Fué un Sábado.

1
411

Caracas ciertamente es una ciudad complicada para transitar en motocicleta, quizás ese adjetivo no llegue a describir con perfecta exactitud lo que es el tráfico en esta ciudad; caótico es probable que si lo haga, en mi caso, cruzar de un sitio a otro entre hileras de carros casi detenidos por un embotellamiento perenne a una velocidad vertiginosa lo hacia una experiencia casi mística.

Al principio temía por mi vida, un conductor descuidado o alguien concentrado más en su teléfono que en el camino podían hacerme pasar un mal rato, pero como ya me habían advertido, hasta de los riesgos mortales llega a acostumbrarse el ser humano, comprendí, en ese momento por primera vez, la razón por la que un soldado puede quedarse dormido en plena batalla.

Aquel día no era precisamente uno caracterizado por un tráfico infernal, era una mañana sabatina de cielos limpitos y brisa fresca que caracteriza el clima del invierno tropical, el día perfecto para pasear en moto, esos momentos que hacen de esa actividad algo inolvidable.

La señora entrada en años frenó de golpe, verla pasar a alta velocidad por mi lado momentos antes discutiendo casi a gritos por teléfono me hizo tener un mal presagio, mi experiencia me hizo reaccionar casi de inmediato y escapé del golpe por un pelo, sentí el tiempo espesarse a mi alrededor, lo atravesé rasgándolo como si portara un filoso cuchillo al tiempo que giraba la cabeza para ver a aquella que había detenido mi corazón por instantes. Vociferé una maldición hacia mis adentros.

Siempre estuve enamorado de Cristina, con un amor limpio y puro de esos que se sienten una sola vez, la conocí hace mucho, de improviso, en aquel momento sentí que independientemente de lo que ocurriera después iba a ser muy difícil olvidarme de ella, prácticamente imposible. Hacía tiempo que no nos encontrábamos, más del que podía recordar, aquella mañana por primera vez nos sentábamos a conversar sin la presión de toda la gente que siempre acostumbraba pulular a su alrededor, aproveché y hablé con ella de todo, me sentía pleno y feliz. Ella me recordaba que era hora de volver, que ya era tiempo, su insistencia me desilusionó, en el fondo sabía que el sentimiento entre nosotros no era recíproco, siempre lo había sabido pero no perdía las esperanzas, me sentía tan bien a su lado que a pesar de sus rechazos, de los ojos indiferentes y tristes con que me miraba, su cercanía era una para mí una dicha.

Le pedí volver a encontrarnos pronto, accedió con un rictus como sonrisa replicando inmediatamente que seguramente así seria, que dependía en todo caso de mí, me prometí no dejar pasar mucho más tiempo sin hacer que ocurriera, el próximo sábado tendría una nueva cita, todo solo podía mejorar en el futuro.

Al incorporarme a la avenida principal me encontré con un mar de carros achicharrándose bajo el sol, un estacionamiento, maldije con desdén a una Caracas que hacía tiempo había dejado de ser amable y comencé mi victoria íntima al sortear el tráfico por sobre aquellos que tenían la desdicha de esperar a que el vehículo que tenían delante avanzara, un poco ahora, luego otro poco, me imaginaba la vida de los conductores yéndose por un sumidero mientras se encontraban atrapados en cápsulas de latón, yo no, me desplazaba veloz entre ellos pensando en Cristina, en el próximo sábado, quería estar con ella, salir con ella por siempre, para siempre.

La gente se detenía a observar el porqué del tiempo perdido, ya se habían aglomerado decenas de personas para observar al accidentado, el morbo es una deformación propia y decadente del ser humano, aunque mi condición de motorizado había hecho que obviara de forma automática los accidentes a los que yo diariamente me exponía no pude evitar ver como se coloreaba de rojo carmesí el asfalto, frené inmediatamente al notar la sudadera fresca que llevaba el cuerpo inerte al que todos rodeaban, era mi favorita de los días soleados, ver una señora entrada en años gritando desesperada me hizo recordar el momento exacto en que, como un puñal que te atraviesa, me había enterado que Cristina se había ido, un accidente de tránsito la había alejado de mi lado, hacia ya tanto.

Comprendí la suerte que me tocó vivir, poco a poco se iba dibujando una mueca en mi rostro pensando en los que dejaba, quedando suavizada instantes después al percatarme que ello solo seria por un breve instante y que Cristina ya nunca más estaría lejos de mi.

Volví raudo a su lado, zigzagueando entre carros a su encuentro, para siempre está vez.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here