una de las más populares del texto bíblico, en la que se explica cómo Jesús ofrece salvación eterna a través del agua a una minoría relegada por los judíos por ser considerada “impura” -los samaritanos- .

En la nombrada parábola, Jesús dice a una samaritana: “Si conocieras el don de Dios…tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua de vida.” El don del agua también está en Juan 4:14: “El que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna.”

En contraste, Chávez llega a ser incluso más bendito que el propio Jesús ya que sus brotes de agua son torrenciales. Claro está que la intención de la palabra «lluvia» es sólo un barniz semántico para no hacer tan evidente el plagio bíblico.

Según el teólogo Giuseppe Segalla, el don del agua en estos pasajes tiene varias implicaciones. La primera y más obvia es que de Jesús brota el agua viva y es él quien la da. La segunda es que el don está relacionado con la encarnación de Dios en Jesús levantado en la cruz. En este particular habría una clara alusión al estado de salud de Chávez, a esa «cruz» que carga por y para la liberación espiritual de sus fieles. Ahora, según el canon eclesiástico, para ser oficialmente un Santo hay que morir primero. ¿Habrá algún parecido con la realidad en esta coincidencia?

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